Y vuelves la cabeza

Publicado: 16/10/2016 ·
Las mujeres y los hombres no podemos avanzar si en vez de ser la igualdad, la real y efectiva, es la discriminación
Y tú pasas y vuelves la cabeza. Tú vuelves la cabeza como si la volvieses contra el ala de Dios…” Extraído del poema ‘El último Caín’ de Dámaso Alonso. Estos versos, que, en apariencia, se asientan en un personaje relevante del Génesis, primer libro de la Biblia, concretamente en Caín, pueden ayudarnos, como parábola, para  reflexionar sobre la lucha “fratricida” del ser humano. “Volver la cabeza”, es ya de por sí, un acto o posicionamiento, aunque se esconda detrás de la condición cobarde de la omisión. Hacer oídos sordos al dolor ajeno es un gesto no sólo cruel, sino también interesado. Actualmente, por ejemplo, estamos ante un caso mediático donde una ‘manada’ de depredadores sexuales pueden provocar un daño extremo a una joven y reiterarse, reírse, jactarse y enorgullecerse de cometer retenciones mediante el suministro de sustancias depresoras o anuladoras de la voluntad, y enorgullecerse de sus agresiones sexuales y/o violaciones. Las víctimas parten de la desventaja de no ser creídas, se ponen en tela de juicio socialmente, por muchos factores. Por una parte, porque las personas agredidas son las que tienen que demostrar, en todo momento, lo que les ha sucedido, estando sometidas a la enésima victimización. Los agresores, por otro lado, se pueden refugiar en el lado oscuro de  los mitos, ya sean los efectos del consumo o adicciones, la acumulación de la frustración o simplemente, pudiendo no encajar supuestamente en el perfil para el entorno afectivo, familiar y profesional, o incluso alardear de una imagen social hasta impoluta. En este caso, pertenecer al Ejército o a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado debería garantizar que seres tan despreciables no formaran parte de sus recursos humanos, ya sea con filtros más exhaustivos para su incorporación o con estudios preventivos o de seguimiento. En el punto de mira de la justicia se encuentran los ejecutores de tales atrocidades, pero ¿no se debería extender a todas las amistades que compartían el mismo grupo de WhatsApp? Ellos también fueron cómplices y copartícipes. También visionaron los vídeos e hicieron comentarios degradantes. Han encubiertos delitos de gran envergadura, y por lo tanto, han contribuido no sólo al hecho sino a su posible repetición. No pueden quedar impunes. No prestaron auxilio a las víctimas ni denunciaron los hechos.  Atentar contra la integridad física, psicológica y sexual de otra persona es una tortura, una vulneración de su esencia más profunda y significativa. Desgraciadamente, sabemos que el machismo y el androcentrismo siguen siendo el caldo de cultivo donde se cocinan los ingredientes que retroalimentan la injusticia social y la no igualdad entre géneros. A pesar de los esfuerzos de las políticas inclusivas, de los avances legislativos formales, de las acciones positivas o de la coeducación entre otras, no se ha podido erradicar esta lacra que afecta a toda la ciudadanía. Las mujeres y los hombres no podemos avanzar si en vez de ser la igualdad, la real y efectiva, es la discriminación. Si existe resistencia en la distribución del poder, si se justifica la dominación de unos para subordinar a otras, si la aplaudimos con los actos o el silencio, entonces estaremos gestando una sociedad plagada de verdugos. Si se quiere esa aberración, es fácil tenerla, tan sólo “volvamos la cabeza”. 

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