Actualizado: 01:18 CET
Jueves, 12/12/2019
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Lo que queda del día

González, Rajoy y Churchill

Tras esta campaña uno entiende lo que quiso decir Felipe González en un reciente acto público: “Comparados con algunos, Rajoy y yo somos Churchill”

  • Rajoy y González en un acto reciente

En los primeros años de la crisis, y ante el preocupante incremento del número de personas que pasaban a formar parte de las listas del paro, el entonces consejero de Empleo, Antonio Fernández, ofreció una particular explicación sobre los hechos: a medida que muchas empresas echaban el cierre y en las casas el cabeza de familia se quedaba sin trabajo, su mujer y sus hijos corrían a apuntarse al SAE para aprovechar cualquier oportunidad con la que contribuir a la economía doméstica. Es decir, si el paro crecía de forma considerable era por una mera cuestión solidaria en el seno de las familias machacadas por la crisis. Obviamente, aquel derroche de sinceridad sonó a discurso exculpatorio y marcó el inicio del tortuoso declive del consejero socialista, pieza clave, poco tiempo después, en el caso de los ERE.  

Si lo de Fernández pareció impropio en su momento -en política hay cosas que conviene callar, aunque sean verdad-, el ministro de Fomento en funciones, José Luis Ábalos, ha decidido abundar en un mensaje parecido para sacudirse las cifras del paro del mes de octubre, como quien se retira la caspa de las hombreras de la chaqueta: molesto, pero con indiferencia. El secretario de Organización del PSOE ofreció su valoración en mitad de un mitin y, tal vez contagiado por la euforia del momento y la necesidad de mantener el ánimo y la confianza entre el público, argumentó que si el paro había subido más de lo esperado el mes pasado es porque muchas personas habían decidido convertirse en demandantes de empleo ante las crecientes posibilidades que estaban surgiendo en el mercado laboral fruto de la gestión socialista. Lo de Ábalos no es que fuera impropio, ni siquiera exculpatorio; directamente, parecía tratarnos como tontos, y sin ponernos en la piel de cualquier parado de larga duración, o de los que son mayores de 45 años, a los que les habrán entrado unas ganas locas de darle dos besos por tan buenas expectativas.

A Ábalos, que tiene buena voz para el teatro o como actor de doblaje, apenas hay argumentos para juzgarlo como ministro de Fomento, por el escaso margen al frente de la cartera, pero tras intervenciones como la suya de esta semana es cuando uno entiende lo que quiso decir Felipe González en un reciente acto público: “Comparados con algunos, Rajoy y yo somos Churchill”. Dudo que tuviera en mente a su compañero de partido; más bien a los de otros partidos, pero, y vuelvo a Ábalos, su caso no es el único en el que comprobamos que el ejercicio ingrato de la política no consiste en recibir golpes por tratar de hacer bien tu trabajo, sino en la falta de pudor a la hora de defender lo indefendible.

Incluso si aceptáramos la mayor, que el paro sube por solidaridad familiar o por una desmedida fe en las promesas de empleo del gobierno, sólo alcanzaríamos a desacreditar las propias cifras del desempleo, como si en vez de un registro para demandar un trabajo fuese la lista para participar en el sorteo de una cesta de navidad. De hecho, no es a las cifras del paro, sino a las de altas en la Seguridad Social a las que habría que prestar especial atención cada mes, ya que son las que de verdad reflejan la salud del mercado laboral y las que sostienen la viabilidad de nuestro sistema de pensiones. Y ya puestos, a las condiciones en las que están contratados muchos de los empleados del país, ya que el número ha dejado de ser tan importante como el tipo de cotización de cada uno de ellos.

De todo eso, por cierto, se ha hablado poco en la campaña, y no porque haya durado una semana menos, sino porque no interesaba. Porque cuesta apelar a las emociones a través de las cifras o de los compromisos y las amenazas reales que nos acechan a corto plazo; más aún si hay fuego en Cataluña y optamos por reducirlo todo a una cuestión de derechas o izquierdas, en busca de la pulsión necesaria para vencer a un inmovilismo que no es sino la consecuencia exacta de quienes nos han conducido hasta aquí, con sus emociones y todo. Un argumento más para que González y Rajoy, desde el tendido, ni siquiera necesiten un puro para sentirse, en la comparación, como Churchill.

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