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Lo que queda del día

Escala de valores en pandemia.

Hemos criminalizado a los jóvenes, pero tampoco ayudan las excusas que pondrías para justificar que has faltado a clase de física y química

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El Gobierno ha vuelto a quedar severamente tocado esta semana a causa de su gestión de la pandemia. El posicionamiento mayoritario del Tribunal Constitucional sobre el confinamiento durante el primer estado de alarma ha sido como desnudar en público al ejecutivo de Pedro Sánchez, aunque victimicen ahora la vergüenza en forma de traición, toda vez que la resolución responde a la maniobra judicial impulsada por Vox, que para ellos debe ser como si Bambi hubiera perdido el juicio contra el cazador que mató a su madre. Lo que les faltaba: corregidos a iniciativa de la extrema derecha. 

En cualquier caso, habrá pocos que le reprochen haber adoptado entonces la medida del confinamiento, ya que lo reprochable es la herramienta legal bajo la que se impuso. Aquel confinamiento nos congeló el alma, los planes y los sueños, pero fue la fórmula más efectiva para hacer frente a los contagios y, también, encubrir las carencias sanitarias de un país -y de un Gobierno- que no supo medir a tiempo la trascendencia y el impacto de lo que se avecinaba, pese a que bastaba con mirar a Italia para empezar a hacernos una idea.

La creciente ola de contagios de las últimas dos semanas me ha hecho recordar aquellas circunstancias, incluso antes de que se conociera la decisión del pleno del alto tribunal, por algunas de las reacciones que percibimos de entre los más afectados: los jóvenes. Cuando fuimos conscientes de la trascendencia de la pandemia, del temor y la angustia que iban ligados a la expansión de la enfermedad, y se decretó el primer estado de alarma, el más severo y extremo de todos, equiparamos de inmediato lo sucedido con una guerra. Las noticias, nuestro propio vocabulario, se inundaron de conceptos bélicos: batalla, combate, defensa, víctimas, aliados, lucha, confinamiento...

Los que habíamos tenido la fortuna de no vivir guerra alguna, y de vivir bajo la permanente seguridad de que no la viviríamos, terminamos por admitir que ésta se iba a convertir en nuestra guerra particular. Lo imposible, lo inimaginable, de pronto, se hizo realidad en nuestras vidas. No en forma de combate cuerpo a cuerpo, ni bajo el temor de un bombardeo, pero sí bajo los efectos propios de una contienda bélica: la ruptura con el pasado reciente y con el futuro previsto. Familias rotas por el dolor, negocios en quiebra, más pobreza, más desilusión y una única esperanza posible, la de la rápida reconstrucción de nuestras respectivas tramas.

Todo era desolador: las avenidas vacías, el miedo en los rostros de las personas con las que te cruzabas en el supermercado, la presencia del ejército por las calles, los negocios cerrados, la desesperación de los sanitarios en los hospitales, las comparecencias del presidente en televisión, la separación familiar, la muerte de un conocido, el contagio de un compañero de trabajo, el tiempo necesario hasta encontrar un remedio eficaz contra el virus... Entonces no hubo dudas; se trataba de la “guerra” que iba a marcar a varias generaciones. En realidad, lo más parecido a una experiencia de “guerra”, una vez despojados del trascendentalismo de la primera vez.

A eso iba cuando apuntaba a las reacciones entre muchos jóvenes sobre la situación presente. Punto primero: aceptemos la teoría de su criminalización, puesto que más allá de los aspectos que competen a su propia responsabilidad -seguir llevando mascarilla y mantener distancias de seguridad-, están amparados para salir y divertirse. Pero punto segundo: en pandemia no valen las excusas que pondrías para justificar que has faltado a clase de física y química, como la que me daba un joven universitario esta semana: “Tengo amigos que lo están pasando muy mal, y necesitan salir a divertirse como lo hacían antes”.

En esa escala de valores de sentirse mal, en la que está permitido al mismo tiempo conversar por skype o facetime con tus amigos, ver series y películas por netflix, jugar on line a fortnite, o poner a parir a quien te dé la gana en twitter, ¿a qué nivel hay que situar a tu antepasado que huía de ser fusilado, era obligado a combatir en cualquiera de los dos bandos, o corría a protegerse de los disparos y las bombas? No sé si les servirá de consuelo, porque la jodienda sigue sin tener enmienda, pero, como en la leyenda, “también esto pasará”. Todo pasa.

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