Fare thee well, Britain

Publicado: 25/06/2016
Si a David Cameron le honra el gesto, no lo hará la memoria, salvo para que sirva de ejemplo
Cuando Jim Hawkins y la expedición de La Hispaniola llegan a la isla del tesoro, encuentran refugio en un viejo fuerte. Lo primero que hace el capitán Smollet para hacer frente a los piratas es izar la bandera británica: “Traicionar a mis colores, yo no haré eso, tenemos pocas provisiones, pero mucha pólvora. Y además, doctor, esta bandera es Inglaterra”, recrimina a quienes le piden que desista.

Tengo grabada aquella secuencia desde pequeño. Más que una proclama patriótica, era un gesto identitario; aunque, a esa edad, lo primero que aprendías de verdad sobre Inglaterra es que conducían por la izquierda, tenían la libra, se negaban a devolvernos Gibraltar, habían inventado el fútbol y nos veían a los demás como si, en realidad, fuésemos nosotros los que viviéramos en una isla. Para corregir todo eso después vendrían los Beatles, Stevenson, Conan Doyle, Dickens, Shakespeare, Hitchcock, Lean, Sellers, Jack el Destripador, 007, Benny Hill, la BBC, el idioma, los double decker bus, las highlands, la música celta, el pie derecho de Beckham, el primer paseo por Londres... y esa fascinación se haría eterna.  

Por suerte o por desgracia, el Reino Unido ya no sólo desprende fascinación, sino que se ha convertido en tierra de oportunidades para la generación más preparada de nuestra historia ante la falta de opciones laborales en España: que levante la mano quien no conozca a un familiar o amigo que haya tenido que poner rumbo a la Gran Bretaña.

También, desde este pasado viernes, es fiel ejemplo de lo que Santiago Segurola ha definido como “la estupidez y los peligros de este tiempo de mierda”. Él lo decía en alusión a Donald Trump y a la posibilidad de que pueda convertirse en presidente de los Estados Unidos, pero el Brexit entra en idéntica serie de catastróficas desdichas, porque puede serlo para todos esos españoles que se ganan la vida en Londres y, no les quepa duda, para las empresas exportadoras o con vínculos económicos y financieros con la que ahora podrán volver a aludir como “la pérfida Albión”. La sacudida la podemos tener muy presente en Jerez, donde las exportaciones de vino al Reino Unido manejan una cifra de negocio en torno a los 25 millones de euros.

Ayer, en una reunión de ministros de asuntos exteriores europeos, el representante alemán, Frank-Walter Steinmeier, aseguraba que todavía era imposible dar respuesta a todas las dudas que va a generar la salida del Reino Unido de la UE. En realidad, podría haber sido más explícito y recurrir a la frase de Benicio del Toro en Sicario para explicar los cárteles mexicanos: “Es como si me pidieras que te explicara el funcionamiento de un reloj. De momento basta con que sepas leer la hora”. Y en lo esencial ya sabemos las consecuencias que va a tener para todos, comenzando por los propios británicos, en cuyos bolsillos ya tiene menos peso la libra esterlina, pero tampoco parece haber mucho interés por entrar en detalles. Por una vez agradeceríamos que alguien nos pusiera en preaviso de lo peor.

A falta de más argumentos, durante estos días he seguido las crónicas de John Carlin desde Inglaterra describiendo el ambiente y sus sensaciones de cara al referéndum. El mismo jueves abogaba por pedir la independencia de Londres caso de que saliera el sí; de hecho, reclamó la misma iniciativa para Barcelona caso de que en Cataluña persista el empeño independentista. Sólo pretendía retratar dos extremos de hasta dónde nos puede encaminar la estupidez; y sí, volvemos a la misma idea de fondo: “la estupidez y los peligros de este tiempo de mierda”. El problema es que en su caso ya tiene poco arreglo.

A David Cameron, al que han ido todos corriendo a bailarle el agua por presentar su dimisión, en vez de avergonzarle públicamente, se le ha quedado cara de delantero fallón: se echaba en falta al público del estadio coreándole eso de “carajote, carajote”. Si le honra el gesto, no lo hará la memoria, salvo para que sirva de ejemplo. Sin duda, ha logrado lo que buscaba: pasar a la historia, desgraciadamente.

Fare thee well, oh Britain, fare thee well.

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