Un cuadro, una calle, una infancia

Publicado: 11/07/2018 ·
De niño residía con mi familia en la calle Rector Triadó de Barcelona, en el número 33. En el número 27 de la misma calle existía y existe la Bodega Escala...
De niño residía con mi familia en la calle Rector Triadó de Barcelona, en el número 33. En el número 27 de la misma calle existía y existe la Bodega Escala, ahora Bodega Carlos. Hasta donde mi memoria alcanza este lugar ya estaba regentado por Nuria Escala, y su esposo Tomás Sánchez (q.e.p.d.). Mi amistad con el hijo de ambos durante los años de mi infancia hizo que casi fuera como de esa familia. En los últimos años en Barcelona incluso me llevaron a veranear con ellos en la casa que tenían en Corbera de Llobregat. Mi padre, Rafael Cámara Castro (q.e.p.d.), era pintor y diseñó un escudo para el Club Petanca Hostafrancs. La sede del club se estableció en aquella Bodega y, por tanto, allí que se colgó el cuadro en el que mi padre había pintado el escudo con imágenes alusivas a nuestro barrio. Cuando nos vinimos a Jaén, hace más de tres décadas,  le dije en alguna ocasión a Ricard que si alguna vez dejaban el bar me gustaría tener aquel cuadro. Falleció  su padre, Tomás, un buen hombre, años después Nuri se jubiló y el bar pasó a manos de un hasta entonces empleado, Carlos, al que recuerdo trabajando allí también desde siempre. El tiempo pasa y aquella calle, la bodega, sus gentes… van quedando tan lejanos que incluso parece que dejamos de controlar los detalles e, incluso, la seguridad del cómo eran algunas cosas. Pero gracias al Facebook, que realmente bien utilizado hace maravillas, me llegó un mensaje, en mayo pasado, de aquel ya no tan joven camarero al que conocí siendo yo un niño, Carlos Estrada: “Rafa no se si te acuerdas de mí, soy Carlos, el de la bodega de Rector Triadó. Me dijo Nuri, la madre de Ricardo, que te gustaría conseguir el cuadro que pintó tu padre para el Club Petanca Hostafrancs, dime algo”. Me dejó su teléfono en el mensaje y, obviamente, le llamé en cuanto lo ví. Ricard y Nuri le habían dicho que si alguna vez dejaba el bar tratara de darme aquel cuadro. El pensó que me lo podía dar ya, a que esperar. Imaginen recibir este mensaje más de treinta años después. Cuando casi ni me acordaba ya de aquel cuadro, todavía había gente que tuvo la deferencia de acordarse de mí. Los recuerdos afloraron en mi memoria: aquel niño en la Barcelona de los setenta, la familia Sánchez Escala, siempre tan generosos conmigo y especialmente su hijo, Ricard, con el que tantos juegos y aventuras compartí. En pocos días mis amigos Miguel Ángel y Asun, con motivo de su viaje a Barcelona, seguramente me puedan traer el cuadro, junto a la historia y recuerdos que giran a su alrededor. Gracias a la señora Nuri, a Ricard, a Carlos… el pasado se ha hecho presente. Cuando ya casi ni recordaba un detalle como el del escudo, un mensaje me vino a recordar que la gente buena de mi niñez sigue ahí, de alguna manera, a pesar del tiempo y la distancia.

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