Pornografía del rencor

Publicado: 18/08/2018 ·
Algunos han querido abordar el 17A de forma rastrera, jugando sucio, y eso es hacer pornografía del dolor y del rencor
Si alguien cita la palabra “pornografía”  en una conversación será difícil no asociarla con “materiales, imágenes o reproducciones que representan actos sexuales con el fin de provocar la excitación sexual en el receptor”; sin embargo, también es aplicable al “carácter obsceno” de determinadas creaciones artísticas. La primera vez que leí hacerlo abiertamente sobre una película de nulo contenido sexual fue con motivo de la crítica realizada por Javier Ocaña en El País coincidiendo con el estreno de Tan fuerte, tan cerca, un insufrible drama sobre las secuelas que deja el 11-S en un niño cuyo padre falleció en el interior de las Torres Gemelas. Ocaña escribió entonces: “No es que no se pueda tratar el 11-S, es que hacerlo como lo ha hecho su director es rastrero. Juega sucio. Se aprovecha del dolor para componer una oda vacía al sensacionalismo. Es pornografía del dolor”.

Hacía tiempo que había olvidado esa película, pero no la expresión bajo la que la reducía todo el atinado crítico: “Pornografía del dolor”, porque era a eso a lo que remitían los prolegómenos de la triste conmemoración del 17 de agosto en Barcelona; peor aún, a una “pornografía” del rencor bajo el sustento ideológico alimentado como un mantra por los líderes del independentismo, que, a última hora, comprendieron que utilizar la fecha para ondear banderas y victimismo donde solo había crespones negros y desgarros auténticos y conmovedores podía ser contraproducente. No solo el independentismo, también algunas televisiones se apuntaron desde temprano a esa vertiente poco recurrente de la pornografía, la de la mera obscenidad, en busca del enfrentamiento, aunque fuera un mero rasguño, donde ni siquiera debía haber contendientes.

Por parafrasear a Ocaña, no es que no se pueda tratar el 17-A, es que hacerlo como pretendían algunos era rastrero, era jugar sucio, era aprovechar el dolor para componer una oda vacía al sensacionalismo, era hacer pornografía del dolor y en este caso también del rencor. Y eso vale tanto para los que necesitan mantener en guardia a los adictos al régimen del lacito amarillo, como para los que se limitan a saciar a su audiencia, pero especialmente a los primeros, ya que para los segundos basta con cambiar de canal o apagar el televisor.

Las crónicas más pretendidamente objetivas subrayaban que, definitivamente, la política había sabido ceder el protagonismo a las víctimas, aunque fuera solo durante 45 minutos. Las más irrenunciablemente monárquicas elogiaban el papel del rey, el único que pareció tener clara la pervivencia del recuerdo hacia los muertos y heridos en el atentado de hace un año, y el único que supo “dar ejemplo frente a la politización”: en muchas imágenes Felipe VI parece el árbitro antes de un partido con los jugadores de ambos equipos alineados en fila a su derecha e izquierda. Y las más forzadamente antiindependentistas sacaban a relucir el “fracaso del desplante” de Torra, coronadas con la cómplice y acertada pluma de David Gistau en torno al president, que, “obtuso por determinación genética, intentará después, con unas declaraciones de ultra, hacerse perdonar por los CDR haber estado junto al Rey sin hacerle kárate”.

Esas “declaraciones de ultra” a las que hacía mención Gistau, y pronunciadas por quien aboga por el diálogo ante el mini gobierno de Pedro Sánchez, tuvieron lugar ante la cárcel de Lledoners, donde acudieron a homenajear al encarcelado Joaquim Forn, el consejero de Interior durante los atentados de hace un año, y donde además del bla, bla, bla... habitual sobre la república, el soberanismo, la opresión, la libertad de los presos y todo lo que cabe en el catecismo del salvémonos de una vez, alentó a “atacar a este Estado español injusto”. Todavía era 17 de agosto. Como el escorpión, no pudo evitarlo. Debe ser su condición natural. Lo cual no le redime del uso obsceno -y pornográfico, sería el sinónimo- de una fecha tan significativa para ondear su bandera por encima de las demás, y más allá de las demás. Hay más días que ollas, señor Torra, aunque su guiso, me temo, siempre sabrá igual de mal, aunque no le falte quien le alabe el gusto.

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