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Lunes, 12/11/2018

De incógnito

De obituarios

Está claro que la muerte es lo único que iguala a todos los seres humanos, pero, como en la vida, no siempre se trata igual a los finados...

Está mal decirlo pero es una obviedad de nuestro día a día. Sólo hace falta morirse para descubrir la tremenda hipocresía que tenemos a nuestro alrededor. Y cuando afecta a una persona “conocida”, más aún. Todo el mundo es bueno después de muerto o, al contrario, muy, pero que muy malo. No hay punto medio. Está claro que la muerte es lo único que iguala a todos los seres humanos, pero, como en la vida, no siempre se trata igual a los finados. Y con el caso de Rita Barberá la cosa no iba a ser menos.

No tengo nada que decir de su persona porque nunca tuve el gusto (o disgusto, quién sabe) de tomarme una cerveza con ella o entablar una conversación que me dejara marcada. Hasta ahí, lo personal, más allá de lamentar su pédida como ser humano que era.

En lo político, igual que hay que destacar que estuviera toda su vida dedicada a la política activa, 24 años al frente de un Ayuntamiento del renombre de Valencia y que fuera un referente en su partido político, no se puede obviar el eclipse de sus últimos años, perdiendo la mayoría absoluta, refugiándose en el Senado en lugar de quedarse en la oposición y viéndose salpicada por escándalos de corrupción que ni ella ni, por supuesto, el Partido Popular supieron gestionar correctamente. Aunque la culpa de esto último la tiene, como siempre, la doble vara de medir que tienen todos los partidos cuando el acusado de corruptelas es ajeno o propio.

Lo de los homenajes... Ya está bien de polémicas y reconozcan todos que nunca se trata igual a los finados dependiendo de muchas cosas. Quizás Labordeta cayera más simpático que Barberá pero es hasta infantil que porque unos estén o no de acuerdo se cree una nueva polémica con insultos incluidos.

Más lamentable es cómo se han puesto en evidencia los propios populares al afrontar esta sorpresiva pérdida: a Barberá le dieron de lado porque así es el juego político que ellos mismos potencian y jalean casi al unísono y ahora no pueden culpar a los otros o a los medios de comunicación  de lo ocurrido. Y, ojo, que si hubiera sido en otro partido sería igual, similar o parecido.

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