La panceta e Isabel Preysler

Publicado: 04/11/2015
Desde hace unos meses, la viuda se ahogó en fotos cuando salió de su casa para volver a cumplir con su trabajo.
Formarían la peor pareja de la historia si no fuera porque la primera parte de la misma ha irrumpido con tal fuerza que ha atenuado el brillo de la segunda durante unas horas, todo un logro. Desde hace unos meses, la viuda se ahogó en fotos cuando salió de su casa para volver a cumplir con su trabajo. Y lo hizo vestida de rosa pálido, un tono que no llegaba a ser malva, sin embargo recordaba bastante al color del alivio, el alivio del luto, la recta final del duelo. Este tono casi angelical envolvía a una mujer admirada, envidiada y más odiada que amada en voz baja, claro.

Desde entonces y todas las semanas las imágenes propician que estos sentimientos se encuentren, se toleren o choquen, pero ahí están, brillando sobre las páginas, saliendo de un cuerpo y un rostro adictos al chocolate y amigos de los retoques. No cabe duda de que su inteligencia está más que demostrada sin haber tenido que demostrar nada. Es un claro ejemplo del saber vivir, de transformar en cifras los modelos que luce y los suspiros, el aire que débilmente los estiran, dejando en el tejido la huella invisible del olor humano. El suyo será tan sutil y delicado como el de un salón de belleza, tan femenino como la crema que lleva su nombre, en la que ella misma se ha  implicado y colaborado.

Pero aún quedaba lo mejor, su eterna juventud de nuevo enamorada. Cuánta ilusión rezuma esta pareja que ella ha vuelto atemporal, que ha superado las visitas en los distintos enlaces virtuales y las ventas en papel. Incluso hay un chiste que se comparte, que corre libre y desbocado por los WhatsApp haciendo reír por lo ocurrente mientras ellos permanecen ajenos a tanto trajín. Y es que Nueva York nos la está alejando, parece que tiene intenciones de quedarse con ella, con esta estrella española, porque fue aquí donde nació para brillar.

Y en esto estábamos cuando salió el informe de la panceta. Como una bandera, la loncha rayada ondeó con tanta fuerza que silenció durante unas horas el clic del ratón, el galope de los dedos sobre las teclas y el rumor de las hojas de las revistas para hacernos pensar. Hemos leído reflexiones, críticas y propósitos que nos han hecho sonreír y también dudar. Más de una madre ha compartido en su habitual red social la inquietud a la hora de hacer la cena del viernes, la favorita de sus hijos.

En otro término está el comentario jocoso del locutor de radio que abiertamente expresa su predilección por la vianda y su intención de no prescindir de tan sabroso placer, porque la panceta ya sea natural, ahumada, adobada, frita o convertida en chicharrón no forma parte de la comida diaria, por lo que su ingesta, al ser circunstancial, no debería obsesionarnos. Sí hay que tener cuidado, pero con todo lo que comemos, porque hasta lo bueno o aconsejable para nuestra salud resulta terrible si nos lo zampamos a dos carrillos. Con este tema pasará como con el pescado azul y la carne de cerdo, alimentos dañinos en su momento para luego volverse indispensables.

Esto ya es historia y con la panceta pasará lo propio, mejor dicho, está pasando. Ha dejado de ondear porque la falda de Isabel Preysler se mueve con tanta gracia que la primera descansa en un plato, envolviendo un dátil, una pieza más del aperitivo que tal vez ella misma saboreará en el cóctel al que asistirá próximamente. Tal vez sea la única vez que formen pareja para siempre, emulando a Artemisa. Qué haría Vargas Llosa si supiera de este acontecimiento.

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