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Lunes, 18/06/2018

El ojo de la aguja

Las palmeras de Colón

Están ahí poco más desde que la escultora Withney colocara la primera piedra del monumento

Están ahí poco más desde que la escultora Withney colocara la primera piedra del monumento. Cuando vino Eva Perón a Huelva, afirman que fueron tal multitud de personas las que se dieron cita en el lugar para recibir a ‘Evita’, que las bisoñas palmeras por aquel entonces fueron mancilladas y pisadas por la muchedumbre de mil maneras, porque alcanzaban la altura de menos de medio metro.

Uno no recuerda con exactitud el tiempo transcurrido que no visitaba este rincón tan emblemático de Huelva, quizás en aquella edad de adolescente cuando íbamos en el tren para bañarnos. Aquí, en este bello y emblemático, lugar, totalmente reformado y bien cuidado, merced a la iniciativa tomada por los rectores de la Zona Portuaria de Huelva por ser un eslabón turístico muy significativo de la Historia,  lugar durante la época estival frecuentado por muchos aficionados a la pesca deportiva que se daban cita para practicar este deporte de tanto arraigo en Huelva. Ayer mismo, acompañado por mi vecino de media vida y por supuesto amigo de verdad, Emilio Díaz Cabalga, nos encajamos en la Punta del Sebo para comprobar ‘in situ’ la evolución que habían tomado ‘Las palmeras de Colón’, a sabiendas de su longevidad en el paso del tiempo.

La visión tanto para mi como para mi amigo Emilio resultó hartamente gratificante, zonas ajardinadas con el brillante verdor de un césped que rodeaba la base de cada palmera, podadas y bien cuidadas de la misma manera que las señoras cubren sus canas. Y algo sorprendente, todo bajo una limpieza exquisita.  Exóticas palmeras que,  pese a la carga de los años, ofrecían en su altura preciosos racimos cargados de codiciados dátiles.

En la antesala que precede a la llegada al monumento, un cartel en el que se indica la prohibición de barbacoas y añadidos, horarios de visitas, guías gratuitos para visitar los interiores del monumento. Invitadores bancos de madera, protegidos por encuadrados sombrajos diseñados también de madera de una bien estudiada estética. Con la vista en el puente apreciamos la bien cuidada “playita”, de tantos recuerdos para los onubenses de otros tiempos,  un cartel delante de los escalones que acceden a la playa, y en la que rezaba “Prohibido el baño”. En uno de los ángulos del recinto descubridor, conforma se llega a la derecha, un aficionado a la pesca tenía lanzada sus cañas. Tras saludo de rigor, le preguntamos qué tal se estaba dando la pesca, y nos respondió: “Algunas mojarras y doradas”. Luego, en un banco de hierro a espaldas del monumento, sentados, gozamos del aire salinero que peinaba la floresta que de nuevo toma vida en el entorno, con el orillear de patos y gaviotas.

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