Actualizado: 13:29 CET
Martes, 17/09/2019

La tribuna de Viva Sevilla

Helder Cámara

Ignacio Montaño, ex comisario de Sevilla en la Expo-92, glosa la figura del arzobispo brasileño Helder Cámara.

Me preguntan cuál fue el visitante que más me impresionó de cuantos pasaron por Sevilla durante la preparación de la Expo-92. Sin duda, Helder Cámara, ya entonces arzobispo emérito de la diócesis brasileña de Recife y conocido como “el obispo rojo”. En la actualidad, ya fallecido, está en marcha el expediente de su beatificación y posterior canonización.

 Hoy  es una figura reconocida a nivel mundial, ya que   su preocupación por las necesidades de los más pobres le ganó el afecto de toda la clase política, si cabe todavía más en los partidos de izquierda. Dos veces vino don Helder a nuestra ciudad con Manos Unidas gracias a su infatigable presidenta,

Carmen Rodríguez. Su primera visita fue con ocasión de un acto en la Caja de Ahorros de la plaza de San Francisco y de un Concierto de la Solidaridad, cuya letra era de él mismo y que tuvo lugar en nuestra catedral, rebosante de público.

Tuve el honor de presentarlo. Visitó las obras de la Expo y entendió perfectamente la oportunidad de cambio que significaba la presencia por primera vez de la práctica totalidad de los países del mundo en un acontecimiento sin imposiciones políticas.

Don Helder veía la mano de Dios en la mezcla hasta entonces totalmente novedosa de ricos y de pobres; de países más y menos desarrollados; de judíos, cristianos y musulmanes; de creyentes y de ateos. Ante las dificultades de colaboración por parte de la UNESCO, su visión sólo quedó recogida en una “Declaración de Sevilla ante el Hambre en el mundo.” El acto de su firma se celebró en el Pabellón de San Pablo, al final de una solemne eucaristía por él presidida y con la participación de cientos de sacerdotes.

El texto de la Declaración ni siquiera mereció la atención de los medios de comunicación. Conservo como oro en paño el bolígrafo con el que firmó el documento, que suscribimos también todos los allí presentes. Pocos años después tuvo lugar en Río de Janeiro un acto con la misma finalidad, esta vez sí con presencia y financiación de las instituciones. Sin don Helder, por supuesto.

De su estancia en Sevilla recuerdo que Carmen lo llevó en un coche de caballos a ver la ciudad y que el cochero no les quiso cobrar admirado de la bondad que transmitía aquel hombre aparentemente insignificante. Y también que un fotógrafo del Parque de María Luisa, cuando les hizo una foto por encargo de Carmen, pidió hacerse él también otra foto con don Helder, con el siguiente diálogo con la presidenta de Manos Unidas: -“¿Usted sabe quién es este hombre?” -“¡Yo no, pero tiene una cara de bueno!”

Uno de sus acompañantes nos contó cómo estando de obispo en activo hubo un intento de desalojo de unas casas humildes que estaban construidas cerca de la playa. A mí me recordaban a las casas de los pescadores de la Antilla, en Lepe. Allí se presentaron las máquinas acompañadas de la fuerza pública con intención de derribarlas, y se encontraron con la sorpresa de que los inquilinos, pobres y en su mayoría negros, formaban una larga fila sentados para impedir su acceso.

Cuando iban a avanzar advirtieron que don Helder estaba como uno más en la fila y ante la presencia del obispo llamaron por teléfono al gobernador, que al rato se presentó. De un lado, el obispo y los pobres. Enfrente, sentados el gobernador y el jefe de la Policía, con las fuerzas del orden y las excavadoras. De pronto, el gobernador encarga tres cafés y cuando llegan les sirven dos – uno para el gobernador y otro para el jefe de la Policía- y le mandan a don Helder el tercero. Don Helder lo rechazó y el gobernador, amable, le dice: -“Don Helder, es sólo un café de buena voluntad” Y responde don Helder: -“¡Es que no hay café para todos!” Y, de momento, se acabó la expropiación.

Con todo, su mejor anécdota entre nosotros fue la que le ocurrió viniendo a Sevilla. En avión desde Brasil a Lisboa, tomó en la capital portuguesa un autobús para nuestra ciudad. Le tocó un asiento interior y una señora muy mayor y gruesa de compañera en el que daba al pasillo. Don Helder, por no molestar, llegó a Sevilla con un grave problema de retención de orina que bien pudo costarle un serio disgusto.

Hasta aquí lo que vivimos entonces, pero leyendo ahora en Internet una biografía de don Helder resulta que murió en su casa, tras haber estado internado cinco días en un hospital, ¡por insuficiencia renal! Ahora es aclamado por todos y su vida se nos muestra como un ejemplo de autenticidad evangélica. Según un famoso locutor de la radio suramericana, don Helder solía decir: -“Si le doy de comer a los pobres me dicen que soy un santo, pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están mal, me dicen que soy comunista” . Y el periodista continúa alabando su figura ejemplar:

“Además de como “obispo rojo” también fue conocido como “obispo de los pobres”, “voz de los sin voz, abogado del Tercer Mundo”, “profeta de la Iglesia de los pobres” o “apóstol de la no violencia activa”. Juan Pablo II, cuando en 1980 llegó a Recife y descendió del avión, le saludó diciéndole: “Don Helder, hermano de los pobres y hermano mío”, palabras que fueron acompañadas de un largo abrazo.” Y en cuanto a la esperanza, me acojo a sus propias palabras: -"Uno de mis anhelos de llegar al infinito es la esperanza de que, por lo menos, allí las paralelas puedan encontrarse".

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