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Martes, 18/09/2018

El sexo de los libros

La Revolución Cultural China (I): Antecedentes.

El de Mao fue un pensamiento mágico y su megalomanía política discurrió frecuentemente por sendas alucinantes...

Se cumplen 50 años de la Revolución Cultural china impulsada por Mao Zedong. Los actuales gobernantes de China han permanecido mudos ante el cincuentenario de unos hechos cuyo recuerdo se les antoja incómodo y prescindible.

 
Que nadie lo dude: Mao Tse-Tung fue poeta. Aquel sutil  intérprete de la naturaleza escribía: Veo mil colinas teñidas / con el rojo de los bosques sucesivos. / Sobre las vastas aguas de verde transparencia, / cien barcas compiten en esfuerzo. / Las águilas golpean el espacio ilimitado, / los peces se deslizan en el somero fondo… (“Changsha”, 1925). Incluso cuando en su poesía se hacen presentes la historia, la política o la guerra,  persiste una exquisita sensibilidad, la visión clásica y eminente de los elementos naturales: Bajo un cielo de escarcha, bermejos diez mil árboles, / la furia de las tropas celestes hasta las nubes crece. / Lungkang hundido en la niebla, sus mil picos se oscurecen. / Todos gritan a una voz: / ¡Se ha capturado a Chang Juit-san, allá, más adelante! (“Contra la primera campaña de «cerco y aniquilamiento»”, 1931).


De 1965, un año antes del lanzamiento oficial de la Gran Revolución Cultural Proletaria, es un poema titulado “Diálogo de aves”, en el que encontramos la acostumbrada exaltación lírica elegantemente contenida, pero también un advertencia de alarma: se desata un ciclón; el fuego de los cañones lame el firmamento, / y acribillan la tierra sus impactos. / Entre las matas, un gorrión presa del pánico: / “¡En qué acabará todo esto! / ¡Ay, me voy de aquí a todo volar!”; los dos versos finales no pueden ser más elocuentes: “Déjate de porquerías, / mira, el mundo está siendo puesto al revés”.


En 1964 Mao (cara de boniato, con su famosa verruga bajo la boca, de la que Andy Warhol hizo un icono pop) pensaba que en las universidades los estudiantes no adquirían conocimientos prácticos derivados de la experiencia de la vida. En 1966 fueron cesados, de súbito, diez rectores universitarios porque permitían hábitos educativos burgueses; además, diez mil estudiantes fueron repartidos por todo el país para corregir los métodos de campesinos y obreros. Fueron los primeros pasos. Un grupo de maoístas secuestró al alcalde de Pekín (otro aburguesado). En el Diario del Ejército de Liberación, que cayó en manos de los acérrimos de Mao, apareció un editorial en el que se declaraba: “Levantemos la gran enseña roja del pensamiento de Mao Zedong y participemos de forma activa en la Gran Revolución Cultural Socialista”.


El conflicto chino-soviético constituye un factor de primer orden en el contexto de toda la era de Mao Zedong.  La discordia tuvo una índole ideológica referida  a las diferentes concepciones del leninismo entre la URSS y la República Popular China. Mao imputó a los soviéticos —a los que tachaba de “revisionistas”— el haber traicionado  la herencia ortodoxa de Lenin, una apostasía perpetrada por Jruschov y su cabildo en el XX Congreso del PCUS. Pero el verdadero fondo del asunto revestía mucho más el carácter de un enfrentamiento a causa de territorios fronterizos y de influencia geopolítica en el Tercer Mundo. La Unión Soviética ayudó mucho a la China comunista, pero esta ayuda levantaba múltiples suspicacias en los gerifaltes chinos, siempre celosos en su nacionalismo. Stalin menospreciaba a Mao y la URSS veía a China como otro satélite dentro de su órbita. China quería un trato de igual a igual. Con el posestalinismo vendría la ruptura definitiva. Este enredo adquirió proporciones monumentales.


Se habló de una conspiración burguesa-capitalista en el seno del Partido Comunista Chino, del gobierno y de la Administración (funcionariado, directores de fábricas). Según Mao (Hijo del Cielo, como los emperadores de Catahy), la lucha de clases existiría también durante la larga etapa de construcción del socialismo y sería una lucha terrible, cosa que era verdad. En un Estado socialista habría lucha de clases porque seguiría habiendo clases por un tiempo prolongado. En el Imperio Rojo (que en la actualidad parece que quiere volver a ser Celeste) se desencadenó una guerra por el poder entre Mao y sus oponentes “partidarios de la línea capitalista”, sobre todo Liu Shaoqui, Peng Zhen y Deng Xiaoping. Los epítetos dedicados a estos desviacionistas poseían un extraño aroma de romanticismo: “escoria”, “elementos podridos”, “basura revisionista”, “cucarachas oportunistas”, “perros palaciegos”, etc.  El Gran Timonel —que nunca dejó de ser el centro de un metafísico culto a la personalidad— contaba con el apoyo de Jiang Qing, su esposa, y los adláteres de ésta: Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen, quienes más tarde serían conocidos como la Banda de los Cuatro o Banda de Shanghai, que tras la muerte de Mao fueron depurados. El líder de las Fuerzas Armadas, Lin Biao, también se sumó con entusiasmo a la corriente  maoísta, pero luego sería defenestrado y moriría tenebrosamente. 


