Los valores del 77

Publicado: 16/06/2017
Los años del nacimiento de nuestra ahora y desde este pasado jueves día 15 cuarentona democracia fueron apasionantes
"No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma". Jiddu Krishnamurti.

Y la sociedad resucitó. Los años del nacimiento de nuestra ahora y desde este pasado jueves día 15 cuarentona democracia fueron apasionantes tanto desde el punto de vista político como social y, sobre todo, claves para nuestra movida historia. Llegaron tras otros cuarenta años de oscura represión, control y negra censura en los que la sociedad española, salvo distinguidas excepciones, se acomodó resignada a vivir sin pensamientos ni ideales propios o, lo que es peor, a esconderlos. Una sociedad en estado vegetal, que resucitó en los años de la transición democrática. Años en los que se hacía política en su máxima expresión, trabajar generosamente y a destajo bajo unos ideales con el único fin del bien público. Tiempos en los que todos los que participaban en dicho arte lo hicieron con altura de miras, renunciando cada uno a la radicalidad de sus respectivas ideologías para consensuar y hacerlo con el objetivo común de implantar un régimen demócrata presidido por la paz y la estabilidad social. Y el pueblo con la viveza a flor de piel que siempre producen los sentimientos encontrados, la ilusión de lo nuevo, la alegría de conseguir lo tanto tiempo calladamente esperado; frente a ello, el temor a lo desconocido, la duda ante las amenazas que podían llevarnos al fracaso, el miedo a revivir los negros recuerdos aún cercanos. La sociedad española, de forma mayoritaria, viva y unida alrededor de un objetivo común. Y los jóvenes, más implicados que nunca en la política, sabedores de que la democracia era su futuro, imbuidos por una voraz necesidad de información, de hacerse oír y de participar; Labordeta, Jarcha -Libertad sin ira-, Paco Ibáñez, Aute, Silvio y Pablo, conciertos, humo, pelos largos e ilusiones renovadas... Los que lo vivieron, lo saben, lo recuerdan mientras sujetan la lágrima.

Sábanas de sangre. Cuando el 18 de marzo de1977 Adolfo Suárez anunció la convocatoria de elecciones generales para constituir unas Cortes Constituyentes encargadas de redactar y aprobar una nueva Constitución, los españoles, en su mayoría, recibieron la noticia como la inequívoca señal de que el camino hacia la democracia no iba a tener retorno; pero también eran conscientes de que quedaba todo por construir y la guerra civil aún pesaba y mucho, provocando que su fantasma con sábanas manchadas de sangre siguiera pululando por los pasillos de casi todas las casas. Nuestros abuelos, de izquierdas o de derechas, recordaban cómo el detonante de aquella sin razón fueron las elecciones generales de febrero de 1936 y desconfiaban del futuro próximo, temían altercados el día de las elecciones, escépticos de que ahora sí pudiera salir bien. Quienes por aquél entonces vivían en Madrid recuerdan la psicosis general que se respiraba, el temor presente a las acciones de la ultra derecha post franquista, como la matanza de abogados de Atocha, los continuos atentados de ETA -dieciocho en 1976 y doce en 1977-, y el sonido amenazante de ruido de sables de los militares que aún se creían salvadores de la patria, de su patria, que no del pueblo: "España, una Grande y Libre". Con todo este tenso ambiente sobrevolaba la casi certeza de que ni unos ni otros iban a permitir asentar la democracia, en cualquier momento estallaría un golpe de Estado como en julio del 36 y como finalmente ocurrió con el fallido intento del 23 de febrero del 81. Ilusión e incertidumbre.

1977, el año del pueblo. Pantalones de campana, Raffaella Carrá, Angel Nieto, el estreno de la Guerra de las Galaxias, los cines de arte y ensayo, el fin de la censura con la llegada de El último tango en París, que en el resto de Europa se había estrenado hacía cinco años y los guateques de aquella juventud que empezaba a besarse sin esconderse, sin temor a ser multados o incluso a ser mandados directamente al calabozo por escándalo. Besos en público.

Jerez, con Jesús Mantara de alcalde, aún tenía la Avenida Álvaro Domecq con tres carriles, uno central de dos direcciones y otro estrecho a ambos lados. La feria con mayoría de casetas de mampostería, cotos cerrados de la clase más pudiente y que Pacheco, pocos años después, se empeñó en abrir al pueblo; derribó la mayoría y obligó por ordenanza municipal a su apertura total al pueblo so pena de sanción. Cádiz, con Emilio Beltrami de alcalde, aún tenía aquél emblemático reloj de flores y las Puertas de Tierra tapadas por enredaderas; en ese año, 1977, recuperó su fiesta popular, los carnavales, enterrando aquellas cursis fiestas típicas de las familias pudientes gaditanas. El pueblo de ambas ciudades, tan distinto y tan igual, empezó a respirar la libertad de poder disfrutar de todo aquello que durante los años franquistas les había sido prohibido.  

