Arquitectura y utopía

Publicado: 07/02/2017
Muchos han sido los proyectos que no se han realizado a lo largo de la Historia de la arquitectura.
La arquitectura ha gustado siempre, a veces, de la utopía. Utopía, del griego “ou  topos”, significa “no lugar”, o sea, el lugar que no existe, derivado de la obra Utopía de Tomás Moro, donde se describe una república imaginaria. En otras palabras, se trata del plan o el proyecto que es irrealizable. Muchos han sido los proyectos que no se han realizado a lo largo de la Historia de la arquitectura. Su grandiosidad, su fantasía o la imposibilidad de medios económicos en un arte útil como la arquitectura, los dejó al borde del camino. Son famosos aquellos proyectos neoclásicos de catedrales, monumentos, bibliotecas o teatros del francés Boullée a fines del Antiguo Régimen. Pero no menos interesantes fueron los diseñados por el alemán  Friedrich Gilly, como el irrealizable monumento a Federico el Grande de Prusia en el centro de Berlín o también el Teatro Nacional de la misma ciudad que, tal vez, se hubiera edificado si no lo hubiese malogrado su muerte en 1800.

Estos proyectos nos hablan de la concepción utópica de estos maestros del neoclasicismo que parecen preludiar el “Sturm und Drang” (Tempestad  e impulso) de los románticos alemanes. Algunos de estos proyectos han servido de inspiración  a los arquitectos posmodernos del siglo XX. No hay más que contemplar el mencionado proyecto del Teatro Nacional de Berlín de Friedrich Gilly para que venga a nuestra memoria la imagen del Teatro de la Ópera de Sevilla. Otras veces, los arquitectos posmodernos de nuestra ciudad han ido más allá,  como en uno de los proyectos de reforma de la basílica de Jesús del Gran Poder, que recuerda el escenario que diseñó el arquitecto Schinkel en 1816 para la representación de La Flauta Mágica de Mozart, en cuyo primer acto aparece el  palacio de la Reina de la Noche y en el punto de fuga la imagen de la divinidad.


En un mundo en que todo vale, tanto monta, monta tanto. Si no hubiera dinero no habría reformas. Reformas innecesarias. Otras veces hemos invocado el criterio del sentido común o “instinto intelectual”, que recibe ese título por ser común a todos los hombres. Balmes decía que “los que se ponen en contradicción con ese instinto universal, los que no tienen sentido común, son mirados como excepciones monstruosas en el orden de la inteligencia”.


Convendría considerar, siguiendo la distinción de Romano Guardini, que en ciertos lugares de la cristiandad  hay imágenes de devoción, que se han convertido ya en imágenes de culto. Claro es que siempre que necesitemos la aprobación de unas obras de reforma podremos contar con la anuencia de una comisión de expertos que avalen tales ejecuciones, como ha ocurrido, por ejemplo, en las proyectadas obras de demolición con fines turísticos de la Puerta del León en el Real Alcázar de Sevilla,  patrimonio de la humanidad.

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