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Jueves, 19/04/2018
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La Gatera

ETA

A raíz del aniversario del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco con dos tiros en la nuca...

A raíz del aniversario del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco con dos tiros en la nuca, he conversado mucho con chicos que, o no habían nacido aún aquel 12 de julio de 1997, o que eran tan pequeños que no pueden recordarlo.

Ante mi indignación por la decisión de no poner una pancarta en el Ayuntamiento de Madrid para homenajearlo ellos defendían que había que mirar hacia el futuro, y que dejarnos atrapar por el odio del pasado no nos iba a dejar avanzar, que tampoco era para tanto. En un primer momento te sale la rabia, el dolor de años y años en los que se iban sumando aquellos 829 (843, 856, que la cifra es discutida) muertos. Te pasan por la cabeza las imágenes de Hipercor en 1987, que causó veintiún muertos.  De la casa cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza (1987, once muertos, cinco niños entre ellos); de la casa cuartel de Vic (nueve muertos en 1991, cuatro niños); o de la plaza de la República Dominicana en Madrid (12 guardias civiles muertos en 1986)... Y de tantas y tantas víctimas, familias rotas, futuros destrozados... y piensas ¿Cómo olvidar? ¿Cómo perdonar? ¿Es lícito avanzar hacia el futuro pisando los restos de todo este dolor? ¿Ignorar el crujido de los huesos que piden justicia? No, desde luego que no lo es.

Pero yo tenía 22 años cuando el atentado de Hipercor. Conocía a una de las víctimas y desde ese momento la sangre que se derramó tuvo nombres y apellidos para mí. Es fácil que me indigne y me duela que la alcaldesa de Madrid no quiera colgar una pancarta en la fachada del Ayuntamiento. Pero, cómo voy a pedirle a los jóvenes, a los que hemos dejado que los nuevos planes de estudio, unos medios de comunicación edulcorados, y unas redes sociales llenas de basura informativa hicieran de pantalla para no conocer la verdadera Historia de este país. Con qué autoridad moral les pido que sepan quiénes somos a través de quiénes fuimos, si desde la comodidad de mi sofá no he movido un dedo para evitar tanta ignorancia. Ignorancia que no dispara a la nuca, pero sí a nuestro entendimiento. Somos nosotros, los que vivimos aquellos años, los que estamos en el deber moral de facilitarles toda la información para que ellos tomen sus propias conclusiones. Escuchar su opinión libre de miedo y de rencor. Ellos son la nueva España.

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