Por ti, madre, no creo en dios, ni en dioses

Publicado: 09/03/2018
Autor

Younes Nachett

Younes Nachett es pobre de nacimiento y casi seguro también pobre a la hora de morir. Sin nacionalidad fija y sin firma oficial

Sin Diazepam

Adicto hasta al azafrán, palabrería sin anestesia, supero el 'mono' sin un mísero diazepam, aunque sueño con ansiolíticos

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Primero. Sin ti, sería nada. A ti, te lo debo todo. Diez de marzo. Cumples años. Olor a lejía en tus manos, agrietadas por la miseria. Lamparones en el delantal, huellas de nuestra comida de cada día. Te conocí donde me pariste, en Tánger. La más bella del Patio Rúa. Mientras el Teatro Cervantes se caía a pedazos, nunca asumiste los modales coloniales. Las bolsas, negras, de la compra, las cargabas tú. Por el zoco, las extranjeras se aprovechaban de la pobreza. La dignidad se prostituye más fácilmente si el estómago está vacío.

Por tus venas, humildad. En tu alma, bondad. En tu rostro habita la risa. Sonrisa vencedora incluso cuando en apenas tres años perdiste a tus padres y a dos hermanas. Golpe brutal, otro más. Fuerza. Por ti aprendí que el sexo débil era una mentira interesada. Aprendí que el mundo miente y que la verdad tendría que desaprenderla.

Inteligente. Te negaron los libros, te negaron la escuela. Ser pobre tiene pocas ventajas. Buscabas letras bajo la sombra de un olivo. Por ti sentí la primera ira contra una sociedad que no supo ver el potencial de una niña nacida para sorprender al universo. En lugar de puentes, muros. Suerte que no vieron tu capacidad para esquivar y construir un destino tan propio como maravilloso.

Autodidacta. Desde pequeña quisieron que sirvieras al rico, que limpiaras sus baldosas, que te perdieras en reverencias. Suerte que te minusvaloraron. A los setenta te disfrazaste de Duquesa de Alba y allí, en la Plaza de Benadalid, te vengaste, con humor, de los señoritos andaluces que perpetuaron el dolor de muchos.

La cocina convertiste en lienzo y las recetas en sutiles poemas. Un ingrediente, un verso. De los platos a las letras y ¡zás! A tomar por culo… el guión de tu vida lo escribes tú.

Sirvienta. Emigrante. Desarraigo. Pobre entre los pobres. Soñadora. En tu corazón una cuerda kilométrica anclada en el valle del Genal. Por lejos que te fueras, soñabas con volver. Te lo propusiste, y claro, lo conseguiste. Ahora caminas en segunda juventud, entre el centro de adultos y la brisa de tu pueblo. A tu lado, el hombre que siempre te ha amado, el hombre que aprendió a amarte. A tu lado, la dignidad que nunca perdiste. A tu lado, las impresionantes ganas de aprender.

Por ti no creo en dios, ni en dioses.  Porque, dime madre, a qué viene su ceguera. A qué vino hacer llorar a una niña, negándole tocino y pan. Qué mierda de designio divino es arrugarle la vida por el mero hecho de estar alejada de las monedas y los becerros de oro. Qué camino inescrutable le inyecta a una inocente mirada una puta cartilla de racionamiento. ¿Un dios jugando a ser dios? ¿Qué necesidad tenía con la cantidad de capullos que respiran por este mundo? No, madre, ese dios que se lo queden otros.

Solo querías un libro. Un cuento, una novela y páginas llenas de poesía. Asco que sociedad donde prima el dinero. Aprendí con tus cicatrices como maestras, a maldecir las injusticias y a escupir a los desalmados. Y aquí me tienes, llorando por lo que te hicieron, riendo por cómo les has vencido.

Por ti, solo creo en la importancia de intentar ser buena persona.

Segundo. Amor. Mi padre, tras bajarme en el tren en Jimera de Líbar, me recoge. Carretera serpenteante para llegar al cruce de Atajate. Era Navidad. Volante en mano, el león africano se derrumba y llora.  Le pregunto el motivo. “Me emociono hijo, porque tengo mucha suerte… suerte de estar con tu madre. ¿Sabes? Le regalé medio salmón y se puso a llorar ¿Qué persona se emociona con tan poco?”. Pues, mi madre, quién si no. Feliz cumpleaños.



 

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