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Actualizado: 16:04 CET
Viernes, 16/11/2018

El trampantojo

Único pensamiento

Casi ochenta años, una vida, una generación, una desgraciada etapa de la que muchos parecen tener la facilidad de olvidarla

Y  como cada día, se enciende la radio para oír un nuevo parte que llegue cargado de esperanza. Para desasosiego de la sociedad, los alemanes han decidido cambiar de estrategia y esa tarde han decidido iniciar el bombardeo de Londres, provocando una carnicería con la muerte de cientos de civiles y muchos más heridos al concentrar los ataques en la zona de los muelles, en el East End, aprovechando el elevado número de personas que se concentran a lo largo del río. Unos trescientos aviones cargados de ira ejecutan la acción en apenas hora y media, vomitando bombas de terror. Con la noche encima, las llamas se pueden ver desde veinte kilómetros de lejos, haciendo las veces de luminaria para facilitar un segundo bombardeo que hacen que la zona de Docklands arda en un infierno. El ataque nocturno se alarga en más de ocho horas al ritmo de estruendos y fogonazos, mientras los civiles se empecinan en rescatar a las víctimas entre el fuego y las ruinas. A la vez que el dantesco espectáculo aéreo no ceja en su empeño con la resultante de veintidós aviones de la Royal Air Force abatidos, por ochenta y ocho alemanes derribados. Este relato novelado ocurrió realmente un día como el de hoy de hace setenta y siete años durante la Segunda Guerra Mundial. Precisamente, unos años antes, se dio esta fatalidad en nuestro país, a diferente escala pero con el mismo resultado, la derrota de los de siempre, los más inocentes.Los capítulos que desencadenaron esta triste situación ya los conocen, con la misma coincidencia, la toma de las armas siempre precedida por las desavenencias políticas. Y aunque una de las partes suela poner más empeño por acercarse al entendimiento antes que alejarse para consensuar un bien común donde se haga un gran esfuerzo entre todos con el único interés en que perdure la convivencia. Casi ochenta años, una vida, una generación, una desgraciada etapa de la que muchos parecen tener la facilidad de olvidarla cegados por enfrascarse en objetivos vanos alejados del interés general, pero prefabricados por la obstinación, el pensamiento único, una ambición desbordada en la búsqueda de una gloria que nadie reclama. Sin ánimo de pecar de alarmista, la situación no nos debe alejar de los renglones escritos con sangre en nuestra historia reciente. ¿De qué vale enarbolar la bandera de una esforzada conciliación generada por nuestros abuelos, por y para una España mejor, si durante cuatro décadas se ha dejado trabajar en silencio al nacionalismo, como zorro agazapado atento a que se entorne el gallinero?

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