Actualizado: 15:10 CET
Jueves, 01/10/2020

Conil

"Palabras para una despedida"

Carta de despedida de Rafael Vez Palomino, canónigo S.A.I. Catedral de Cádiz, quien durante los últimos 6 años ha sido el párroco de Conil de la Frontera.

  • Rafael Vez Palomino, párroco de Conil.

Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, infinitas graaacias a todos por tanto amor como he podido percibir y recibir estos días, que aunque vividos con serenidad y paz interior, no han dejado de ser una lucha difícil, no por permanecer en el cargo, sino por lo que es justo y porque resplandezca la verdad.

"Por medio de estas líneas quiero daros las gracias a todos, por el camino que hemos recorrido juntos, por lo que hemos aprendido, por lo que nos hemos enriquecido unos a otros"

Gracias a nuestro Alcalde, Juan, y en él a todos los miembros de la Corporación Municipal, por las palabras de ánimo, aliento y reconocimiento. Gracias por lo mucho que he aprendido a vuestro lado. Por el valor que le dais a las personas y a cuanto hacen. Por el servicio que hacéis a favor de la ciudadanía. Por la lucha por los derechos de las personas, en especial los más desfavorecidos.

Gracias a todos, pequeños, y grandes, altos y delgados, feos y guapos, flacos y gordos, niños y padres, colaboradores y ajenos a la vida parroquial porque Dios me ha regalado, por puro amor suyo, antes de iniciar mi marcha hacia otro lugar, de vuestros gestos de amor que me han hecho descubrir que lo que se ha sembrado, plantado, trabajado, labrado, regado y cuidado juntos ha merecido la pena. ¡Esta es mi paga! Y me voy eternamente agradecido a Dios y a vosotros, porque habéis sido demasiado, inmerecida, espléndida, y magnánimamente generosos conmigo. ¡Que Dios os lo pague, y os lo premie con la mejor de las bendiciones posibles! Y junto con ello, aceptad las pobres palabras de agradecimiento de este cura gordo, un poco cansado de esta larga lucha, y entrado ya en canas, que un día fue enviado a vuestra tierra, bendita tierra, la tierra que vió nacer a mi madre, para aprender, crecer, servir, amar, escuchar, levantar la voz, defender, acoger y trabajar junto a vosotros. Ese cura, que la primera tarde que vino quedóse durmiendo casi dos horas la siesta en un banco apoyado en la columna, bajo el frescor de la hierba, en el mirador de la Plaza del Ayuntamiento porque a alguien se le olvidó, quien sabe, si facilitarle una llave, o más bien no supo acogerlo, después de esa campaña “tan generosa que algunos urdieron”

En los días de verano se hizo pública definitivamente, a pesar de todo lo que habéis luchado, la finalización de mi etapa como párroco entre vosotros, por una decisión personal del Obispo, quien pudiendo haber prorrogado mi nombramiento, al menos seis años más como a todos los demás compañeros, “tuvo a bien” primero nombrarme Administrador Parroquial, en espera de un nuevo Párroco, y posteriormente, sin apenas poder asumir lo sucedido, destinarme como Capellán del Hospital Universitario de Puerto Real, a tiempo completo. Después de haber ejercido 29 años como Párroco, los 6 últimos entre vosotros, ha considerado que ni estoy capacitado ni gozo de su confianza para ello.

Por medio de estas líneas quiero daros las gracias a todos, por el camino que hemos recorrido juntos, por lo que hemos aprendido, por lo que nos hemos enriquecido unos a otros. Y quiero manifestaros mi estima personal a todos, sin excepción, desde aquellos que habéis estado cerca en el trabajo del día a día, a los que desde la distancia habéis compartido la vida de nuestra Parroquia, e incluso a aquellos con los que no he congeniado, o con los que me enfrentado en distintos momentos.

No sé como pagaros tanto como he recibido en estos años, a pesar de las dificultades; de los difíciles, duros e injustos comienzos; de los muchos errores que he cometido; los aciertos que hemos conseguido; lo que hemos avanzado en el conocimiento de Jesús; lo que hemos crecido en nuestra entrega y generosidad para con aquellos que lo pasan mal; lo que hemos abierto el corazón al distinto, al migrante, al que no es como nosotros; lo que hemos alcanzado en el trabajo de la catequesis; lo que hemos dado en las visitas y acompañamiento a los enfermos y mayores; todo lo que hemos vivido en las celebraciones eucarísticas a lo largo del año litúrgico.


