Mala Pata

Publicado: 19/07/2018 ·
En el mundo en el que vivimos dominado por las nuevas tecnologías, hay cosas que no entendemos por muy bien que nos las expliquen
Cuando la fortuna se desquicia o la mala suerte te persigue, no hay manera que las cosas se enderecen. Uno se da cuenta que casi siempre forma parte de las estadísticas negativas y que no hay cifra ni número que sea positivo o favorable. Es como un conjuro, un mal de ojos o el colmo de la mala pata.

En el mundo en el que vivimos dominado por las nuevas tecnologías, hay cosas que no entendemos por muy bien que nos las expliquen y otras que no nos cuadran por mucho que intentemos manejar los datos a nuestro antojo. Son como vivir una situación de dependencia en la que apretar un botón, instalar una nueva aplicación o manejar la presencia en las redes puede cambiar nuestras vidas.

Lo que les voy a contar  es una pequeña y microscópica muestra de que todos estamos controlados y tenemos un código de barras que nos identifica por mucho que intentemos ocultarnos. De la mano de todo tipo de artilugios que lejos de manejarlos, nos conducen, y nos convierten  en seres autómatas y automáticos.
Hallábanse nuestros personajes  en uno de esos lugares especiales y únicos, donde dicen que comer es una experiencia singular  y transformadora, uno de esos espacios que no te deja indiferente aunque en el fondo nada te diga, entre lo exótico y lo posmoderno, donde todo es simbólico, surrealista y extravagante, una de esas atmosferas creadas a propósito entre el gastrobar y el restaurante vanguardista.

Allí estaban los tres personajes de nuestra pequeña historia, Mauro, Camarón y Caracolito, pertenecientes a tres generaciones distintas. El pequeño y diminuto Caracolito, a sus dos años, con sus ojos muy abiertos, como hipnotizado, estaba sordo y mudo a todo lo que le rodeaba, frente a la pantalla de su móvil, que aunque les parezca increíble era de su propiedad y se encontraba interactuando con todo tipo de seres fantásticos de los videojuegos.

Camarón el padre era un individuo esperpéntico, tatuado de pies a cabeza, su cuerpo semejaba una galería de arte en la que podían contemplarse todo tipo de paisajes y personajes, sin quedar un solo centímetro cuadrado para poner algo más.

Estaba en la ceremonia de contemplarse y ser admirado, y a decir verdad que llamaba la atención, ya no por la infinidad de tatuajes sino por ese narcisismo que le colocaba  en una situación entre la ausencia y la catalepsia.

El abuelo Mauro era también un ser  único y extraño , más que comer tragaba y engullía todo lo que le pusieran por delante , y desequilibraba con facilidad a todo el que tuviera delante, ya que no decía palabra alguna , pero padecía el síndrome de la pierna inquieta que el resto de la familia conocía como el zilimbrimbinquí 

Aderezando este curioso escenario, 36 comensales más  correctamente situados en sus sillas tras sus mesas y enganchados a sus móviles, en una manipulación total, y mandando mensajes compulsivamente no sabemos a quienes, pero en un mutismo inquietante  y sin dirigir la palabra a nadie de los que le rodeaban, más que humanos parecían seres extraterrestres.

Mientras una camarera recitaba una y otra vez con todo lujo de detalles las características de cada plato que servía, y en las paredes caras, caras, muchas caras de distintos colores y al final algo indescriptible. Nos asaltaban  muchas  preguntas ¿Cómo le contaríamos esto a un amigo? ¿Podríamos sorprenderlo o le dejaríamos indiferente?
                             

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