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Viernes, 07/08/2020

De incógnito

Funcionario mental

Acecha a cualquier tipo de organización y claramente es detectable en toda aquella estructura que tengan jerarquía

  • Reflexiones...

Una no es que no confíe en el ser humano, es que a base de chocarse una y otra vez con esta especie, tiene pocas esperanzas de cambio. Por casualidad o por causalidad, no sé muy bien por qué, acabo de acuñar el término “funcionario mental”, aunque no sé si alguien lo habrá utilizado con anterioridad. Tampoco es que importe mucho. Lo cierto es que intentaba definir la actitud de algunas personas ante la vida y me he dado cuenta de que va más allá, que es una forma de vivir y, lamentablemente, son muchos los que existen y subsisten en torno al término. O existimos, que por mucho que yo quiera huir, supongo que también me tengo que incluir, sea por dejarme arrastrar o porque me han empujado directamente. Activo o pasivo...
 

Lo cierto es que el funcionario mental existe desde años inmemoriales y hasta podría haber sido el germen de aquel 'Vuelva usted mañana' de Larra... (¡Qué osada!). Es directamente aplicable al mundo laboral: se consigue un trabajo, se asienta uno en él localizando someramente las funciones y, a partir de ahí, el inmovilismo lo inunda todo, desde el no cambiar la mesa en la que se está al no hacer, aunque sea necesario, el trabajo que no corresponde. En parte está bien, cada uno tiene que ocupar su puesto de trabajo, lo que ocurre es que nada es inmóvil y para continuar, simplemente hay que avanzar, y el movimiento, aunque es preferible que sea acompasado, es vida, no muerte. Y a veces hay que ser y que estar, pero también hay que dejar de ser y dejar de estar para mejorar. Que conste que el funcionario mental no sólo afecta al trabajador, también infecta a los jefes, lo que multiplica por mil el efecto negativo o el inmovilismo, que en esos ámbitos a veces se cree que es más positivo que negativo.
 

Aunque siempre se haya achacado al funcionariado, del que de hecho parte el concepto, lo cierto es que acecha a cualquier tipo de organización y claramente es detectable en toda aquella estructura que tengan jerarquía, empezando por las religiones y pasando por los partidos, por los ejércitos y por los clubes de fútbol, las empresas o las “entidades sin ánimo de lucro”, por las asociaciones de vecinos y las reuniones de comunidad. No hay grupo humano en el que no se dé. Siempre termina imperando el espíritu del “virgencita que me quede como estoy”, tanto desde un punto de vista negativo como positivo, lo que impide avanzar pero también corregir errores. Y la consecuencia es clara, mientras no mate, el funcionario mental es clave para mantener un funcionamiento caduco, corrompido, obsoleto e ineficiente. Nunca se avanza, sólo se mantiene. Y ahí es dónde le gusta estar y sentir al funcionario mental.
 

Porque el problema fundamental de esta especie, clase, tipo o personaje, que me da igual a quien o a qué afecte, es que es individual pero se contagia a la colectividad hasta llegar a ser epidemia. En esta sociedad en la que vivimos nos invaden los funcionarios mentales, los pasivos y los activos. Los pasivos son aquellos de sonrisa plácida, esos que asienten con la cabeza o con los ojos, sin iniciativa, que viven y sobreviven del y con el trabajo o la vida ajena, los que un día pensaron querer hacer y han terminado estando pero sin ser, automatismo laboral y vital, a los que sólo les falta fichar para respirar. Ésta es la masa, con la que cuentan todas las organizaciones para funcionar, para avanzar lentamente sin protestar, pero también es la que impide que se innove, que se corrijan los fallos y que se hagan las revoluciones.
 

El funcionario mental pasivo es el molesto, ese que se enroca en su sitio, el que no permite que se acomode el nuevo, el que no ofrece oportunidades al de al lado, el que marca su espacio con hostilidad para definir al otro como su enemigo, el que entiende las diferencias pero para separar y, además, hacer ver a los demás quien es el que manda. Y lo hace en la cola del paro o en la pescadería, con el papel de la impresora o pidiendo una cerveza. Es el funcionario mental vital, el que nunca sabría ser de otra manera.
 

Pero el problema que tiene el funcionario mental no es ser sino dejar de ser, el pasivo porque nunca sabrá dar el paso para cambiar y el activo porque no le da la gana de cambiar. Todos somos y nos comportamos en algún momento de la vida y por determinadas circunstancias como funcionarios mentales. Lo malo es serlo. Lo malo es no querer dejar de serlo. ¿Alguien se apunta a cambiar? Yo, lo confieso, lo estoy intentando... ¿Y usted?

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