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Lunes 10/05/2021

Arcos

La Semana Santa de Arcos (y V)

El Viernes Santo según Miguel Salas y Manuel Calvo

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  • Dulce Nombre de Jesús.

TRABAJO COORDINADO POR PEDRO SEVILLA

De un dulce nombre

Hablar de la “Semana Santa” es hablar de “Fe”, bien sea en forma de “capirote con cirio en mano” o en forma de “permanente de peluquería y terno oscuro de paseo” (pues durante estos siete días vemos muchos penitentes de aceras.) Por ello, creo que todo lo que se aparte de este binomio carece de su verdadero sentido, ya que las manifestaciones externas que vivimos en esa “Semana”lo son de “Fe”, aunque algunos las denominen culturales y otros la llamen artísticas. Para conciliar esos extremos ya tuvo ocasión de pronunciarse el Papa Benedicto XVI, cuando dijo, al contemplar los “pasos” e “imágenes” que procesionaban, que se trata de una relación armónica entre “Arte” y “Fe” que invita a la “Conversión”.

Así, queda claro que la “Semana Santa” es una inequívoca invitación a creer en el “Evangelio”, que podría traducirse como un “compromiso de vida cristiana”, que no queda reducido a sábados por la tarde y a mañanas de domingo. Empecé a comprender ese “compromiso” cuando entendí que el “Viernes Santo” se iniciaba en “Adviento” y llagaba hasta “Los Santos”; quizás, por eso, encuentro ahora más sentido a lo que decía mi madre de que “había que darle gracias a Dios todos los días”. Y es que, como he dicho antes, esto de ser cristiano no es algo sólo de fines de semana, de festividades varias, ni de niños, jóvenes o mayores, sino que es de todos y durante toda la vida. En otras palabras, la “Fe” precisa de constante maduración, como la “Semana Santa” de sugerente evolución, pues el tiempo no se detiene y ya van más de dos mil años que nos avalan. Como las cosas de hoy no hace falta contarlas pues se ven, voy a hablar de lo de antes, dado que,aunque no se vean, permanecen dentro de nosotros. Resulta curioso como, con el paso del tiempo, esa maduración-evolución nos trae recuerdos de nuestras costumbres y de nuestra religiosidad popular. Quienes nacimos en el seno de una familia cristiana, teníamos en casa una “Iglesia Doméstica”, donde nuestras madres (sobre todo) se ocupaban de enseñarnos como ser “un buen cristiano”;cuestión que me creaba cierta contradicción, pues daba a entender que había cristianos que no eran buenos; pero no le demos más importancia a ese comentario y pensemos que debemos tener en cuenta que la mayoría de nuestras madres suplían su carencia de formación académica con el sentido común y con sus experiencias sobre el bien y el mal, sobre lo que era bueno y lo que era malo.Dejaban sentados principios que creaban cátedra como: “no quieras para los demás lo que no quieras para ti” o “¿a que no te gustaría que te lo hicieran a ti?, etc.

Esta peculiar manera de decirte que había que amar al prójimo y no hacerle la “puñeta” constituían sabios pensamientos que nos conducirían a ser buenas personas.  Había una perfecta identidad entre ser buena persona y ser cristiano; y es que no podía ser de otra forma, aunque no era, ni es, tarea fácil de cumplir. Esta educación se extendía a todos los ámbitos del cristiano, como por ejemplo desde ir a Misa hasta aprender a rezar. Me viene a la memoria que a Misa no se iba de cualquier forma, claro que no. Visitar, lo que para nosotros era la “Casa de Dios”, suponía un acontecimiento de primer orden o nivel.  Ello requería un previo baño con pastilla de jabón en barreño de zinc (el gel y la ducha no estaban al alcance de todos), ambientado con alhucema espolvoreada sobre una “zarteneja de cisco-picón” y posterior salida a la calle, debidamente repeinado, para secarte la cabeza al sol. Y lo acompañábamos de una peseta que te daba tu madre con destino al cepillo donde se recogían limosnas para los pobres. Digamos que la intención iba acompañada de una buena acción.

