Actualizado: 16:34 CET
Martes, 24/04/2018

Arcos

El Ambulatorio

"Creo que en la sala de espera de los médicos se producen curaciones milagrosas con tan sólo escuchar al de al lado, con tan sólo hablar con él, o con ella..."

Sea el de la Corredera, el del Barrio Bajo o el de Jédula, el Ambulatorio de la Seguridad Social es otro de los lugares en los que podemos enterarnos, sin mirar el wassap ni abrir el Facebook, cómo es nuestra realidad, la de verdad, no esa de cartón piedra y electricidad que hemos dado en llamar realidad virtual.

Va uno al Ambulatorio, con sus pesadumbres particulares, con su salud quebradiza, y a poco que sintonice con los demás –la sintonía con los demás es nuestro flanco débil, conectamos mejor con el extranjero que con nuestros vecinos-, a poco que sintonice con los demás, digo, acabamos abriéndonos y contándonos nuestras vidas. Creo que en la sala de espera de los médicos se producen curaciones milagrosas con tan sólo escuchar al de al lado, con tan sólo hablar con él, o con ella, y compartir el tiempo mientras los médicos nos llaman a consulta.

El otro día acudí a mi Ambulatorio. Entré en la sala vacía pero a los cinco minutos ya éramos unos siete u ocho, siete u ocho cuerpos, viejos en su mayoría, retorcidos como olivos, ennoblecidos por el dolor. Ninguno de los que estábamos allí éramos cuerpos que destacasen en belleza, si por belleza entendemos juventud, un error muy común en el que nos ha metido la publicidad. Puede haber más belleza, más armonía, más dignidad, en el cuerpo de una anciana que en el de una mocita.

No salimos en Facebook pero somos reales, somos personas, y muy pronto comienzan las conversaciones: una mujer de pañoleta negra y gorro de lana se sienta y entabla una conversación con otra que lleva allí un buen rato. Se conocen de toda la vida y después de preguntarse por sus males la primera le cuenta que lleva viuda un año: “este día seis, el día de los Reyes, fíjate, hace un año que se me murió mi marido. Menos mal que tengo a mi hijo y no estoy sola. Mi hijo, mi nuera  y un niño chiquitito que tienen, viven conmigo…”. Luego le cuenta a la otra que la cosa está muy mala, y que su hijo, el pobre, está parado. “La cosa está muy mala y  yo les ayudo en lo que puedo, qué va una a hacer”, remata. Junto a ellas, en silencio, una mujer muy mayor, con un aparatoso vendaje en una pierna, evidencia un problema serio de circulación sanguínea. Tiene toda la pierna escamosa y amoratada. A veces suspira para caer de nuevo en su silencio hondo, insondable. Un viejo, al que le tiembla la cabeza y la voz por el Parkinson, se esfuerza en explicarle a otro quién es un pariente común de ambos. Como el otro  no se entera lo deja por imposible y sigue con su temblor, con sus pensamientos zarandeados por la enfermedad.

Por fin me toca entrar y al poco salgo con algunas recetas y la sensación de que si no estoy curado de lo mío al menos he compartido un rato con mis vecinos.  Y lo mejor es que no lo hemos subido al Facebook. Ni falta que nos hace.

 

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