Actualizado: 14:35 CET
Lunes, 30/03/2020

Lo que queda del día

Los tres reflejos del covid 19

Contamos con el compromiso particular de una mayoría silenciosa y disciplinada que, como mínimo, va a aprender a reforzar el auténtico valor de un abrazo

  • La zona del Mamelón sin gente por las aceras ni en los bancos

En la primavera de 1983, un grupo de científicos descubrió un nuevo virus al que denominaron VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana), aunque el primer paciente que padeció la enfermedad había sido identificado hacía casi dos años antes, en California. Desde entonces, más de 78 millones de personas de todo el mundo la han padecido, y más de 35 millones han muerto por su causa.

La primera vez que la palabra SIDA apareció en nuestras vidas la asociamos al actor Rock Hudson. El galán de Hollywood aparecía casi a diario en televisión terriblemente desmejorado, casi consumido, a causa de la enfermedad, hasta que poco después se anunció su muerte. Para entonces ya nos advertían que el virus mortal se transmitía a través del contacto sexual o de la sangre, lo que provocó una efervescente ola de puritanismo desde la que se calificaba como “castigo divino” su aparición, y de cuya propagación se culpaba a adúlteros, homosexuales y yonquis, y no precisamente por este orden.           

Aquella campaña no tuvo mucho recorrido; el mínimo hasta que se universalizó el uso de profilácticos -“es mío”, imitaban los alumnos de un instituto en medio del gimnasio, como los seguidores de Espartaco, en aquel mítico anuncio frente al amenazante profesor carca que mostraba un condón como si fuera el arma de un crimen-, pero, como ahora, se sirvieron del miedo para, entonces, inocular nuestra aversión al desafío de contactos sexuales inesperados y fomentar el afán por tratar como apestados a cualquiera que tuviese predilección por las agujas, cuando,  en realidad, a quienes había que tratar como apestados era a los que se lucraban a costa de la adicción de tantos jinetes desamparados.

El virus Covid 19 nos ha vuelto a situar frente al mismo espejo, aunque, en este caso, el primer reflejo nos empujó a desarrollar todo tipo de teorías conspiratorias: hay versados tratados de supuestos científicos circulando por las redes sociales que, más que a publicar en alguna revista científica, parecen aspirar a guionistas de una próxima serie distópica. El segundo reflejo nos situó en una especie de realidad virtual, próxima a la de los agoreros de los ochenta, la que vincula la aparición de la pandemia a la consecuencia de nuestros propios actos, a la de nuestra propia despreocupación en favor de un cultivado hedonismo que tiene su origen en la determinación por la globalización -somos ciudadanos del mundo-, lo que ha incrementado las posibilidades de pasar una semana en las islas Fidji o en el lugar más insospechado que se nos antoje, y, también, de que un virus realice el viaje a la inversa y vaya dejando su tarjeta de visita sin reserva previa.

Pero hay un tercer reflejo, más próximo a cada uno de nosotros, que es el que está marcando nuestra propia experiencia, que no entiende de conspiraciones ni de saltos por el mapa o selfies en Instagram, sino de un día a día en el que vamos moldeando nuestra propia voluntad y fortaleciendo otra serie de ataduras con el mundo, a base de distancia y afectos redescubiertos, de pequeños placeres y del inalterable valor de la esperanza. Y no se trata de hacer un ejercicio de psicología inversa, sino de enfrentarnos de verdad a ese reflejo y entendernos; en una palabra, reaprender.

Es duro, porque no solo se trata de habituarse, sino de hacerlo mientras asistimos al desmoronamiento programado de la asistencia sanitaria en comunidades como la de Madrid, como si se tratase de una especie de avance o premonición de cara al resto de España, y eso no lo detendrán los aplausos ni las sirenas bienintencionadas que se asoman a nuestras calles a diario, sino el compromiso particular que viene ejerciendo una mayoría silenciosa y disciplinada que, como mínimo, va a aprender a reforzar el auténtico valor de un abrazo y el de otros muchos gestos cotidianos que habían entrado en desuso, y que espero terminen por poner coto a otras actitudes malsanas, como las de la adicción por la proliferación de bulos y noticias falsas y, también desde muchos medios, por abrazar el apocalipsis.

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