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Lunes, 21/10/2019

De ciudad.es

Monte y puerto: Gibralfaro

Los parques nacen desde el ensanche como respuesta a la densidad, al ajetreo, a la velocidad. La ciudad engendra su parque, el monte huye de la ciudad

Aunque tengamos costumbre de ver siempre la ciudad desde el coche, una ciudad no es un coche. Un monte no es un parque. El hombre de ciudad tira al monte huyendo de su opresor asfixiante. Para el urbanita el monte es escape y encuentro con lo opuesto a lo civilizado.

El parque nace por necesidad entre lo ciudadano. Nace como vacío negando por un instante la repetición de edificios en el continuo  urbano. Es un hueco que la ciudad construye para poder llenarlo de verde y así sobrevivirse a sí misma. Es un silencio entre los ruidos, un lugar donde pueda surgir la belleza, desde el encuentro con una naturaleza artificial, rediseñada.

Un parque es un artificio de árboles en el corazón de la ciudad, que pone de cuando en cuando fondo a nuestra realidad. Y nos trae paisaje a los urbanitas como Olmsted llevó el paisaje americano al interior de Nueva York en su diseño de Central Park. Un paisaje que los de Manhatan disfrutan desde su día a día y los neoyorkinos de fin de semana desde las películas.

Los parques nacen desde el ensanche como respuesta a la densidad, al ajetreo, a la velocidad. La ciudad engendra su parque, el monte huye de la ciudad o sobrevive a ella. En Atenas sobreviven la Acrópolis y Lycabetos sobresaliendo como islas verdes dentro de un océano hormigonado.

Gibralfaro nació como bastión del puerto, espalda fenicia que abrigaba contra iberos y terrales. Fue Castillo, Polvorín, Torrevigía,... El valle del Guadalmedina no sobrevivió al puerto de Málaga, fue talado para la construcción y arreglo de barcos. Y Gibralfaro sobrevivió al puerto quizá porque no hicieron falta sus piedras para los barcos.

Hoy es un monte en la ciudad, por el que la ciudad respira un aire que no es marino. Por el que expertos nos van a trenzar caminos que anuncian mil y un paisajes de montaña con fondo azul. Todos al llegar creemos que Gibralfaro es el nombre de un parador, después descubrimos que también hay un castillo. Un castillo y un mirador.

Una ciudad se hace por oposición al campo. Un puerto nace como mercado. Un parque no es un monte. Un barco sí es un hotel. Una torre nunca podrá ser un barco. Gibralfaro es uno con el puerto, es su Pared, su Bastión, su Atalaya,... ¿su torre?... Gibralfaro es un lugar sin igual, un observatorio de lo divino y lo urbano, donde, sin tener que poner dinero, sólo con tu mirada y tu tiempo puedes construir inmensos e irrepetibles horizontes.

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