Convocadas las elecciones, afloraron como esporas los partidos políticos tras su legalización y, en concreto, se presentaron 69 candidaturas a estas elecciones que hacían eternos los espacios de publicidad electoral en televisiones en blanco y negro; pero la novedad empujaba a las familias a tragárselo sin tedio, como se tragaban el programa 300 millones o la lacrimógena Raíces. Estimulaba escuchar las ilusionantes promesas electorales de esa España por construir para un votante virgen que creía mucho de lo que le prometía el político.

El miércoles 15 de junio de 1977 dieciocho millones trescientos veinticuatro mil trescientos treinta tres españoles acudieron a votar en las primeras elecciones libres y democráticas que se celebraban desde 1936. La participación fue masiva, de un 78,83 por ciento. El recuento de los votos terminó sobre las 8 de la mañana del día siguiente. Doce candidaturas obtuvieron escaños, siendo el partido vencedor la UCD de Suárez con un 34,44 por ciento y 165 escaños, seguido del PSOE -Felipe González- con un 29,32 y 118 escaños, el PCE de Carrillo con un 9,33 y 20 escaños y AP, liderado por Fraga, con un 8,21 y 16 escaños. Un resultado que ratificaba a Suárez, designado en julio de 1976 por el Rey Juan Carlos para liderar la transición. El éxito de la opción de un partido de centro demostraba que una mayoría de españoles huían de frentes de derechas e izquierdas como rechazo de las dos Españas, con la sabia intuición de que el necesario consenso iría de la mano de posiciones moderadas. Tendencia que hizo replantear su futuro a PSOE y PCE, que abandonaron radicalismos y en especial el joven Felipe González supo avistar que el voto de centro izquierda sería fundamental para alcanzar la hegemonía de un poder que no consiguió hasta 1982, cuando arrasó con un 48,11 por ciento de los votos. El resto lo conocemos, alternancia del bipartidismo PSOE-PP en cuyas respectivas victorias siempre ha jugado el trasvase de votos de los ciudadanos de centro y el efecto de la abstención; siendo destacable que en las victorias socialistas los niveles de la misma fueron muy inferiores al nivel de abstención en los comicios ganados por el PP. Algo que todos hoy tienen muy en cuenta.

40 años después. Nuestra sociedad, con la democracia instaurada sin  temor a involuciones, instalada en un gran grado de estabilidad política como consecuencia de los gobiernos de mayoría absoluta, con los fantasmas del pasado expulsados, con dos décadas de aparente desarrollo económico, el Estado del bienestar, la burbuja inmobiliaria y un consumismo desaforado, se despreocupó del futuro, de las ideologías y del funcionamiento del Estado como si todo marchase tan bien que   jamás dejaría de hacerlo. Pero lo dejó y la crisis económica y el  consiguiente aumento del paro y la pobreza puso el punto de mira en los gobernantes y las administraciones públicas, aflorando públicamente los casos de corrupción, pero sin el más mínimo análisis de conciencia ciudadana respecto al grado de participación de cada uno en todo lo sucedido. Una sociedad que parece haber entrado en un estado de decadencia, en la que los valores del 77 nada importan, en la que parecen normalizadas la mentira y la falta de honestidad como medio para alcanzar el poder, con el dominio de internet y las redes, que ensucian lo suyo. Una juventud muy preparada, pero altamente desconcertada y desarraigada y para la que participar en política tiene poca cabida. Una sociedad en la que el partido que gobierna se encuentra investigado judicialmente por supuesta financiación ilegal y, pese a ello, sigue captando apoyo mayoritario, numerosos casos de corrupción en los que se ven inmersos cientos de políticos de casi todas las siglas, el poder judicial con una falta de independencia que haría levantar la cabeza a Montesquieu para morirse de nuevo al instante por espanto ante el hecho de que la ciudadanía, de forma masiva, no cree en la justicia, mucho menos en los políticos y en sus partidos. ¿A dónde nos encaminamos? La fragmentación actual del mapa político es una clara consecuencia de la desazón, desconcierto y repulsa que produce en la ciudadanía el sistema político actual y, de ello, el auge de siglas populistas. El funcionamiento orgánico de los partidos ha creado una militancia instalada en la irrelevancia, su papel se ha reducido a llenar mítines y asambleas, pegar carteles, aplaudir y aclamar al líder, votar y callar. 

Los ideales y el interés por participar en mejorar la sociedad que caracterizaron la transición dieron paso al reparto de puestos y prebendas, a la política como medio de vida, al cruce de cuchillos. Y la sociedad, de nuevo sumida en la pasividad, camino hacia ese estado vegetal o cuanto menos de hibernación en el que nos instalamos cuando no nos ilusiona el futuro, cuando nos supera esa sensación de que el peso del sistema es tan grande que nada podemos hacer para cambiarlo. Sólo queda esperar que el pueblo vuelva a despertar y consiga participar de forma unida y pacífica, pero inflexible, para exigir las necesarias reformas, controlar los poderes públicos y dar un vuelco a las oscuras estructuras del Estado. Poner de nuevo en valor los valores. Salir del conformismo y la apatía para volver a sentirnos vivos ante la ilusión de construir un futuro distinto y mejor y hacerlo pese a la dificultad de tener sobre nosotros a un poder establecido al que poco o nada le interesa el cambio porque se mueve cómodo con un pueblo en estado de letargo.   

Bomarzo

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