La ciudad al límite

Publicado: 21/06/2018 ·
La ciudad es marco de lo que queramos hacer con nuestra vida. Nosotros somos los que decidimos
A veces nos sentimos atrapados en nuestra rutina y achacamos a la ciudad nuestros males. Sentimos la ciudad como una jaula. Una jaulacon una rueda,como esas del hámster.Dentro de ella,estamos nosotros,en nuestro “trabajo-compra-ocio-trabajo”, girando sin tregua. Y nos equivocamos al pensar que es la ciudad la que cierra ese círculo vicioso. El motor que mueve la ruedaes nuestro consumo, la ciudad es el marco.

La ciudad es marco de lo que queramos hacer con nuestra vida. Nosotros somos los que decidimos no vivirla y perderla en cómodos plazos. Basta que nos atrevamos a abandonarla maldita rueda y a vagar fuera del círculo consumo-trabajo, para que la ciudad nos sorprenda, porque siempre que nos decidimos a perdernos un rato en ella, encontramos.

Recuerdo como,en Madrid en invierno, llamaban mi atenciónesos espacios inaccesibles entre carriles de asfalto.Eran aceras sin sentido que solo servían para ponerle nombre a los bulevares. Eran absurdos en la tierra hasta que al llegar el mes de junio, florecían allí mesas y se hacían colonizables.

A la suma de mesas acudía,como a una llamada, gente de todo tipo, a pillar una caña y alguna miradacruzada y fundaban una terraza:Santa Bárbara,la Cruz Blanca, los lagartos… Esos lugares eran al caer la noche en Madrid, lo que fueron en Málagahace años, la plaza Mitjana y la plaza del Teatro, refugios de los que nunca quisieron playa. Simples rincones que una conversación transformaba en  observatorios de cielo oscuro donde imaginar estrellas.

Pintor Rosales en Madrid y elTibidabo en Barcelona eran metas solo para inconformistas que no se contentaban con una terraza más. Allí llegaban algunos buscando el final de la ciudad, escapando sin escapar. Eran lugares-límite, donde uno conseguía si no salir, sí al menos sentirse como sentado en una ventana con los pies colgando.

Lugares límite son en Granada el Mirador de San Nicolás “antes de Clinton”, los andenes del Guadalquivir en Sevilla, la playa de la Caleta en Cádiz, el espigón del morro en Málaga,... Pero estos últimos no pueden competir con Rosales o San Nicolás en su capacidad para evocar lugares inexistentes y brindar al impenitente urbano la posibilidad de soñar un mar, o recrear un horizonte imaginado.

Vivir la ciudad conlleva el estrés necesario para soportar velocidad, para poder navegar sobre el movimiento en masa sin perder nuestro propio rumbo. Pero la ciudad premia al que decide quitarseel traje de comprador compulsivo yrebusca entre lo cotidiano. Le entrena a aceptar en cualquier esquina, algo desconocido. Le modela curioso e inconformista para que encuentre esos espacios inesperados, donde le reserva belleza que solo aparece cuando unose encuentra en el límite de lo urbano.

 

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