Teoría (y práctica) del debate

Publicado: 24/04/2019
Autor

Manuel Pimentel

El autor del blog, Manuel Pimentel, es editor y escritor. Ex ministro de Trabajo y Asuntos Sociales

La Taberna de los Sabios

En tiempos de vértigo, los sabios de la taberna apuran su copa porque saben que pese a todo, merece la pena vivir

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Los debates determinarán el voto de los muchísimos indecisos. La política es un arte complejo y la comunicación es uno de sus principales ingredientes
Benditos debates. Pese a toda su truculencia, presencias y ausencias, vivifican la democracia con su espectáculo y su carrusel de verdades, mentiras y medias-verdades que son las mayores mentiras. Y el primer debate a cuatro, no defraudó. Tras el vodevil que las gentes de Sánchez organizaron con aquello de debate sí, debate no, al final tuvo que celebrarlo en las peores condiciones. Sin VOX en la parrilla, resultó golpeado una y otra vez donde más le duele, su connivencia evidente con un independentismo que quiere hacernos extranjeros en nuestra propia tierra. Por eso, el debate no lo podía ganar Sánchez y lo perdió, estrepitosamente. Las encuestas dan por triunfador a Rivera – estuvo bien, en agilidad, argumentos y lenguaje corporal-, un notable a Casado - al que su excesiva sonrisa restó contundencia a sus razones bien esgrimidas y traídas-, y otro notable a Pablo Iglesias, que, afortunada y sorprendentemente, echó mano de la constitución a la que tanto ha denigrado. Cicerón, maestro de oradores, ya apuntó la importancia del lenguaje no verbal, al acuñar la frase inmortal de que el rostro es el espejo del alma, y los ojos, sus delatores. Rivera es el que estuvo más metido en el debate, Iglesias fue de menos a más, al igual que Casado. El más tenso y crispado fue Sánchez, que no encajó bien que le pusieran ante el espejo de sus propias contradicciones. Casado y Rivera saben que tienen al presidente de gobierno cogido por los mismísimos… compromisos con Torra y no soltarán esa dolorosa infamia.

¿Y VOX? Pues estuvo ausente/presente. En ocasiones anteriores otras fuerzas en similares circunstancias estuvieron en el debate, debería, pues, haber participado. Ahora esgrimirá el agravio de la censura y la exclusión. Atención, que puede dar sorpresa a la andaluza y subir más de lo que las encuestan cantan.

Los debates determinarán el voto de los muchísimos indecisos. La política es un arte complejo y la comunicación es uno de sus principales ingredientes. La comunicación no sólo consiste en hablar bien, sino, sobre todo, en convencer, en emocionar, en ganar para la causa. Somos palabra. Comunicamos con palabras, que conforman el relato que nos constituye. Y, en un debate, la palabra se presenta con gestos, elocución y lenguaje corporal. En su “Manual de Debate” (Berenice), Manuel Bermúdez y Jorge Lucena nos advierten de que el debate es una confrontación dialéctica, regida por una serie de normas, cuyo resultado es determinado por un jurado. En nuestro caso, el jurado es el electorado, o sea, usted y yo. Nuestro voto, el puñal de papel que esgrimiremos el próximo domingo, vendrá influido por nuestra ideología – mucho -, nuestras emociones – algo – y nuestros intereses – poco -, que habrán sido agitados en uno u otro sentido por el devenir de los debates.

En el debate se ejercita el arte de la dialéctica, el arte de dialogar, argumentar y discutir. El debate, en última instancia, es el gran acto de comunicación electoral. Leo Farache, en su libro “El arte de comunicar” (Almuzara) advierte a los políticos de que la buena comunicación no consiste en transformar la realidad ni en polarizar a la sociedad con una mala utilización de la comunicación. Pues la verdad es que quien polarizó fue Puigdemont, y de aquellos polvos, estos lodos.

 

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