Antes de la Revolución Cultural, Mao cosechó dos sublimes fracasos. En el periodo 1956-57 fue orquestada la Campaña de las Cien Flores (“Que cien flores florezcan; que cien escuelas de pensamiento compitan”), un movimiento por el que se concedía una amplia libertad de expresión y de crítica, sobre todo entre los intelectuales, para mejorar la política nacional. La mayoría de las críticas (millones de propuestas) no fueron del gusto de Mao y, finalmente —según las malas lenguas— la campaña sirvió para detectar a los disidentes (todo un hormiguero) y cortarles la cabeza (¿metafóricamente?), reduciendo, por añadidura, los derechos individuales. El segundo fracaso, aún más grave que el anterior, fue El Gran Salto Adelante (1958-1961), una nueva campaña de carácter fundamentalmente económico, pero también político y social, cuyo objetivo era la colectivización, magnis itineribus, de la agricultura así como la industrialización del país in ictu oculi. El “Salto” concluyó en una resplandeciente ruina que trajo la Gran Hambruna, la cual dejó cerca de 30 millones de muertos por inanición. Algunos analistas escrupulosos corrigieron: “no, sólo 20 millones”. Menos mal. Un fallo lo tiene cualquiera.


Pero la monomanía de las campañas no se limitó a las ya mencionadas. Desde 1949 se sucedieron auténticos programas de masas (más bien cruzadas) en torno a distintos designios que mantenían a la población continuamente atosigada: la Reforma Agraria (1949-1952); la campaña versus los “contrarrevolucionarios” (fines de 1951-inicios de 1952); la campaña de los “Tres Anti”: (anticorrupción, antidespilfarro y antiburocracia), la de los “Cinco Anti” (contra la corrupción, robos de propiedades del Estado, evasión fiscal, fraude en los mercados públicos y tráfico de información económica estatal), dirigida contra la burguesía urbana, y la de “represión del bandidismo”, prolongadas todas hasta 1956. En 1955 se desató la campaña “contra los contrarrevolucionarios disimulados”. De 1953 a 1957, se extendió la campaña de “colectivización de los campesinos” y  la campaña “contra la derecha”. Las fuentes de información divergen al computar el total de vidas de ciudadanos chinos que costaron estas aventuras. Hay un baile de cifras entre las instituciones científicas, observatorios políticos, historiadores y expertos sinólogos más dignos de crédito (Amnistía Internacional, Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Carolina del Norte, Sección de Estadísticas del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Secretaría de la ONU, Universidad de Hong Kong, Daniel Goldhagen, Rudolph J. Rummel, Jacques Semelin, Steven W. Mosher, Yang Kuisong, Benjamin A. Valentino, Frank Dikötter, Isaac Stone Fish, Roderick MacFarquhar, Michael Schoenhals, Marcos O’Neill): 78 millones; 70; 65; también se indica, en términos más flexibles, una horquilla entre 48 y 70. La inclinación general respalda las cuantificaciones más elevadas y hoy prácticamente nadie niega el formato dantesco de aquella demencial exhibición de poder. A estas escabechinas (silencio funerario por los millones de extintos en los campos de trabajos forzados) habría que sumar las enormes pérdidas económicas acarreadas por el frenesí colectivista. El invento de las comunas rurales suscitó algunas mejoras entre el campesinado, pero muy restringidas, dados los inmensos costes de todo tipo, la irrebatible precariedad y la debilidad productiva en comparación con los países desarrollados. Tampoco pueden olvidarse los fracasos de China en el exterior, especialmente los de Indonesia y los del continente africano.  

         
En este contexto de disposiciones políticas realmente audaces, el poeta evidentemente místico Mao, que había convertido el materialismo dialéctico en un cántico espiritual, con su noche oscura del alma y la inevitable llama de amor viva, despertó algunas enemistades en las alturas jerárquicas: al frente de un primer grupo de poder estaba el Jefe Supremo y Lin Biao (más la camarilla de Jiang Qing, claro); los principales referentes del segundo grupo de poder eran los antes nombrados Liu Shaoqi y Deng Xiaoping (“capitalistas”); el tercer grupo estaba conducido por Zhou Enlai (apodado, por su astucia, el Maquiavelo de Oriente o el Talleyrand amarillo) y el mariscal Chen Yi.


Existía, por consiguiente, una vigorosa tendencia antimaoísta. Y para contrarrestar este antagonismo, Mao ideó una subversión dentro del orden establecido de la república para aniquilar a los sectores hostiles a sus posiciones ideológicas. Viéndose paulatinamente relegado, Mao optó por recuperar el control político a través del caos, a través de una dinámica de “revolución permanente”,  concepto de inquietante tufo trotskista que sirvió para instaurar un desenfrenado activismo de parafernalia anarcoide pero en una atmósfera en la que todo era fanática adoración al dios Mao y persecución furiosa de sus diabólicos rivales y detractores.


China es la tierra de los mil y un misterios. El particularísimo comunismo de Mao no estuvo exento de abundantes ingredientes oscurantistas, fantasmagóricos y  esotéricos. El de Mao fue un pensamiento mágico y su megalomanía política discurrió frecuentemente por sendas alucinantes hasta desembocar en una ideología sub-realista, no surrealista o por encima de la realidad como la vanguardia estética surgida en 1924, sino sub-realista, es decir, por debajo de la realidad, subyacentemente, y también por debajo del marxismo y del leninismo. Un comunismo del subsuelo.                    
     
 

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