En mi memoria y en mi retina conservo las imágenes de las misas de niños, las celebraciones de las comuniones, los momentos festivos del Despertar, el Festival de la canción misionera, los bautizos, las bodas, las celebraciones de la Semana Santa, la misa de carnaval, de Cristo Rey, la misa del pollito, la bendición de los animales, la romería de San Sebastián, la fiesta de Santa Catalina, la forma de vivir el Adviento, la Cuaresma, la Pascua, la Casa de los reyes Magos, los momentos de oración, los rosarios misioneros, los círculos de silencio, la adoración eucarística, los conciertos de música sacra, las procesiones y viacrucis, las visitas nocturnas de la Iglesia, la rica y fecunda cartelería que nos ha ido anunciando todos los encuentros, el encuentro misionero, la manera de vivir los triduos, quinarios y la novena a nuestra Patrona, la visita a los enfermos y mayores, el servicio a los hermanos necesitados, el trabajo de la Mesa de Emergencia…. Todo eso y mucho más han ido llenando páginas y paginas de recuerdos y momentos felices. Y eso no es obra mía, sino vuestra; porque os dejásteis sorprender, estuvisteis dispuestos a haceros junto a mí como niños, fuísteis protagonistas y realizadores de todo esto y mucho más.

Me despido de vosotros con un “hasta pronto” porque los hermanos nunca se dicen adiós. Sé que nos volveremos a ver en muchos sitios y momentos, no sólo porque en cualquier sitio del mundo hay un conileño, sino porque los caminos de Dios se van entrecruzando en la vida de todos, y sonreiremos juntos, y recordaremos vivencias y batallas. A partir de ahora nuestras vidas quedan unidas y los gozos y esperanzas, las alegrías y tristezas vuestros serán también los míos; como todo lo mío será parte de lo vuestro. Me alegraré de vuestros avances en el seguimiento de Jesús y vosotros de los míos. Me alegraré de los progresos de nuestro pueblo y de sus gentes.

Han quedado muchas cosas sin terminar, lo sé. Y lamento si alguna ha sido por mi torpeza, flojera, negligencia o culpa. Quizás debía haberme esforzado más. El proyecto de catequesis; la restauración del Patrimonio, y el mantenimiento y cuidado del mismo; la consolidación del trabajo de Cáritas; la formación permanente de catequistas y cofradías; la terminación del arreglo de los altares de culto. Estoy seguro que, de la misma manera que me habéis ayudado a mí, ayudaréis a quien venga, en el nombre del Señor.

Quiero pediros perdón al término de este camino juntos, si a lo largo de esta etapa que ahora llega a su fin mis palabras y acciones os han perjudicado o dañado. No es mi estilo hacer daño a nadie, pero aún así quiero pedir públicamente perdón si en mi actuar no he sido un buen testigo de las actitudes de Jesús. Espero que sepáis perdonarme y comprender un día, que todo lo acontecido, ha sido gracia de Dios, aunque haya habido mucha mano humana. Nada sucede porque sí. ¡Todo es gracia!

Me siento feliz y contento, con la cantidad de nuevos amigos a agregar a mi acción de gracias a Dios, por estos 29 años de vida sacerdotal. Cada día os tendré presente en mi sencilla oración a Dios, y en la celebración de la eucaristía. Es lo que puedo ofreceros, además de mi casa abierta, por si en algo puedo ayudaros, aunque os confieso que aún no se dónde estará ubicada. Ahora Dios me pide ponerme en camino. Y estoy dispuesto a que sea Él quien me señale hacia dónde.

Siempre me he sentido especialmente protegido y acompañado. Sé que Dios es mi defensor en medio de las adversidades. Pero quiero dar las gracias por aquella que es “pequeñita y galana”, la Virgen de las Virtudes, a la que tantas veces en silencio, por la tarde he rezado y mirado, y de la que tanta protección bajo su manto he recibido, a pesar de haber sido quien la despojara de aquellos mantos y ropajes que no eran suyos, y tapaban y escondían su noble sencillez y belleza, su ternura. Ella me ha dado serenidad y paciencia ante las dificultades, y me ha ayudado a ver que la obra es de Dios, no de los hombres. A ponerme a la escucha de su palabra, para poder hacer lo que Él indicara. A saber esperar en Él porque siempre actúa, no a la medida de los hombres sino a la medida de Dios.

