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El sexo de los libros

Edvard Munch: ‘El grito’

Los valores de El grito son básicamente conceptuales, icónicos e ideológicos.

Publicado: 25/11/2023 ·
11:55
· Actualizado: 25/11/2023 · 11:57
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  • EDVARD MUNCH: 'EL GRITO'
Autor

Carlos Manuel López

Carlos Manuel López Ramos es escritor y crítico literario. Consejero Asesor de la Fundación Caballero Bonald

El sexo de los libros

El blog 'El sexo de los libros' está dedicado a la literatura desde un punto de vista esencialmente filosófico e ideológico

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En la parte superior izquierda del cuadro, sobre el cielo, Munch escribió con lápiz las palabras: kan kun være malet af en gal mand (‘sólo puede haber sido pintado por un loco’).

Fue Jean-Marie Kellermann quien afirmó que El grito (cuatro pinturas y una litografía creadas entre 1893 y 1910), del pintor noruego Edvard Munch (1863-1944), es —como conjunto—      una producción fundamental de la historia del arte, pero no una obra maestra.

Desde el punto de vista formal Kellermann concede a la pieza del artista escandinavo una importancia como claro precedente del expresionismo y, muy en particular, del cómic underground (o cómix) por la estridencia de su cromatismo psicodélico, sus líneas de deformación inconscientemente satíricas y por la técnica apropiacionista consistente en haber copiado el rostro del personaje principal de una famosa momia peruana, entre otras características. Los sólidos argumentos desarrollados por Kellerman en un memorable artículo (Reflexionen über ein unmögliches Bild, 1997) impiden calificar su teoría como una boutade.    

Los valores de El grito son básicamente conceptuales, icónicos e ideológicos. Munch adelantó —no en solitario, porque no fue el único— representaciones filosóficas que llegan hasta nuestros días.

Hay quien sostiene (Giulia Bartrum, 2019) que en el cuadro nadie grita, sino que alguien oye un grito ensordecedor y se tapa los oídos. Una deducción admisible que no transformaría sustancialmente la entidad simbólica del fenómeno acústico. Kellermann persiste en una emisión sonora del personaje ubicado en primer plano que no es incompatible con la lectura anterior. La procedencia del grito no parece relevante en este caso.      

Toda la doctrina existencialista se halla inscrita en las imágenes que se proyectan hacia un futuro de angustia, miedo, abandono o   desesperación. Aquel grito infinito que atravesó la naturaleza y del que Munch habló en su diario.

Para los existencialistas, la posibilidad de liberarse de patrones arraigados de autoengaño generalmente no es algo que se logra mediante una reflexión objetiva. Surge a raíz de poderosas experiencias emocionales o estados de ánimo. Cuando el existencialista se refiere a sentimientos de “náusea” (Sartre), “absurdo” (Camus), “ansiedad” (Kierkegaard), “culpabilidad” (Heidegger) o “misterio” (Marcel), está describiendo afectos extraños que tienen el mismo efecto. Poder para sacarnos de nuestra complacencia, donde el mundo seguro y familiar se rompe y colapsa, y nos vemos obligados a enfrentar la cuestión de la existencia. Jaspers se refiere a estos momentos como «límites» o «situaciones límite» (Grenzsituationen), situaciones «cuando todo lo que se dice que es valioso y verdadero se derrumba ante nuestros ojos» (Karl Jaspers: Filosofía, vol. 2, 1932).

El punto de partida genérico se identifica con lo que Adorno denominó la disonancia como «una especie de invariante de la modernidad» (Teoría estética, 1961-1969 [1970]).

¿Contra quién o contra qué se dirige El grito de Munch? Se trata de un grito profético, insiste Kellermann: el grito de un ser que predice, incluso más allá de la modernidad sólida, también la modernidad líquida descrita por Zygmunt Bauman; una forma social carente de utopía. ¿Se podría llamar a esto progreso? «Al menos es una experiencia fascinante, porque ninguna otra sociedad del pasado vivió con la idea de que no existía ni un orden de cosas predeterminado por Dios ni uno determinado por el hombre. Las sociedades fugaces viven de un momento a otro», responde Bauman. Kellermann retiene la vertiente conflictiva de la liquidez, al margen de ciertos paréntesis de benevolencia del sociólogo polaco.

Kellermann centra su atención en la «imagen de una realidad líquida que no podemos controlar, que se nos escapa de las manos y ya no es “manejable”. Es difícil seguirle el ritmo y predecir qué dirección tomará, hasta que ya es demasiado tarde, cuando nos ha llevado a consecuencias irreversibles. No poder controlar repercute en nosotros que vivimos en esta especie de “interregno” entre una forma de vida que ya no existe y algo estable que aún no existe: nos hace sentir inseguros. Es probable que la estabilidad del futuro, suponiendo que haya una condición estable, sea el efecto de un ajuste o formateo de la mente humana a la rapidez del cambio, en lugar de una desaceleración o estabilización de los acontecimientos».

Un desequilibrio constante ha ido erosionando el racionalismo propio de la modernidad provocando la recuperación de modalidades existenciales, actuaciones y reflejos tribales. La liquidez de Bauman no es un carnaval festivo y liberador, donde todo se puede hacer y deshacer en ausencia de reglas claras, sino un peligroso paso atrás para las sociedades humanas.

El grito de Munch recorre todo el terror del siglo XX y mantiene su vibrante eco en la ciénaga global del XXI con su acumulación de abrumadoras y complejas contradicciones. La velocidad de los acontecimientos y la susceptibilidad a los cambios repentinos se combinan con la permeabilidad, debido al perfeccionamiento y la facilidad de las comunicaciones, que permiten que la información llegue en tiempo real a todos los rincones de la sociedad y origine efectos impredecibles.

Por capitalismo de vigilancia se entiende un sistema capitalista basado en el mercado que utiliza la recopilación de datos personales   utilizando medios técnicos para clasificar información sobre el comportamiento de los individuos, analizarla y prepararla para el mercado y la toma de decisiones económicas, generando así predicciones de conducta y obtener beneficios a través de su uso.

Para Shoshana Zuboff, teórica del capitalismo de vigilancia, éste se describe mejor como un «golpe desde arriba, no del Estado, sino un derrocamiento de la soberanía popular y de la fuerza dominante en la peligrosa deriva hacia la desconsolidación democrática que ahora amenaza a las democracias liberales occidentales». Es un «proyecto totalitario».

Las consecuencias de este proceso son que el capitalismo de vigilancia está creando formas completamente nuevas de desigualdad social. Opera a través de asimetrías de conocimiento sin precedentes. Los capitalistas de la vigilancia saben todo sobre nosotros; sin embargo, sus actividades están diseñadas de tal manera que no nos resultan reconocibles. Amasan inmensos dominios de nuevos conocimientos sobre nosotros, excepto que ese conocimiento no es para nosotros; sirve para predecir nuestro futuro, pero en beneficio de otros. Mientras se permita que florezcan los capitalistas de vigilancia y sus mercados de futuros conductuales, la propiedad de los nuevos modificadores de hábitos eclipsará la propiedad de los medios de producción como fuente de riqueza y poder capitalista en el siglo XXI.         

 

 

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