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Viernes, 25/05/2018

El ojo de la aguja

Palabra escrita

Afán éste mío de escribir la palabra, configurarla, darle imagen y cuerpo, para que no se diluya como volutas de humo con el aire, para que la retenga el tiempo

Afán éste mío de escribir la palabra, configurarla, darle imagen y cuerpo, para que no se diluya como volutas de humo con el aire, para que la retenga el tiempo en la cuartilla y no se vaya. Palabra escrita y no hablada, porque cuando se habla se convierte en un parto y al instante,  en una posmuerte, que sale de la voz, garganta húmeda que la expulsa como molécula de agua mojada. Y es que cuando la palabra se utiliza y se habla,  si el oyente la desea se queda con ella y su contenido, y si no es entendible por mal oída, o no le da tiempo a “atraparla”, se pierde. Palabra escrita y no hablada, porque cuando se habla la recoge quien la desea, eso sí, si es entendible, o mejor dicho si al oyente le da tiempo a recogerla, a veces con esfuerzo y sometida a pausas, como ocurre en conferencias, congresos y charlas, donde tanto va y viene en su contexto, donde es apoyada en las lentas explicaciones del que habla, motivos por el cual el contenido temático siempre queda sintetizado.

Palabra escrita para el mundo de la información con la fuerza y el vigor de totalizada, que queda en el papel para inmortalizar el reto del tiempo, resguardada para una mirada retrospectiva, memorizada. Palabra escrita, como bien entiende el ejemplar periodista y colaborador de Viva Huelva -y compañero de años- Luis Eduardo Siles, padre de Edu Siles, de tal palo tal astilla. Palabra de Siles con su ‘Escritura perpetua’ como demuestra en sus columnas semanales, ya que la palabra desde que el mundo es mundo sirvió en gran manera para la continuidad  de una historia creíble y viva en la que la imaginación del  lector se ilusiona y trata se hacerla presente, como cuando el francés Champollion descubrió la escritura egipcia con la piedra trilingüe de Rosseta.

Fue en la palabra escrita la que al correr del tiempo hizo nuestro mundo en letras, evitando de esta manera los olvidos generacionales. Me viene a la memoria una anécdota cuando con diecisiete años colaboraba en el desaparecido y primitivo diario Odiel de la calle Marina de la ciudad. Cierto tarde don Antonio Gallardo Sánchez, de Málaga,  que era el director de pesada humanidad y muy dicharachero,  me llama y me dice: Juan Bautista, ven al despacho un momento. Una vez en el despacho, y sentado frente a él me suelta: Juan, escribes más que el Tostao. Para continuar: ¿Sabes quiera era el Tostao? La verdad es que durante el bachiller, en literatura, nunca don Emilio Cifre lo citó, por tal motivo le contesté: Don Antonio, no tengo ni idea.

Antonio Gallardo se levantó del asiento y se fue a buscar la T de un diccionario gigante que tenía a sus espaldas, individual de letras por tomos. Volvió y a continuación y me leyó el asunto del ‘ignorado Tostao’. ‘El Tostao’,  cuyo nombre era Alonso de Madrigal, fue consejero y confesor de Juan II que se casó con la Reina de Portugal,  padre de la Reina Isabel I la Católica. Había escrito quince grandes volúmenes en latín según edición veneciana, entre los años 1507 y 1530, y todos sobre comentarios de la época.

La palabra escrita seguirá siendo siempre un exponente vigente del pretérito, pero también en el devenir de los tiempos. No hay vuelta de hojas. 

 

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