Si orgulloso estoy del Patrimonio artístico Parroquial, que hemos logrado recuperar, por la belleza y riqueza que ha supuesto a lo largo del paso de los siglos, y que estamos llamados a cuidar, valorar, y mantener de cara a las nuevas generaciones, más lo estoy por el Patrimonio humano que la conformamos. Desde los más mayores que cada tarde me han acompañado en torno al altar, a los más jóvenes, y niños que cada sábado y domingo se sentaban a escuchar las palabras de Jesús, y a aprender de su vida. Incluso los turistas y aquellos que cada tiempo vacacional nos han acompañado. ¡Qué buenos momentos vividos! ¡Qué testimonio el de los enfermos y mayores, la alegría en sus rostros al recibir a Jesús sacramentado en sus casas y en sus vidas! El servicio de la Pastoral de la Salud, los que han llevado la comunión a los enfermos, el trabajo incansable con los que, codo con codo, he trabajado en el día a día de la parroquia. El trabajo incansable del Equipo de Cáritas, que tanto bien silenciosamente ha realizado. ¡He aprendido tanto de vosotros!

No quiero terminar sin decir en voz alta, para que todos se enteren, incluso los sordos; y aquellos que se lo hacen, y se han acostumbrado a mirar hacia otro lado: No guardo rencor alguno por haberme despojado de lo que no era mío. Sólo tengo palabras de agradecimiento, a pesar de todo, al considerar que soy indigno, según sus planes, del cargo que ostentaba. Decía Santa Teresa de uno que conocía: “iba para santo y se quedó en canónigo”. Espero que sepa desprenderme a su debido tiempo de todos esos títulos que me han ido dando por el camino, y emprender el camino de la santidad, que dicho sea de paso, según me enseñaron mis mayores, es cumplir la voluntad de Dios en cada momento.

En el momento que me tocó vivir en medio de vosotros, pudiendo hacerlo porque otros así lo hacían, y animado por muchos a que no me implicara en determinados problemas, no supe mirar ni miré hacia otro lado, ni agaché mi cabeza, ni silencié mi voz, ante lo que era injusto y antievangélico en nuestra Iglesia Diocesana. Hay quien dice que lo perdí todo, y se jacta de ello; y humanamente es verdad. Aunque más bien lo gané todo, porque aunque he perdido mucho, todo, a vosotros, lo que no perdí sino que gané para siempre, fue la libertad.

Lamento vuestro sufrimiento, y el daño que todo esto os ha causado, y os está causando. Cada día le pido a Dios, que si en algo, por mi orgullo o mi cerrazón, he podido causaros daño, que Él sepa ser consuelo y bálsamo. Pronto, estoy convencido que todo volverá a la normalidad, y seguiremos nuestras vidas, como si nada hubiera ocurrido. Pues dicen que “muerto el perro, se acabó la rabia” Aunque quizás, quien sabe, alguien haya abierto la puerta o una ventana al deseo de ser libres, de buscar la verdad, de no conformarnos con lo de siempre, y entonces, nada podrá frenarnos.

Antes de terminar, permitidme unas palabras a los más cercanos en la tarea que hemos realizado. Dios, aunque no lo crean, aún no ha hablado, estaba de vacaciones, y estoy convencido que hablará porque no puede dejarnos así, desolados y abandonados, alejados de su mano. Siempre escucha el clamor de su pueblo. Me voy con el corazón agradecido por vosotros, pues habéis sido una riqueza para mi. ¡No tengáis miedo! Seguid trabajando y amando, sirviendo con alegría. Y sed buenos colaboradores con el nuevo párroco en todo lo que os solicite. No dejéis de rezar por mi, como yo lo hago por vosotros.

Dicen que la vida tiene cuatro momentos: el primero, para aprender; el segundo, para enseñar lo aprendido; el tercero, para descubrir lo que nadie te enseñó y no pudiste enseñar; y, el cuarto, para vivir como mendigo. En este tiempo de impasse he descubierto lo que nadie me enseñó y no pude enseñar. Ahora en esta nueva etapa que se abre ante mis ojos, deseo vivir como un mendigo. Y anhelo, que mi día a día, pueda vivirlo dando gracias a Dios por la vida y diciéndole ”lo que Tú quieras, como Tú quieras, donde Tú quieras”

Sigamos caminando, con la sonrisa en el rostro, por el sendero de la vida, esperando el día en que el Buen Dios nos pueda decir: ¿Has vivido? ¿has amado? Y podamos, sin apenas balbucir nada, abrir el corazón lleno de nombres.

Con cariño y afecto, Paz y Bien.

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