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Viernes, 16/11/2018

De incógnito

Hay cosas que sólo pasan en el fútbol

El mundo del fútbol se merece -y ya- un estudio en profundidad pero en todos sus aspectos...

El mundo del fútbol se merece -y ya- un estudio en profundidad pero en todos sus aspectos. Mueve miles de millones de euros y se ha visto envuelto en los escándalos más diversos de corruptelas y fraude fiscal que han ocurrido en nuestro país, empezando por las deudas que a Hacienda, Seguridad Social, Ayuntamientos e incluso jugadores tienen casi todos los clubes y a los que se les ha tratado siempre de forma muy diferente a cualquier ciudadano o empresa, y terminando por operaciones urbanísticas de dudosa legalidad o de financiación irregular de partidos políticos (¿recuerdan el caso de las camisetas del ya fallecido Jesús Gil?). Aún así y salvo contadas excepciones, el mundo del fútbol sigue siendo ese foco económico que pocos o nadie se atreven a tocar.

Del mundo del fútbol se cuestiona, y no siempre por aspectos deportivos, casi todo: Villar Mir es un personaje que no hubiera durado diez días al frente de ninguna institución respetable que se precie; los partidos se organizan dependiendo de un calendario marcado por derechos televisivos y audiencias que resulta hasta contradictorio (el ejemplo perfecto, un partido de competición europea un día entre semana y a las tantas de la noche); o se permite que haya clubes que lleguen hasta la inanición por chanchullos accionariales mientras no cobra ni el que marca los goles...

Y luego viene el aspecto sociológico. Todos son más que un club, como dice el lema del Barcelona, y no hay afición que merezca menos reconocimiento que otra. Pero esa adoración incontestable que se profesa al delantero, al portero, al defensa o al entrenador roza el absoluto fanatismo en muchas ocasiones. Esa veneración que arrastra a masas y masas hasta el seguidismo más absoluto (que más la quisiera alguno para sus causas más justas) lleva al aficionado tanto a explotar de alegría ante un gol, una copa o una liga, como a sacar lo más ruín de sus entrañas ante una derrota o ante una afición contraria.

Ahí, escondido entre las masas, disfruta ese grupúsculo de seres que dan rienda suelta a su violencia aprovechando un deporte que debería ser ejemplo de compañerismo, tolerancia, superación y juego limpio. Ese tipo de gente es perseguible, localizable y aislable, pero no lo es tanto la ignorancia que conlleva tratarlos como un mal menor o algo intrínseco al deporte. Educación es lo que falta. 

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La ejemplaridad mal entendendida