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Sábado, 14/09/2019

El sexo de los libros

Hildegard von Bingen ¿Una santa lesbiana?

Hildegard (ojo al dato) recomendaba un abortivo fabricado por ella a base de leche y ramas de ojaranzo y carpe. Creó un idioma artificial que denominó Lingua Ignota, con alfabeto de 23 grafías.

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Recordad aquella heroína de Bataille a la que le gustaba ver las corridas en la plaza con los huevos de un toro en el culo (Histoire de l’oeil, 1928).   

La mujer es una construcción social del patriarcado con el objetivo de anularla como sujeto. Las reacciones de las mujeres en contra de ese estado de cosas han sido frecuentes a lo largo de milenios de opresión y confinamiento. Las fórmulas reivindicativas del gineceo, en su irregular y larga guerra de liberación —todavía por consumar—, ofrecen un crecido muestrario de insubordinaciones antes de llegar a  la  rebeldía explícita y organizada.

En el siglo XII brilla el nombre de Hildegard von Bingen (1098-1179), nacida en Bermershein, Alemania, hoy Renania-Palatinado. De noble linaje, a los 14 años fue entregada como diezmo al claustro benedictino de Disibodenberg (San Disibodo), bajo tutela de la abadesa Jutta von Sponheim. Aquel cenobio era del tipo doble: con un capítulo masculino y otro femenino, modelo que, desde el siglo IV, perduraría hasta el XIV. Fallecida Jutta (1136), Hildegard fue elegida para ostentar el báculo de la abadía, símbolo de potestad que, en ocasiones, le sirvió como tranca de persuasión (argumentum ad baculum). Señora de armas tomar, supo ser pastora enérgica de su rebaño.

Desde su infancia tuvo visiones celestiales (es decir, alucinaciones psicopatológicas), así como contactos con ectoplasmas. A partir de 1141 sus experiencias místicas alcanzan potencia y envergadura subjuntivas. Fue hipnotizadora, incluso a larga distancia. Hildegard escribió Scivias, sobre sus percepciones preternaturales. Otras obras teológicas destacadas son: Liber Vitae Meritorum y Liber Divinorum Operum. Como autoridad en herbología, escribió Liber Simplicis Medicinae o Physica y un tratado de patología y terapéutica: Liber Compositae Medicinae o Causae et Curae. Hildegard (ojo al dato) recomendaba un abortivo fabricado por ella a base de leche y ramas de ojaranzo y carpe. Creó un idioma artificial que denominó Lingua Ignota, con alfabeto de 23 grafías. Compuso cerca de 80 excelentes piezas musicales, etc. 

Gregorio IX inició expediente para canonizarla en 1227, sin que se concluyera. Inocencio IV lo reabrió en 1244, y tampoco llegó a completarse. Pero estuvo inscrita en el Martirologio Romano y,  finalmente, Benedicto XVI la hizo santa mediante una “canonización equivalente” (equipollens canonizatio), sin llevar a cabo el proceso ordinario y formal. Este tipo de canonización se ejecuta, por voluntad pontificia, cuando el culto a una persona considerada santa se viene realizando desde mucho tiempo atrás y con continuidad, algo legal según el flipante Derecho Canónico. 

En el siglo XVII, el Su Santidad Urbano VIII se inventó ya un procedimiento ejecutivo de canonización basado en bulas papales: así subieron al altar, entre otros, Felipe Neri, Ignacio de Loyola y  Francisco Javier. En el siglo XVIII, Próspero Lambertini, cuando todavía era cardenal arzobispo de Bolonia, antes de convertirse en 1740 en Benedicto XIV, escribió una obra titulada De servorum Dei betatificatione et beatorum canonizatione (1734-1738), en la que se concretaban los términos de este tipo de santificación ácido-lisérgica. 

Hildegard fue consejera de políticos y mandatarios eclesiásticos, incluidos el Emperador y el Vicario de Cristo en la Tierra. Por sus dotes proféticas se le conoció como “La Sibila del Rin”. Tras enconada lucha, fundó el monasterio de Rupertsberg, donde ejerció de superiora; más tarde erigió el de Eibingen. Criticó desviacionismos de clérigos corruptos y lujuriosos. Intervino como tenaz antagonista de Federico I Barbarroja durante el cisma de 1160-1177, y se jugó el cuello con motivo de un enterramiento confuso en el camposanto de su beaterio.

No demasiado puesta en latines, Hildegard era asesorada en esta  materia por el monje Volmar y Richardis (Ricarda) von Stade, religiosa favorita de su grey con la que, según determinados especialistas, pudo haber sostenido una relación lésbica (¿platónica, semiplatónica, nada platónica?). Existen no pocos indicios de lo anterior en su epistolario y hay suficiente  bibliografía elaborada por expertos. Naturalmente, todo ello es  debatible. Lo importante aquí es la génesis del discurso; la posibilidad de algo real que en sí es el origen de una histórica  trasgresión de evidente significado feminista. 

La visionaria sentía, al parecer, pasión abrasadora por Richardis e intentó, con uñas y dientes, evitar el traslado de la susodicha a Bissim (Baja Sajonia) como abadesa de una clausura (1151). La von Bingen armó una marimorena, pero al final tuvo que resignarse. Richardis, que aceptó el cargo por vanidad, murió en 1152, depresiva y arrepentidísima de su decisión de separarse de Hildegard.

Sin caer en generalizaciones, el amor entre mujeres no era episodio insólito en comunidades religiosas mujeriles, especialmente en tiempos en los que se profesaba mayormente sin vocación, sobre todo por imperativo familiar o móviles económicos. Aparte de la naturaleza reprimida, había un ademán insurrecto y de protesta, como en los casos de posesión diabólica o milagrerías fraudulentas, que eran estrategias de autoafirmación de individualidades sojuzgadas. En este campo de las exclusiones y la punición colectiva, y en virtud de los intereses ideológicos del bloque hegemónico, las lesbianas siempre se llevaron la peor parte, siendo demonizadas por un orden aberrante del que, al día de hoy, quedan todavía demasiadas herencias. En cualquier caso, el lesbianismo entonces era perfectamente invisible.

¿Por qué la Iglesia Católica canonizó a Hildegarda de prisa y corriendo y tan expeditivamente?

To be continued.  

 

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