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Lunes, 17/12/2018

De vuelta a Ítaca

Primero vinieron por los estibadores

Primero vinieron a por los estibadores, y yo no dije nada porque los medios me convencieron de que eran unos privilegiados...

Primero vinieron a por los estibadores, y yo no dije nada porque los medios me convencieron de que eran unos privilegiados. Y que ganaban mucho haciendo poco, perjudicando con ello a nuestra frágil economía. Me explicaron que eran un grupo cerrado, casi aristocrático, en el que los puestos se heredaban de padres a hijos. Desde luego los estibadores no se merecían que yo moviese un dedo por ellos, y menos después de las violentas amenazas que habían lanzado con la excusa de defender sus puestos de trabajo. Y por eso, y porque yo no era estibador, enmudecí cuando acabaron con ellos.

Después vinieron a por los taxistas, y yo tampoco dije nada porque los medios me advirtieron que ese colectivo era un peligro para el progreso económico. Y yo no lo dudé, porque también me aleccionaron en que todo lo que perjudicara la libre competencia me dejaba huérfano como usuario ante los caprichos de unos pocos. Era necesario dar paso a empresas como Uber o Cabify, que iban a crear empleo para gente que estaba fuera de ese gremio anquilosado en el pasado y que impedía el progreso. Y por eso, y porque yo no era taxista, miré para otro lado cuando acabaron con ellos.

Más tarde vinieron a por los docentes y, por supuesto, tampoco dije nada porque los medios me dijeron que trabajaban muy pocas horas, y suponían un gasto enorme para la administración. Los profesores y maestros de la pública eran miles de funcionarios e interinos, que abusaban de sus envidiables condiciones laborales sin que esto se reflejara en resultados. Era imprescindible acabar con esta situación por el bien de nuestros hijos, y dar el paso a la escuela privada a través de conciertos, y prescindir así de docentes costosos que parasitaban un sistema que no podría resistir ante tanto derroche. Y por eso, y porque yo no era docente, me alegré cuando acabaron por ellos.

Al cabo de un tiempo fueron a por otros colectivos y yo tampoco dije nada. Y ni siquiera cuando vinieron a por mí se me ocurrió protestar. Por fin habíamos conseguido llegar al paraíso que nos prometieron los medios. Ya no había sanidad, ni educación, ni pensiones públicas que impidieran el crecimiento económico; ni tampoco leyes herméticas que regulasen las relaciones laborales. No había sindicatos, ni huelgas, ni salarios mínimos que desincentivaran la creación de empleo. Y así todo era perfecto, pues el estado se había reducido al mínimo para dar paso a la libertad total.

Ahora tengo un trabajo agotador, sin derecho a seguro médico, ni un sueldo suficiente con el que poder mantener a los míos. Como no he tenido suerte, a veces dudo sobre las bondades de este sistema, pero no me preocupo demasiado y al rato se me pasa. Entiendo que mi situación personal y la de la gente que conozco no debe ser la normal, porque todo va bien. Y a pesar de que la liberalización no hizo que bajaran los precios, ni aumentaran los sueldos, ni disminuyera el paro; los medios me han dicho que la economía funciona como nunca. Y que estamos en un camino ascendente que no tendrá nunca fin. Y eso debe ser verdad, porque los medios nunca mienten.

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