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Miercoles, 25/04/2018
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José Antonio Ortega

El bosón de Higgs

Además de interesarme por su relevancia y su trascendencia para el saber científico, la noticia del hallazgo del bosón de Higgs –la denominada partícula de Dios– me inspiraba días atrás la reflexión que sigue...

Además de interesarme por su relevancia y su trascendencia para el saber científico, la noticia del hallazgo del bosón de Higgs –la denominada partícula de Dios– me inspiraba días atrás la reflexión que sigue. Reflexión, cómo no, directamente relacionada con muchas de esas dudas vitales que, de un modo u otro, nos acompañan desde que tenemos uso de razón y todos o casi todos nos hemos planteado alguna que otra vez.
Yo había oído hablar de dicha partícula, e incluso había leído algo relacionado con el tema, pero no tenía muy claro cuál podía ser su papel en el marco teórico de la física cuántica y el llamado modelo estándar. De lo que sí me había enterado es de que físicos de todo el mundo andaban como locos tras su búsqueda y que se habían invertido unos cuantos miles de milloncejos en la construcción del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) de Ginebra para llevar a cabo la experimentación oportuna y localizarla.
Tal era la expectativa que se había generado en torno al bosón y a la constatación de su existencia que cuando dicha constatación se ha producido, con un margen de error tan mínimo como inimaginable, y me he enterado de lo que significa, me he sentido, por un lado, un  poquitín defraudado, por otro, aliviado. Defraudado, porque me pensaba que el hallazgo supondría la respuesta definitiva, o casi definitiva, a la gran interrogante sobre el principio del cosmos y resulta que no es así. Y aliviado, precisamente por esto último.
Yo me temía que el éxito del experimento y sus implicaciones pudieran poner en entredicho, tirar por tierra, los muy endebles cimientos en los que se sustenta mi concepción filosófica del mundo y del ser, de lo divino y lo humano, etcétera, etcétera. Pero, mira por donde, las conclusiones de la gran prueba auspiciada por el laboratorio del CERN, en parte, como que vienen a corroborar, al menos hasta la fecha, lo que creo y pienso acerca de la materia, y nunca mejor dicho.
El bosón de marras quizá pueda tener aplicaciones prácticas a corto, medio o largo plazo y suponga toda una revolución para el avance del conocimiento humano, especialmente en todo lo relacionado con el universo subatómico, pero, por lo demás, y en lo que se refiere a aquí arriba en la superficie, seguimos, y parece que seguiremos por tiempo indefinido, prácticamente en las mismas.
No voy a plasmar en este reducido espacio un extracto de mi pensamiento filosófico, quizá extravagante. Uno tiene la sospecha de no ser más que producto del azar y a la vez la esperanza de ser algo más que eso. Sabemos qué es de nosotros gracias a nuestras certezas. Mas no lo qué sería de nosotros sin nuestras incertidumbres. Tan sólo repetir una idea en la que vengo incidiendo a menudo últimamente cada vez que se me brinda la oportunidad y que tiene que ver con la importancia que lo misterioso, lo mágico, lo sobrenatural, lo ignoto tiene para nosotros los seres humanos. Que lo que nos mueve es el anhelo de verdad, no la verdad en sí, y que ese anhelo de verdad constituye quizá la clave de este juego –diríase que combinación de parchís y trivial– llamado vida en el que nos hallamos inmersos.
Pensemos, si no, por un momento. El día que tengamos a nuestro alcance las respuestas a todas esas preguntas esenciales que desde nuestros más remotos orígenes nos venimos planteando, ¿qué se supone que nos podría quedar por hacer? ¿Celebrarlo acaso como el más grande de los hitos y luego tirarnos una siesta? ¿O quizá echarnos a reír para no llorar?
Como ya he apuntado en más de una ocasión, soy de los que creen en la utilidad del autoengaño y de los que opinan que tal vez haya verdades, y hasta mentiras, que no nos convenga desvelar jamás.

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