Así nos iban educando, como mejor sabían, para que el día de mañana fuésemos gente de provecho (se decía). En este devenir de acontecimientos, la espiritualidad también tenía su sitio, iniciándonos en la oración todas las noches, antes de dormir, con el “Jesusito de mi vida” y el “cuatro esquinitas tiene mi cama y cuatro angelitos me la guardan”. La relación directa con Dios se abría camino desde la infancia. Además de esas cuestiones básicas, la religiosidad popular se vivía de forma muy particular el día de la salida procesional, el “Viernes Santo”. Había una gran expectación desde que escuchábamos llegar “los tambores” (ahora denominados banda o agrupación musical) hasta la recogida. Esa experiencia de salir en procesión fue evolucionando y madurando con la edad, como debe ser. Se pasa de los nervios a la templanza y del descubrimiento al recogimiento, pero toda salida procesional siempre es una catequesis plástica y un testimonio de “Fe”.

Para finalizar, hacer una especial mención al “Dulce Nombre de Jesús Resucitado”, procesión que pudimos recuperar en el año 1993 y que traía origen del año 1783. Sin duda, nuestra “Fe” descansa en la “Resurrección” y por ello es un momento culmen para todos hermanos. “Que el Dulce Nombre de Jesús nos guíe, el Santísimo Cristo de la Penas nos proteja y Nuestra Señora de la Quinta Angustia nos acompañe en el camino, sembrándonos en la Fe la semilla de su hijo Resucitado”.  

                                                                                                                                                                                                                                                 MIGUEL SALAS. HERMANO DEL DULCE NOMBRE

Viernes Santo

Nos encontramos a las puertas de un nuevo Viernes Santo. De nuevo un Viernes Santo atípico. Distinto. Extraño. Un Viernes Santo marcado por la dureza y la crueldad de una vil cepa de un virus que castiga y azota al mundo sin compasión y que en poco mas de un año se ha cobrado la vida de miles y miles de inocentes. Un virus que ha prendido nuestra cotidianidad y con el que lamentable nos hemos “acostumbrado” a convivir, condicionado de manera irremediable nuestro día a día. Un virus que nos ha enseñado, a buen seguro, a poner en valor la vida en sí misma y bienes tan simples y cotidianos, que todos damos por hecho, como la libertad de actuación y movimientos. Es este, sin embargo, un Viernes Santo distinto al anterior. Viernes Santo que un año después, aun recordamos con pena por su dureza, crueldad y frialdad. Un Viernes Santo secuestrado, vivido desde la soledad de nuestras casas en el que no tuvimos más remedio que refugiarnos en la oración y el llanto compartido a través de nuestros corazones y nuestras almas distanciadas. Es este, el de 2021, un Viernes Santo en el que a pesar de no poder disfrutar de esa Semana Santa que todos deseamos y añoramos, si tendremos por el contrario la oportunidad de compartir de manera más cercana con nuestros hermanos, y sobretodo, con las imágenes de nuestros Sagrados Titulares.

Este año sí. Este año vamos a tener la oportunidad de poder contemplarlos en la intimidad y el recogimiento de nuestras Parroquias y nuestras Capillas. Esa oración cercana que tanto deseamos y necesitamos. Ese “tú a tú” que a buen seguro todos hemos tenido en algún momento de nuestras vidas y que tanto bien nos hace espiritualmente. No, una vez más no se abrirán las puertas de San Pedro en nuestra tarde noche de Viernes Santo a las 8 de la tarde. Una vez más no se postrará nuestra Cruz de Guía en el umbral de puerta, anunciando al pueblo de Arcos el discurrir de un largo cortejo de túnicas negras, capas blancas y cinturones de añejo esparto. Inmaculada indumentaria con las que muchos hermanos anhelan culminar nuestras Semana de Pasión. Anuncio del recogimiento de nuestro Señor Jesucristo, muerto y trasladado en su urna de repujada plata, acompañado por el dolor, la pena, la tristeza y la más profunda de las soledades, bajo su palio bordado de negro y riguroso luto, en un largo y sinuoso discurrir por las calles de nuestro pueblo. Discurrir este con el que alcanzamos el culmen de la Pasión del Divino de Redentor.

