Actualizado: 23:39 CET
Martes, 12/11/2019

Jaén

Pasión camarera

Así, a bote pronto, el sabrosón bolero de Machín, un entretenido poemario...

  • La Amargura

Así, a bote pronto, el sabrosón bolero de Machín, un entretenido poemario del madrileño Carlos Martínez Aguirre —finalista del “Hiperión” del 97—, una película americana de Adrienne Shelly que pasó sin pena ni gloria por las carteleras y una obra teatral en torno a la relación de la diva María Callas con su camarera y confidente Bruna Lupoli son algunos de los pocos títulos en los que este antiquísimo oficio se erige en protagonista, parco tributo a una labor tan cotidiana y precisa como, a la luz de la atención prestada por el mundo del arte y la farándula, poco visibilizada —por usar uno de esos adjetivos de último cuño que tanto calan en el vocabulario de a pie—.

Nada o muy poco tienen que ver las inspiradoras de esas obras con las apasionadas mujeres de aquí que si echaran cuentas de las horas que dedican a mantener a punto ajuar, altares y lo que se tercie tomarían conciencia de cuánto han cotizado a lo largo de sus vidas para disfrutar la más alta de las jubilaciones en los territorios de la gloria; acaso lo único que las une sea, además de la etimología, precisamente esa escasez de brillo que no hace sino evidenciar una cicatería insufrible por parte de quienes tienen en sus manos la posibilidad de concederles la merecida posteridad: músicos, poetas, pintores cofrades… que suspenden en eso de sublimar la inherente discreción, la envidiable prudencia, la diaria sencillez de las camareras pasionistas; y eso que son ellas las que le hablan de tú a tú a quienes, con la unción de su tacto, pasean la ciudad sobre los tronos, bajo los palios, capitalizando estandartes, deshaciendo enterezas. Una de dos: o hasta en esto malhuele a artística desigualdad de género o la confianza da asco, vaya usted a saber.

Imágenes, costaleros, calles, rincones, momentos… han dado lugar a célebres marchas de procesión en cuyos títulos campea, como un lema heráldico, su motivadora trascendencia sin que hasta hoy, Lunes Santo de 2019, maestro alguno en lo suyo las haya tenido en cuenta a la hora de enfrentarse al papel pautado. ¡Con lo hermoso que sería ver alejarse a la Gioconda de Jaén —Emilio Lara dixit— de su templo mercedario a los sones de “Camareras de las Lágrimas” —regalo el título a compositores en horas bajas en eso de ponerle nombre a sus creaciones—, a la Reina de la Amargura —todo un récord de marchas de palio en su honor— mientras sus músicos rinden homenaje con un precioso solo de trompeta a quienes hacen un arte de la costumbre de vestir y cuidar imágenes, o a Jesús de la Caridad conquistando la orilla de su templo al compás de un poema sonoro que exalte en los oídos jiennenses la imprescindible, magistral delicadeza de estas mujeres!

 

Señor de Las Fuentezuelas:

hilos de lirio sostienen


tu túnica nazarena.

 

Yo quisiera ser el manto

que cubre, cuando se encierra,

la espalda del Despojado,

 

o pasar la vida entera

mirándome en la mirada

de la Amargura jaenera.

 

¿Qué hay que “estudiar” para ser

camarera de la Virgen

que sale de La Merced?

 

Que en la calle Camarín de Jesús campee la dedicatoria de toda una capital de provincia  a una camarera de Pasión es un logro del que no pueden presumir siquiera geografías cofrades de esas que, aquí, copiamos a mansalva y sin miedo al ridículo. A ver si, en al menos en esto, somos nosotros los imitados. 

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