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Miercoles, 23/10/2019

La tribuna de Viva Sevilla

Un recuerdo imborrable

Juan Marvizón dedica un recuerdo a Manuel Fernández-Villalta, el ingeniero que salvó el edificio de La Equitativa durante las obras del Metro.

Me llamaron por teléfono a mi despacho de Madrid y me dijeron que la fachada del Edificio de la Equitativa que da a la calle San Fernando se había desprendido, se había inclinado 5º y corría riesgo de derrumbarse. Y como muy cerca de los cimientos se estaba construyendo el túnel del Metro cuyo Proyecto habíamos hecho nosotros, pues que enviara inmediatamente a alguien para ver qué se podía hacer.

Y yo envié inmediatamente a Manolo, el mejor Ingeniero de Estructuras que tenía, que había proyectado miles (sí, miles) de estructuras por España y el extranjero y que en su currículum  tenía haber conseguido mantener en pie algunos edificios muy altos a los que, de pronto, les entraron tembleques. Mientras Manolo iba a Sevilla tuve tiempo de saber lo que había pasado. El túnel del Metro se venía construyendo sin problemas por debajo de la calle San Fernando y tenía una pequeña inclinación hacia la Puerta de Jerez.

Al llegar al lado de la Equitativa la excavación debió de romper una zona de terreno débil y bastó con que se abrieran unas grietas milimétricas para que se escapara el agua, buscando el río. Porque allí está todo, el túnel y los cimientos del edificio, sumergidos en el dichoso freático de Sevilla, que está altísimo y es bien conocido. El suelo de la cimentación del edificio perdió el agua, disminuyó su volumen y bajó de cota.

El muro que se apoyaba en él lo siguió en el movimiento y la fachada entera se inclinó. Y no se inclinó más porque se debió de agotar el agua de los cimientos. Faltó  un pelo para que se viniera abajo, porque el estar construido con muros de carga, que lo aguantan todo en vertical pero nada lateralmente, la fachada no se pudo “agarrar” al resto del edificio. Mala suerte. El parte de Manolo fue: “He visitado el edificio de arriba abajo y todos me han ayudado. Por ellos he sabido que se construyó en los años 30 y lo hizo un gran arquitecto. Se ha recrecido una vez, y tiene un sótano  probablemente ilegal. Pero a mí eso no me importa. El edificio está de pie. Voy a intentar anclar la fachada al edificio y luego, si todo va bien, intentaré devolverlo a su posición inicial. No te preocupes, Juan, que te mantendré informado en cuanto decida lo que voy a hacer, que hoy, francamente, no lo sé”.

Y lo que hizo fue que perforó los muros de carga desde la fachada de San Fernando hasta el muro lindero del Palacio de Yanduri, introdujo por ellos unos cables que ancló en el muro lindero y empezó a darles tensión. “Ya sé, Juan, ya sé, que esto no se debe de hacer pero ¿qué hago? Yo estoy aquí a pie de obra, damos tensión muy despacio, si todo va bien seguimos y si pasa algo paramos y procuramos arreglarlo”.

El hecho es que consiguió anclar la fachada al resto del edificio y ya no había riesgo de derrumbe. Sólo faltaba devolverla a su posición vertical. Y aquí Manolo fue muy sincero:” Mira, Juan, preferiría que a partir de ahora no me hagas preguntas porque lo que voy a hacer no viene en los libros de texto y tiene riesgo. No quiero involucrarte en estos riesgos porque prefiero asumir toda la responsabilidad y así me sentiré más libre de hacer lo que he decidido.”

Se me olvidó decir que Manolo era una buena persona. Y lo que hizo fue que cogió una gran cizalla y cortó horizontalmente el muro de cimentación que daba a la calle San Fernando. En esta cortadura introdujo unos grandes gatos y fue dando presión para levantar la fachada. Y cada milímetro que subía había que retocar todas las tensiones de los cables superiores. Encaje de bolillos. El Edificio volvió a ocupar su lugar en el paisaje urbano de Sevilla y Manolo se fue en silencio como siempre pasa en esta profesión. Pero yo quiero que su nombre quede prendido a la pequeña Historia de Sevilla, aunque sea con el leve alfiler de este artículo. Se llamaba Manuel Fernández-Villalta y Dehesa y era Dr Ingeniero de Caminos, el mejor Estructurista que he conocido. Un recuerdo imborrable.

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