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Miercoles, 16/10/2019

La tribuna de Viva Sevilla

Cataluña y su postverdad

El profesor de la Universidad de Sevilla Jorge Benavides analiza los falsos mitos de los independentistas catalanes.

La verdad sobre un asunto concreto y más cuando se apoya en datos, es una sola; sin embargo, los independentistas catalanes no la aceptan; la interpretan. La convierten en posverdad, es decir, en mentira emocional, circunstancial e interesada. Mientras tanto el Gobierno Central guarda silencio. “Quien calla otorga”. Se limita a judicializar el problema, no convoca a los presidentes autonómicos para vislumbrar otros cauces.

Tampoco ha sido  capaz de diseñar un conjunto de acciones político-culturales -un Plan- con la finalidad de afirmar y de recuperar la identidad exiliada de millones de trabajadores desplazados desde todas las Autonomías a la Catalana, quienes por un lado, se sienten abandonados por sus coterráneos y por otro, presionados por las circunstancias: obligados a aprender catalán y a ser gratos con los lugares donde han sido acogidos para trabajar por el desarrollo catalán.

Para colmo, los andaluces celebran la Feria de Abril en Barcelona con el apoyo económico del gobierno catalán y la negativa del andaluz, dice un funcionario sevillano. Un considerable número de dirigentes independentistas tienen directos vínculos andaluces, extremeños, manchegos, etc. Baste el ejemplo de tres altos dirigentes de PDeCA de ERC y de CUP, respectivamente: Carles Puigdemont, nieto y bisnieto de jiennenses y almerienses; Juan Gabriel Rufián, hijo y nieto de trabajadores de La Bobadilla (Jaén); Vidal Aragonés Chicharro, de padres de Calzada de Calatrava (La Mancha).

Para variar, un famoso vidente andaluz, Sandro Rey, desde hace poco residente en Barcelona y hasta musulmanes del Magreb con pasaporte español, después de haber jurado respetar la Constitución, también se han declarado independentistas. La forma de construir la identidad independentista catalana, distinta a la cultural, es pragmática: no discrimina, ignora la religión, las costumbres y el origen, da igual que sea musulmán, que venga del Magreb, del África subsahariana o de Asia; solo requiere hablar catalán, aceptar la estelada y el voto a favor de los independentistas.

Es así como se niega de hecho el nacionalismo. El problema, como se deduce, no es solamente judicial, político; es cultural, económico y también de comunicación: “España nos roba” es una mentira emocional. La verdad es otra: los bancos, empresas y fábricas catalanas al vender sus numerosos productos y servicios en el resto del país, obtienen un lucro que en mínima parte retorna a las autonomías  a través de los impuestos.   Y una pregunta final: la supuesta Independencia ¿para  tener una república capitalista conservadora según la propuesta del PDeCA o revolucionaria de izquierda según la CUP?  ¿En ese supuesto logro, quiénes les robarán a los trabajadores catalanes?

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