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Miércoles 02/12/2020

Artículo Primero

El espíritu de la Navidad y los mercaderes de sueño

Siendo como soy, persona agnóstica, me gusta ese relato que nos habla de un niño pobre que nació entre pobres para salvar al mundo de los tiranos.

Publicado: 24/12/2019 ·
11:14
· Actualizado: 24/12/2019 · 11:14
Autor

Rafael Lara

Rafael Lara está en la Asociación Pro Derechos Humanos, antes por las libertades... o donde fuere por los derechos de las personas

Artículo Primero

Modestas reflexiones con aquel articulo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

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Debo confesar que, incluso con todas sus contradicciones, me gusta la Navidad. Me gusta el bullicio de las calles, el olor a pestiños hechos en casa o en el obrador. Me gustan los Belenes con sus figuritas, sus casas de cartón, sus cielos de papel y sus estrellas pintadas. Me gusta, incluso, ese obispo de los Países Bajos, ese San Nicolas que llevaba naranjas a los niños.

Siendo como soy, persona agnóstica, me gusta ese relato que nos habla de un niño pobre que nació entre pobres para salvar al mundo de los tiranos. Siendo como soy, persona agnóstica, creo que ese es o debería ser el espíritu de la navidad; el nacimiento de un mundo mejor y el protagonismo de las personas de buena voluntad para construirlo.

Pienso honestamente, que es en ese bullicio de villancicos, en esa algarabía de las calles, en ese sentarnos a la mesa en familia, en ese quedar para disfrutar con las amistades, en ese saludarnos unas a otros deseándonos felicidades es donde aún conservamos el espíritu de la fraternidad.

Pero también están ahí los traficantes de sueños que invaden cada una de nuestras voluntades y deseos para convertirlos en mercancía. Hace poco releí una novela de ciencia ficción “Mercaderes del espacio”. Se trata de una narración de los años 50 en la que se relata un mundo futuro dominado por la única lógica del comercio y la ganancia ilimitada, en el que las personas no éramos ciudadanía sino clientela.

Ya en esos años, el autor nos alertaba del peligro de que todo se pusiera al servicio del mercado y la especulación; las necesidades materiales del día a día, pero también la salud y la educación, la cultura y la diversión, la soledad y la compañía.  

Llenan nuestro ocio con sus negocios. Nos expropian los sueños para llenar el vacío con sus objetos perecederos y de consumo fugaz, nos incitan a comprar afectos a cambio de “cosas” envueltas en papel de regalo que previamente hemos de comprarles en sus franquicias y grandes marcas comerciales.

Los mercaderes de las grandes corporaciones llevan tiempo ahí acechando, pero ya se han convertido en los dueños de todo, tanto de las cosas como de los conceptos.

En algún momento San Nicolas se convirtió en un señor gordo a través de una todopoderosa marca de refrescos y los Magos de Oriente, en agentes comerciales de los grandes almacenes. Pero en nuestra mano está que la ilusión de los niños y las niñas no se transforme en competencia por obtener más regalos y más caros que sus compañeros.

Aún queda tiempo para defender el espíritu de la fraternidad que es compartir, que no consiste dar lo que nos sobra, sino en luchar contra la extrema riqueza para que no exista la extrema pobreza.

Aún nos queda tiempo para que las conciencias que se conmueven con un villancico, un Belén o una “Huída a Egipto”, puedan recordar que hay niños que nacen en los establos de los campos de refugiados, que la matanza de los inocentes se sigue reproduciendo en cada guerra y que hay familias que huyen y nuestros países les cierran las puertas.

Aún nos queda tiempo para considerar que el espíritu de la navidad no es un conjunto de abalorios relucientes.

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