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11/04/2021

Curioso Empedernido

En busca de Iván

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En nuestro caminar por el mundo, podemos tropezarnos con todo tipo de personas y personajes. A Iván le conocí en Bulgaria, aunque fue él, el que se presentó de forma tormentosa y escandalosa con su voluminosa humanidad, pregonando a todas horas, hubiera o no ocasión para ello, sus viajes de norte a sur, y de este a oeste del globo terráqueo.


Escuchando a Iván, se ponía a prueba que la naturaleza humana, en ocasiones, no tiene límites en la demostración de su ignorancia, y la paciencia y prudencia, de quienes soportaban su necesidad compulsiva de hablar y parlotear por los codos, recitando cual papagayo cuantos circuitos y tours había realizado.

Nuestro hombre era todo un impacto para los sentidos a sus sesenta y cinco años recién cumplidos, y tras la muerte hacía catorce de uno de sus hijos, había decidido hacer las maletas, colocarse su chubasquero para todo tiempo y a su mujer Tereskova como lazarillo, que como todo se pega le seguía la letra, aunque le costará trabajo sostener el ritmo frenético de este tanque humano con piernas de cazador.

Devoraba kilómetros sin parar en una especie de histeria, que más que búsqueda era necesidad, porque en el fondo Iván que lo mismo podría llamarse Ceferino, era como un niño grande que no tenía sentido de la medida y sentía un imperioso frenesí por llamar la atención.

Siempre dispuesto a hacerse notar, a ocupar todo el espacio, a llegar a todos los sitios el primero, con un egoísmo infantil, de quien jamás se ha planteado que los demás existen, y que pueden opinar de forma distinta a él y deben ser respetados.

En su verborrea cansina y torturante, ocurría que cuanto más evidenciaba su presencia, más insoportable, insufrible y hartible resultaba y además no dejaba lugar al diálogo, conversación o discusión alguna. Hablaba, hablaba y hablaba hasta agotar a todos los que ocasional y experimentalmente ocupaban mesa y mantel con él, que huían como almas que lleva el diablo ante una próxima oportunidad.

Casi siempre, se quedaba sólo en un monólogo tras otro consigo mismo, verbalizando sin orden ni concierto y mezclándolo todo en una especie de explosión volcánica, que en lugar de lava, expulsaba su diarrea mental y era el síntoma más preclaro de su mequetrefez aguda.

Además entre la confusión y el delirio, manifestaba como era envidiado en su pueblo, uno de esos de la España profunda, en la que como dice Serrat en su canción, “por no pasar, ni paso la guerra, sólo el olvido”.

Mirándolo con ternura y generosidad, Iván estaba muy necesitado de afecto. En la ansiedad turística que padecía, en el afán compulsivo de moverse de un lugar a otro, en esa necesidad de huir y alejarse de sí mismo, que le llevaba a pasar por el mayor número de países, fotografiar documentos, visitar museos y comprar todo tipo de cachivaches que no sirven para nada, sin saber el qué ni el por qué.

Por muchos lugares y tierras que hubiera visitado, no era difícil darse cuenta que la verdad del cuento es que nuestro personaje, nunca había sido capaz de salir de su casa, de su calle, de su barrio y de su pueblo.
Es bien cierto que viajar quita orejeras, pero sólo te enriquece y te hace crecer, cuando eres capaz de comprender la existencia de otras voces, otras culturas y otras historias distintas a la nuestra, sentir curiosidad por ellas para conocerlas y reconocerlas., ponernos en su lugar y respetarlas.

A nuestro Iván no le ocurría eso, estaba todavía encerrado en su cápsula cateta y pueblerina, y sus ojos habían visto muchas cosas pero no habían descubierto nada, y es que podemos conocer todas las galaxias del universo sin haber salido de nosotros mismos y viajar a los espacios más recónditos sin dar un solo paso, pero tal vez la pregunta es si este ser de mirada pérdida en su peregrinar de estación en estación, de aeropuerto en aeropuerto, había logrado reflexionar sobre sí mismo, o lo suyo sólo era una locura sin sentido.

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