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Martes, 24/04/2018

La Gatera

Cien años de Gloria

Aprendí a amar los versos de Gloria Fuertes de la mano de mi editora Luz Maria Jiménez...

Aprendí a amar los versos de Gloria Fuertes de la mano de mi editora Luz Maria Jiménez. Mujer estoica que entregó su vida y su patrimonio a la defensa de la poesía desde ese milagro que es la editorial Torremozas. Milagro que sigue la estela su hija Marta. Luz María, amiga personal de Gloria Fuertes, cumplió los últimos deseos de ésta e hizo una fundación con su nombre que hace una labor encomiable. Gloria, mujer espléndida en todos los sentidos no quiso que su paso por esta vida fuera simplemente una página más de un libro. Y Luz María así lo ha cumplido.

Muchos de ustedes conocerán los versos infantiles de Gloria, y a lo peor aquella mala parodia que hicieron de ella los humoristas Martes y trece. Pero eso simplemente es el envoltorio de una poeta a la que los dedos le olían a tabaco y a lápiz, como ella misma decía. Luz María me enseñó que no había que quedarse en esa Gloria fácil de versos cómodos para los niños. Y así lo hice. Leí su biografía, sus poemarios de adulto, y quedé atrapada en una vida tejida de versos, con una enorme capacidad para bucear por el dolor, o por el amor, que a veces es lo mismo.

La biblioteca personal de Gloria, estaba celosamente guardada en el domicilio de Luz María.  Tuve la suerte de dormir en esa habitación más de una noche, aunque realmente no pude cerrar los ojos. Pasé las horas acariciando los lomos de aquellos compañeros de viaje que tanto amó Gloria. Libros dedicados por sus autores muchos de ellos, a los que los comentarios de Gloria los convertían en verdaderos testimonios de su genialidad. Si algún libro no le gustaba, así lo anotaba en el mismo con ese ingenio tan dulce y tan ácido a la vez, como sólo sabía hacerlo ella.

Este año se cumplen cien años de su nacimiento. Cien años en los que Gloria nos aconseja beber hilo, o nos recuerda que puedes sentirte como una Isla ignorada.   (“Soy como esa isla que ignorada/ late acunada por árboles jugosos/ en el centro de un mar /que no me entiende,/ rodeada de nada,/ sola sólo”).

Cien años, querida Gloria y  yo te imagino en esa conversación zalamera y maravillosamente coloquial con Dios que tantas veces iniciaste en tus versos, envuelta en el humo de tu tabaco, con una frasca de vino y dos vasos, y pidiéndole cuentas de lo que nos rodea. n

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