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Domingo, 27/09/2020
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El Jueves

Llueve

Llueve en Sevilla y el cielo se viste triste de gris, sin asomo de un rayo. Llueve y las calles se quedan huérfanas de sonidos de chiquillos...

Llueve en Sevilla y el cielo se viste triste de gris, sin asomo de un rayo. Llueve y las calles se quedan huérfanas de sonidos de chiquillos, de señoras que arrastran con la parsimonia de la dominación del tiempo el carrito de la compra. De hombres que, lejos de la ocupación, vagan al sol calentando sus ideas. Sí, llueve y cambia el paisaje en la ciudad de la luz.

Es así, por mucho que queramos evitarlo. El viento nos encierra en el hogar, al calor de la lumbre eléctrica que caldea la estancia bajo la mesa de camilla. Y nos hace observar, tras los cristales, cómo el agua resbala con la lentitud de quien no quiere marcharse, recorriendo un ficticio sendero que deja una huella húmeda a su paso sobre un piso llano y vertical del cristal humedecido.

Llueve en Sevilla y aleja la polución que se nos atasca en la garganta, limpia el ambiente y deja una fragancia inigualable para muchos a tierra húmeda y mojada. Y la hojarasca, esa que el viento mueve a su antojo provocando sonidos que nadie sabe cómo describir ni el músico tan siquiera cómo escribir en su pentagrama, atasca bocas de husillos para crear espejos en el suelo donde mirarse, con el movimiento que el viento provoca pequeños oleajes. Un niño moja sus botas (¿quién no lo hizo alguna vez?) mientras que su madre tira de su mano con esa expresión tan de ella: “eso no se hace”.

Llueve para llenar nuestra memoria de las aguas incautadas en épocas de restricciones. Y nos da el bien común que nadie nos niega, con el simple movimiento de apertura de un grifo. ¿Saben que existen personas en otros mundos que se asombran de lo que hacen nuestros grifos? Sí, esos que andan varios kilómetros para conseguir el agua.

Llueve y al poeta se le desata el celo. Y viola la pureza del papel para mancharlo con su tinta, en un escozor de la creatividad que sólo se cura con el bálsamo dulce de la escritura, a veces compulsiva. Y hace retazos de ideas desordenadas que sólo para él tienen sentido. Y le llama poesía.

Llueve y llora el cielo en su más dramática composición. Lágrimas de tristeza de alguien allá arriba que da vida a los de aquí abajo. Y turba en grises los ambientes. Y oculta el sol. Y llegada la noche, le pone un velo anaranjado a la luna, que asustada ha corrido a esconderse, negándonos la blancura de su rostro. Su legión de estrellas la protege. Y la cuidan. Pero tampoco aparecen.

Llueve, sí. Pero todo sigue siendo bello. Según los ojos que lo miren. 

 

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Nicolás Salas
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