El Verbo hecho carne sacrificado para el perdón de nuestros pecados. Largo caminar dificultado por las estrecheces y los obstáculos que hacen único y especial la Semana Grande de nuestro Arcos. Fría noche de Viernes Santo de oscuridad y tinieblas. Tensa e impaciente espera que deja paso al silencio sobrecogedor de un pueblo que espera paciente el discurrir de nuestra cofradía. Se ha cumplido la voluntad de Dios Padre, tanto en la tierra como en el cielo; y sobre los pies de sus valientes costaleros el Señor avanza impasible hacia su lecho de muerte. Cristo ha muerto por y para nosotros, para la salvación de nuestras debilidades, sin duda la más grande demostración de amor que el hombre haya podido jamás contemplar. Caminar este que realiza acompañado de su Madre, Nuestra Madre. El desgarrador adiós de la Madre a su Hijo. Una Madre rota. Una Madre que llora desconsoladas lágrimas de profunda amargura.

Madre Dolorosa cuyo corazón ha sido traspasado por el dolor incomparable de ver a su hijo vil y cruelmente torturado y sacrificado, con odio y ensañamiento, Madre que en su honda Soledad viene a decirnos que no estamos solos, que existen la fe y la esperanza. Privilegiadas horas de contemplación del más bello rostro y de la más bella expresión de amor, angustia, desconsuelo, dolor, amargura, paz, piedad…y Soledad. Profunda e impasible Soledad. Oscura noche de la que brota la esperanza y el alba de la resurrección. La humillación del Señor nos ha marcado el camino de la fe. Y esa fe nos pondrá en la senda de un nuevo Viernes Santo. De nuevo cargado de sentimientos, devociones, ilusiones, recuerdos, añoranzas, oraciones, oscuridad, luz, esperanza y alegría. Es este por contra, y a pesar de los pesares, un Viernes Santo especial. Es el Viernes Santo en el que esta, nuestra Hermandad de la Soledad, se encuentra inmersa en la celebración de nuestro 450 Aniversario Fundacional. Una efeméride esta idónea para exaltar la evocación, motivo que nos anime a salir al encuentro de nuestros hermanos, fieles y devotos en pos del refrendo y consolidación de nuestra Hermandad de la Soledad como referente espiritual, cultural y social de nuestro patrimonio humano. Fecha en la que pretendemos honrar nuestra razón de ser y nuestra tradición. Identidad sin duda heredada del pasado, fruto del trabajo de nuestros hermanos durante 450 largos y por momentos convulsos años, no exentos de dificultades y vicisitudes. Momento propicio para salir al encuentro de nuestros hermanos, a la búsqueda de la necesaria reafirmación del sentido de pertenencia a nuestra Hermandad de la Soledad, a pesar de los siempre presentes, y a buen seguro necesarios, obstáculos.

En un mundo por momentos cada vez más convulso, donde la pérdida de valores religiosos y éticos cada vez es más latente, es nuestro objetivo convertir a nuestra cofradía en el centro religioso y espiritual de sus hermanos, invitándolos a escuchar y participar del mensaje que desde hace siglos el Señor nos transmite de manera clara y sencilla desde la cruz. Y todo ello bajo la mirada piadosa de nuestra Madre en el dolor de su Soledad. Búsqueda constante de Dios y el logro de una vida cristiana perfecta; del ejercicio de la caridad y atención de necesidades para con el prójimo, reflejo del necesario e indispensable compromiso social; de la evangelización y santificación de los hombres, la formación cristiana de su conciencia y el fomento del culto a nuestros Sagrados Titulares. Disfrutemos de este Viernes Santo. Sí, distinto. Atípico. Pero Viernes Santo. Acudamos a nuestra Parroquia de San Pedro en busca de ese momento de oración. De ruego. De recuerdo a los que nos dejaron partiendo en un largo viaje al encuentro de Dios Padre y que tan profunda huella dejaron en nuestros corazones. Y sobretodo, dediquemos una profunda y eterna oración a todas esas familias castigadas en el último año a consecuencia de esta severa y despiadada pandemia que tanto dolor esta causando. Feliz Viernes Santo.                                                                                                 MANUEL CALVO JAÉN (mayordomo de la soledad)

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