Actualizado: 12:57 CET
Domingo, 15/12/2019

CinemaScope

El mundo fue y será una porquería

Rafael Cobos y Alberto Rodríguez vuelven a la Sevilla de finales del XVI para retomar los personajes de ‘La peste’ con una trama de intriga mejor elaborada


Lo compuso Enrique Santos Discépolo: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también”. La segunda temporada de La peste no se remonta tan atrás, se sitúa en la Sevilla de finales del siglo XVI, pero es fiel al paralelismo: poder, dinero, corrupción, desigualdades sociales, trapicheos, traiciones... Pónganle electricidad, aseos y asfalto y será como estar “en el dos mil también”. Para lograrlo, Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, creadores de la serie, retoman a sus personajes principales cinco años después, envueltos en una trama de intriga mucho mejor elaborada que la anterior, aunque bajo idéntico compromiso estético o similares constantes vitales. En definitiva, una versión mejorada de su primera entrega, en la que sobresalía su exquisita recreación histórica y su meticuloso realismo, pero en la que la historia era una mera excusa -con duelo final entre buenos y malos, incluido- para desplegar un imaginario con escasos precedentes.

La Peste. La mano de la Garduña, mantiene un excelente nivel de ambientación, aunque abuse de las secuencias nocturnas a la luz de las velas, y se crece en el plano argumental a partir de una narración a medio camino entre las intrigas palaciegas, el relato policíaco y el drama histórico que, también hay que admitirlo, va de más a menos: no es casualidad que los dos primeros capítulos -los mejores de esta temporada- sean los dirigidos por Alberto Rodríguez, un tipo con un enorme talento para contar historias y que, en este caso, desarrolla con un notable sentido del entretenimiento.

Como en la primera temporada, La Peste sustenta otra buena parte de su interés en un reparto en el que  vuelve a sobresalir una inmensa Patricia López Arnáiz, a la que se suma en esta ocasión el sevillano Jesús Carroza, uno de los grandes descubrimientos del cine de Rodríguez -Siete vírgenes-, sensacional aquí en el papel de Baeza, un arribista con corazón que sabe moverse con destreza entre los bajos fondos, y Federico Aguado, en el papel de asistente de la ciudad, sin olvidar a Manuel Morón, que repite como Arquímedes para dar de nuevo una lección de cómo diccionar con auténtico acento andaluz.

COMENTARIOS

Publicidad Ai
Publicidad Ai
Publicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad Ai
chevron_left
El chef Juan Aceituno consigue otra estrella Michelín para Jaén
chevron_right
Sardinas por Santa Catalina, una tradición