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Martes, 23/10/2018
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Simplemente María o... Jordi. Transexuales en el deporte

La historia del deporte está plagada de casos en los que hubo muchas dudas acerca del sexo de determinados deportistas. Así ocurrió en el caso de María Torremadé, una joven que marcó registros increíbles en la posguerra española, pero a la que le diagnosticaron el síndrome de Morris.

  • María Torremadé

En 1941 España era Una, Grande y Libre, caminaba por rutas imperiales, y se moría de hambre y de tristeza. El piojo verde, la viruela y la difteria ayudaban a depurar el país de la mugre proletaria; Franco se reunía con Mussolini en Bordighera; Santander, que todavía no era novia del mar, ardía por completo en un incendio apocalíptico; en junio, Hitler invadía la URSS, y en diciembre Japón aniquilaba la flota estadounidense fondeada en Pearl Harbor. Y en aquella famélica España de posguerra, una joven atleta de 18 años lograba marcas jamás soñadas por una mujer en aquel país de cerrado y sacristía, devoto de Frascuelo y de María.
Maria Torremadé inició su tiempo en Barcelona, en el barrio del Guinardó en 1923. Nació hija única y nació niña. O así lo entendieron el médico o la comadrona que la trajeron al mundo, y aquel equívoco le marcaría la vida. María se aficionó pronto a los deportes, practicó con provecho el baloncesto, el hockey sobre hierba y el atletismo. En todos destacó, especialmente en este último. Entre 1940 y 1942 sus marcas fueron espectaculares: en 60 metros hizo 7,710, que era el mejor registro europeo. En esa misma distancia se quedó a cuatro décimas del récord mundial. Fue campeona de España de 100 metros, 200, 800, salto de altura y salto de longitud. Un prodigio. Y todo antes de cumplir los veinte años.
Pero el 13 de febrero de 1942, el diario madrileño “Informaciones” abría con una noticia tan inesperada como sensacional: María Torremadé iba a cambiar de sexo. María sufría el síndrome de Morris, una forma de hermafroditismo que se ha dado en otros casos entre atletas. Son personas de apariencia femenina por sus genitales externos, con labios vaginales subdesarrollados y vagina ciega, es decir sin útero. Pero María era un hombre. Pasó a llamarse Jordi, y en ese momento se acabó su prodigiosa carrera deportiva. Sus marcas fueron anuladas, y las consecuencias para el deporte femenino en nuestro país serían terribles. La Sección Femenina prohibió la práctica del atletismo a las mujeres. En una circular de 1943 el nuevo Estado Nacional Sindicalista decretaba que la mujer española “sólo practicaría los deportes que no perjudicaran su función específica: la maternidad”. El poco femenino y masculinizante atletismo no volvería a ser permitido hasta 1961.
Jordi dejó de ser María, abandonó el atletismo y vivió una vida plena como hombre. Se casó en 1952 con Catalina Pons. Afincado en París, se convirtió en un empresario de éxito.
No fue el suyo el último caso de ambigüedad sexual en el deporte, como tampoco había sido el primero. En los JJOO de Berlín en 1936 encontramos a Dora Ratjen, que compitió representando al Reich alemán en salto de altura. Descubierta poco tiempo después, Dora pasó por un sanatorio mental, y con el nombre de Heinrich fue enrolado por la Wehrmacht durente la Segunda Guerra Mundial.

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