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Martes 15/06/2021

Desde la Bahía

Fábrica de torpes

No tendremos analfabetos, pero se están poniendo los cimientos para inaugurar una “fábrica de torpes”.     

Publicado: 07/12/2020 ·
21:40
· Actualizado: 07/12/2020 · 21:40
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  • El futuro.
Autor

José Chamorro López

José Chamorro López es un médico especialista en Medicina Interna radicado en San Fernando

Desde la Bahía

El blog Desde la Bahía trata todo tipo de temas de actualidad desde una óptica humanista

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Se dan dos hechos en los seres humanos que requieren una alerta continuada para que los mismos no alcancen el fin que se proponen. Uno es la tendencia a la pereza o al menos al mínimo esfuerzo, que hace que ante varios caminos ofrecidos, siempre se escoja el más corto y menos agreste. El otro es “la costumbre”, actos que se repiten entorpeciendo en bastantes ocasiones la razón o anulando el estímulo de nuestros sentidos. Es preciso recordar que el que navega solamente con la mar en calma, nunca será un buen marino y que reiterar no es renovar, ni mucho menos progresar.

Cuando la Educación no era obligatoria, ni el Estado aún había tomado carta en el asunto, siglo XIX, la mayor parte de los niños españoles y no digamos las niñas, no iban a la escuela y se incorporaban a muy tempranas edades al trabajo manual o a las labores de casa. Eran por ello analfabetos, pero no torpes y a veces mostraban - sobre todo el campesinado - una inteligencia natural que impresionaba a los instruidos.

El Estado comienza a responsabilizarse en el proceso educativo y aparece la primera ley - la Lley Moyano, 1857 -, con obligatoriedad de la enseñanza a todos los niños y niñas menores de 9 años, a la que sigue La ley de Instrucción Pública de la Enseñanza y la Ley Villar Palasí, entre vida muy convulsa y regímenes políticos de muy diferentes tendencias. Tras el año 1975 España se hace democrática y constitucional. Rostros alegres que creen haber conseguido el derecho a soñar. Y se sueña con una Ley de Educación hondamente consensuada, que prestigie al conjunto de las enseñanzas, fomentando la calidad y el progreso en todas ellas. Inútil. No sabemos hacer leyes para todos los españoles. Sí para enfrentarnos. Y las sucesivas leyes de educación, ocho hasta la LOMLOE, última por ahora, no iba a ser una excepción. Se deja entrever que aunque se escojan o contraten asesores muy inteligentes, si luego desde el Estado o Ministerio se les dice o impone - por la fuerza que da el poder de elegir o cesar - lo que tienen que hacer o decir, la parcialidad es la única consecuencia. Por ello aparte de no solucionar las controversias de siempre entre enseñanza pública o privada, laica, atea o religiosa, especializada o plural; no respetar el derecho de los padres - que son los que de verdad sufren los errores en que puedan caer a lo largo de la vida sus hijos -  que lo ampara el artículo 27/3 de la Constitución y denigrar el idioma español como lengua vehicular del país, ahora aparece un nuevo argumento de rígida controversia y no menos importantes consecuencias, las evaluaciones o calificaciones.

La incapacidad de un Gobierno es fácil de saber observando que en su marcha siempre está mirando hacia atrás. Su resentimiento por más que intenten disimularlo, lo visiona cualquier retina sin necesidad de cristales de aumento. Consideran primordial destruir el camino pasado, antes de tener los materiales - las ideas - para construir el nuevo. Su igualdad consiste en bajar el listón para que todo el mundo pueda saltar y nadie sea olímpico. ¡Y vaya si lo ha conseguido¡ Por la magia del Decreto/Ley, el suspenso estira su estatura y se coloca hombro por hombro al lado del aprobado. El esfuerzo, el estudio, el crecer en el saber, la responsabilidad y las múltiples horas apoyando los codos sobre las maderas de mesas y pupitres para conseguir brillantes notas, es algo superfluo, pura decoración, como la belleza sin inteligencia. Ahora se podrá pasar de curso incluso con todas las asignaturas suspendidas. Estamos ante el “mínimo esfuerzo”. Lo importante es si el alumno ha adquirido el grado de competencia que la asignatura requiere y si se han cumplido los objetivos establecidos. Pero si la calificación de suspenso cumple los objetivos establecidos, a qué altura están éstos. La mediocridad ríe con fuerza avasalladora y altiva. La reiteración de estas normas forjará “la costumbre” permanente. Quizás ayude - al impedir repeticiones que se reducen anómalamente - a abandonar “el farolillo rojo” que tenemos en la clasificación de la educación en Europa. Se conseguirá en bloque pasar todas las etapas de la enseñanza. No tendremos analfabetos, pero se están poniendo los cimientos para inaugurar una “fábrica de torpes”.     

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