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Miércoles 14/04/2021

El Loco de la salina

Tiene guasa la cosa

Dicen algo así como que el señor de arriba es hijo predilecto de la ciudad. Me lo tengo que tragar.

Publicado: 04/04/2021 ·
22:02
· Actualizado: 04/04/2021 · 22:02
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Autor

Paco Melero

Licenciado en Filología Hispánica y con un punto de locura por la Lengua Latina y su evolución hasta nuestros días.

El Loco de la salina

"Tengo una pregunta que a veces me tortura: estoy loco yo o los locos son los demás" (Albert Einstein)

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No sé por qué razón, pero, cada vez que me dan permiso en el manicomio, voy a la Plaza del Rey y me siento por allí al solecito, si consigo alguna mesa, cosa bastante complicada para los tiempos de pandemia que corren. Parece que no, pero los locos nos despejamos mucho viendo ese pedazo de fachada del Ayuntamiento recién arreglado. Yo me quedo embobado contemplando el contraste de colores, los dorados y la magnitud de nuestro Ayuntamiento. Lo del cartelito vanos a dejarlo para otro día.

Levanto la vista. Dos angelitos coronan el enorme edificio y rodean un reloj central rematado con el escudo de la ciudad entre las figuras angelicales de la Fama y de la Abundancia. La Fama fue puesta allí con su trompeta, porque, otra cosa no, pero en La Isla somos mucho de darle a la lengua y de extender a los cuatro vientos la más mínima noticia. Lo de la abundancia no sé; como no sea por la cantidad de mierda que tiene la ciudad…

Pues bien, sentadito en la Plaza, y con la tranquilidad que dan los seis leones que defienden la entrada, me siento protegido y lleno de orgullo por tener a la mano esa maravilla.

El problema es que, cuando mis ojos toman tierra y se encuentran con lo que hay en el centro de la Plaza, me entra de todo. Yo no soy de guerras ni de botas militares, tampoco me van los abrigos de campaña ni los desfiles bélicos; asimismo me atosiga ver a alguien andando sobre ruinas. Sin embargo todo esto me lo tengo que comer con papas fritas, cuando me tropiezo con el regalito que se adueña de todo el centro de la Plaza del Rey. Un peñasco sobre el que se asienta un caballo más quieto que la defensa del Cádiz y un señor en lo alto del caballo, vestido de militar por supuesto, señalando al infinito, porque el finito sería el edificio de Correos. Según baja la mirada, voy entrando en faena. Las letras que presiden la estampa, lisiadas y faltas de cariño, no se mueren de envidia, porque estando a sus espaldas no pueden ver las brillantes letras de las Casas Consistoriales. Dicen algo así como que el señor de arriba es hijo predilecto de la ciudad. Me lo tengo que tragar. En los laterales veo a unos señores muy abrigados con cara de mando en plaza, circulando sobre los escombros que quedaron a su paso y con unas botas que con las calores deben ser un auténtico suplicio. Por lo visto los pusieron allí para que no se le olvide a nadie que los vencedores aplastaron y los vencidos fueron aplastados. Ya lo decía una famosa frase latina del año 330 a.C.: Vae victis, que en cristiano significa “¡Ay de los vencidos!”.

Después está el agua estancada, los setos por donde se cuelan los niños a ver qué se les ocurre y una multitud de palomas, cuya única función en la vida es cagarse continuamente encima del señor del caballo que, impasible el ademán, aguanta el chaparrón.

Y yo me pregunto: ¿Cuándo vamos a disponer, como muchísimas Plazas de España, de ese espacio central libre que le dé mayor vistosidad a nuestro fabuloso Ayuntamiento? ¿Cuándo vamos a poder sentarnos tranquilamente en la Plaza del Rey sin tener que contemplar escenas de una nefasta guerra que a estas alturas del siglo XXI ni pegan ni tenemos por qué soportarlas. ¿Será La Isla la última ciudad de España en aplicar lo que se llama la memoria histórica? ¡Tiene guasa la cosa! ¿No es para volverse loco?

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