Aquella niña fea

Publicado: 14/06/2018 ·
Al terminar el colegio, y rozando la adolescencia, bailaba al ritmo del swing en las calles del Harlem de los durísimos años treinta...
Aquella niña fea no cantaba, sólo bailaba. Al terminar el colegio, y rozando la adolescencia, bailaba al ritmo del swing en las calles del Harlem de los durísimos años treinta. Un Harlem lleno de miseria y delincuencia, sumido en la Gran Depresión. Pero ella bailaba, bailaba quizás para olvidar el reformatorio, el hambre, las ausencias, pero sobre todo bailaba para alcanzar el sueño de lo imposible. Por eso, cuando cumplió los diecisiete años, se presentó a una de las noches para aficionados en el inmortal teatro Apollo en el 253 West 125th Street, uno de los clubs de música más famosos de Estados Unidos y uno de los más relevantes de la historia de la música afroamericana. Pero quiso el destino que justo antes que ella actuaran dos hermanas que consiguieron una gran ovación. Y ella, asustada por el gran éxito ajeno, no quería quedarse con el premio de consolación del aplauso tibio, y pensó en abandonar el teatro sin más. Pero el swing le ardía en las venas, y respirando hondo se echó al escenario a por todas. No llevaba ni diez minutos bailando, cuando el abucheo ensordeció la música que marcaba sus pasos. El público inmisericorde se reía de ella. Y aunque todos esperaban que se marchara avergonzada, no fue así. Paró de bailar y mirando fijamente al patio de butacas comenzó a cantar. 

El tiempo se detuvo, el propio mundo debió pararse en el instante en el que aquella muchacha feucha y sin glamour congelaba el dolor en cada nota de su canción. Sin música ¿para qué? La música se estaba reinventando en su boca. El público enloqueció. Aquel que minutos antes se desgañitaba en abucheos, se entregaba febril al hipnótico poder de su voz. 

El director del teatro la sacó del escenario y la llevó hasta un jovencísimo Chick Webb y su banda, convencido de que era la voz que necesitaban. No estaban muy convencidos, pero al oírla cantar, no hubo más dudas. Era perfecta. Y así lo vivió el propio “Harlem Savoy Ballroom” donde resonaba su voz con aquel mítico “If You Can't Sing It, You’ll Have to Swing It”. Después llegaron los éxitos, los discos, los premios, el reconocimiento del mundo entero, un mundo que quiso coronarla como la reina del Jazz, como la primera dama de la canción. Aunque en los carteles sólo ponía Ella Fitzgerald, y hoy hace 22 años que se fue.  

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