El Pisito

Publicado: 28/05/2018 ·
Dicho esto, no salgo de mi asombro ante el aluvión de críticas, la mayoría de ellas no basadas en  sus contradicciones, a las que todos estamos expuestos
Partamos de una base: por la boca muere el pez, y el amigo Pablo se está tragando una buena dosis de su propia medicina. En estos tiempos, las palabras quedan grabadas en la piedra de la maldita hemeroteca,  y el más mínimo traspiés permanece por los siglos de los siglos. Amén.

Dicho esto, no salgo de mi asombro ante el aluvión de críticas, la mayoría de ellas no basadas en  sus contradicciones, a las que todos estamos expuestos. La opinión común es que los rojos sólo podemos optar a bajos de puente con vistas al río, a educar a nuestros hijos lo necesario para ser serviles, y a formar un hogar en una caja de cartón, pero que no sea muy grande. Sin ostentaciones. Al parecer, el sueldo de un rojo no vale para comprar las cosas a las que sí tienen derecho los patriotas de bandera rojigüalda y cuenta bancaria panameña, los ilustrados premiados con un máster por reunir veinte tapas de yogur, y los pregoneros que amenazan con bombardear a todo aquel que no piense como ellos.

Las críticas que parten de la oposición son lógicas, es parte de su trabajo poner el ventilador y que cada cual se tape de la oleada de excrementos que airean. Lo peor, lo que más pena me da, es la que viene de boca del currante de a pie, que llora porque él no puede tener acceso a esa vivienda, a esa hipoteca, a un sueldo que se lo permita. A esos me gustaría preguntarles de quién es la culpa de sus sueldos miserables, de la escasez de vivienda social y barata, de la precariedad de sus contratos por debajo del nivel de la basura orgánica, quien es el culpable de que no haya dinero para ellos pero sí para rescatar autopistas, para comprar submarinos, para aliviar los pesares de la banca. Me gustaría que esos me dijeran quien ha dejado a sus padres con pensiones de llanto, nunca de risa, quien pone cada día más difícil que sus hijos lleguen a tener una carrera lejos de la plancha de un restaurante.

Mientras rajamos del pisito, a la banca le perdonan el fraude de las preferentes, no se vuelve a hablar de la proeza mental de Casado, de la salvajada de Gaza o del nuevo ridículo de Llanera. Pero es que lo de esta parejita es imperdonable.

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