Actualizado: 22:52 CET
Viernes, 22/11/2019

Jaén

“¡A mí la Legión!”

Todas las mañanas, Carrera arriba, don Francisco Espinosa García-Olalla inicia un itinerario sentimental por calles imprescindibles. Camina como el paso...

  • La Legión

Todas las mañanas, Carrera arriba, don Francisco Espinosa García-Olalla inicia un itinerario sentimental por calles imprescindibles. Camina como el paso de palio de su Virgen de las Lágrimas, a pasito corto, y también como un trono se detiene, de cuando en cuando, para tomar aire. Entonces, su humanísima figura toma efigie de estatua en medio de esa acera de Bernabé Soriano en la que saludaba, muchos años atrás, a gente  mítica cuyos nombres pueblan las páginas de “Don Lope de Sosa” y que, ahora, campean en las lápidas del viejo cementerio de San Eufrasio, ruina inocente que, si todo sale como está previsto, desaparecerá lo mismo que la cúpula del Camarín, llevándose consigo los huesos venerables de un Jaén ya pretérito; pasado, sí, pero al que esta ciudad le debe su memoria mejor.

Don Francisco Espinosa pasa por delante de la casa que mandó construir don Inocente Fe, con su balcón de Pilatos o su elevada galería de palacio de Montemar, y que, muerto de pena tras perder a su esposa, abandonó para recluirse —como Machado en Baeza tras la muerte de Leonor— en Villa Consejo, el chalé en que nació la última palmera legendaria de aquí, arrancada de cuajo para siempre. Se detiene don Francisco en lo que fue el España, donde Cazabán tomaba café y, con Ramón Espantaleón, esperaba el coche de Manolito Ruiz para “excursionar” por los alrededores de la capital del Santo Reino. Cruza la calle y por Campanas llega a la Plaza de Santa María, escenario, esta tarde, del prodigio anual de ver salir a la sacramental catedralicia, fidelísima corporación que desde la primera vez que tocó asfalto aprendió a respetar una herencia cofrade hoy en horas bajas pero de la que La Buena Muerte presume con la elegancia de la naturalidad.

Don Francisco Espinosa es el último superviviente de la tertulia 6x4=24=4x6, el antiguo Portalillo junto a la casa de las Heras, que acabó como escaparate y parte de Tejidos El Carmen, su comercio de toda la vida. Todavía resiste la estructura de hierro y algún que otro cristal descolorido de lo que fue su planta superior, desde donde el fascinante Ruiz Córdoba y los suyos se asomaban para escrutar la vida diaria del Jaén de las décadas de los 10, los 20, los 30, los 40… y pedían a Petrolo, el del quiosco, avituallamiento. Muchos de ellos vieron llegar a la Catedral al Crucificado de Jacinto Higueras —sobre el que el imaginero santistebeño derrochó unción sagrada— o asistieron a su primera procesión, un lejanísimo Miércoles Santo de 1927 que dividió en dos épocas la Semana Santa jaenera: antes y después de La Buena Muerte.

Los Cañones, los “rubios” de Las Colonias —¡cuántas cosas escuché de su propia voz a don Victoriano Delgado, el maestro de la Escuela de Nuestro Padre Jesús de “mi” calle San Lorenzo, acerca de su gente!—, los Villar, los Cancio, los Nogales, los Degiuli, los Calvache, los Sánchez Lanzas, los Anguita, los Soriano Lucini, Gómez Soriano…  Aunque solo fuera por el respeto que esta ciudad les debe por tantas cosas, el mundo cofrade jiennense debería tomar partido por ese histórico camposanto que grita angustiosamente “¡a mí la Legión!”, que destila pasionismo por casi todos sus patios y donde reposan muchos de ellos al lado de ilustres como Antonio Almendros Aguilar, Prado y Palacio, el mismísimo Bernabé Soriano, Bernardo López, Montero Moya, José Nogué, los Blanco Hermoso…; pobre, bellísimo recinto funerario cuyas tumbas resumen el callejero de Jaén, de tantos nombres y apellidos como los mármoles repiten en los rótulos, y que a fuerza de abrir cada día menos y morirse cada día más, terminará enterrado bajo su propia tierra.  

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