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Viernes, 16/08/2019

Curioso Empedernido

Ezequiel Sufridor

Ezequiel hacía tiempo que había dejado aparcadas sus ambiciones, y no es que fuera conformista sino que era consciente de sus limitaciones

Lo había pasado tan mal en sus sesenta años de calendario, que los actuales aprietos como consecuencia de la crisis económica  le parecían un nuevo rosario de sufrimientos que añadir a su experiencia, aunque a decir verdad no terminaba de sorprenderle cada viernes el gobierno de Rajoy con sus medidas de tortura política y desprecio de los derechos individuales y colectivos.
La experiencia le había enseñado  a relativizar las cosas y situaciones, y a no dar demasiada importancia a los discursos retóricos y las declaraciones grandiolecuentes, ya que el contraste con la realidad demostraba, casi siempre, que tras aquellos vocablos ampulosos y recargados no había nada.

Ezequiel hacía tiempo que había dejado aparcadas sus ambiciones, y no es que fuera conformista sino que era consciente de sus limitaciones, que el desconocimiento de las nuevas tecnologías le convertían en un alguien más aislado de lo que quisiera, y aunque no era nada perezoso ni descuidado, a sus años y con la que llovía se sentía aliviado con tener resuelto su futuro, al menos mientras el actual gobierno del PP siguiera pagando las pensiones.

Tras muchas idas y venidas, vueltas y revueltas, había aprendido a tomarse las cosas con calma, sin agobios ni prisas, sin vísceras ni odios que te amargan, con los  deleites y disfrutes de la justa medida sin la perjudicial tormenta de los conflictos y excesos que nos pasan dolorosas facturas.

Conocía tantas historias predecibles y aburridas, que prefería que la suya cuando terminara lo hiciera de forma inesperada pero divertida. Quería dejar atrás todo lo que creía saber para comenzar a vivir de nuevo, pero sentía que debía hacerlo de acuerdo a sus valores, porque tanto esfuerzo para superar dificultades había merecido la pena.

Atrás quedaban tantos años de pasarlo mal, tantas malas experiencias que a pesar de endurecerle le habían hecho apreciar más las cosas buenas de nuestro paseo por este planeta. Tenía tantos palos y garrotazos a sus espaldas que cualquier gesto de afecto y cariño le sabían a gloria.

Estaba atravesando  un momento óptimo en todos los sentidos, una etapa favorable para marcarse nuevas metas. Ahora no se podía permitir perder ni un solo minuto en discusiones estériles ni un solo segundo en preocupaciones inutilizantes, no iba a hacerles más el juego a aquellos que no saben de nada ni pegan la hebra jamás, pero ponen pegas a todos e intentan frustrar cualquier intento de hacer algo constructivo.

También se daba cuenta de lo injusto que había sido con su familia, robándoles un tiempo precioso, privándoles de ocasiones para disfrutar de una catarata de sentimientos necesarios y enriquecedores. No quería volver a cometer esos errores y aunque tampoco aspiraba a ser perfecto, su afán diario era intentar ser feliz y hacérselo pasar bien a los demás.

No se sentía desgraciado y maltratado a pesar del camino de espinas, plagado de tensiones y conmociones que le había tocado transitar, no tenía esa sensación de muchos de sus coetáneos de pertenecer al igual que sus padres a una generación pérdida, pero cuando algo no funcionaba ponía todo su empeño en cambiarlo.

A estas alturas de su vida, lejos de conformarse y resignarse, se recargaba de energía ante las dificultades y se mostraba rebelde ante las injusticias y había descubierto la grandeza del servicio a los demás de manera honesta y desinteresada, utilizando sus talentos y procurando ser ejemplar en todo momento.

Con sus sentirse y pesares, Ezequiel había hecho realidad lo que decía Esopo “quien mucho sufre, mucho aprende”.

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