Actualizado: 19:05 CET
Lunes, 23/07/2018
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Hablillas

Frida

Frida se queda en el mismo muro que durante años fue lienzo para otro mensaje, un muro que se está ganando el título de reivindicativo. Lo justo.

Ahora vive en San Fernando. Nos mira cuando caminamos, desde el muro próximo al antiguo matadero. Curiosidad, coincidencia o casualidad, porque su vida lo fue, torturada por la enfermedad desde muy pequeña y por un accidente que casi la mata a los dieciocho años. Ella se agarró a los pinceles y transformó las sábanas empapadas con el sudor del dolor y la agonía en las velas de la nave que la llevó a buen puerto. Tal vez considerando esta mejora como un regalo, le puso alas a los años que iba cumpliendo a fin de vivirlos intensamente.

Sus rasgos, mezcla de húngaros e indios, la alejan de su nacimiento en Méjico, sin embargo y para dar fe lo adelantó dos años, asegurando haber sido alumbrada cuando la revolución de Zapata y Pancho Villa hacía ruido. Su vida la vemos al mirar sus ojos oscuros e intensos, enarcados por unas cejas sin depilar que los embellecían aún más. Ahora nos ve de cerca, nos observa con detalle y mimo cuando nos paramos ante ella gracias a las manos de las mujeres isleñas que han trabajado para que nos cele desde el mural en el que vive desde hace unos días.

Sin embargo la nocturnidad, una vez más, ha sido utilizada por la cobardía que ampara al gamberrismo, a la mano oscura, ejecutora y autora de la pintada que ha querido cercenar el mensaje del mural contra la violencia de género. Cinco dedos desgraciados e ignorantes, porque este escollo fue sorteado con naturalidad, habilidad y experiencia y el mural se inauguró. Las mujeres estamos acostumbradas a las zancadillas, son muchas las que nos han hecho tambalear y caer a lo largo de la historia, pero nos hemos levantado con más fuerza. En este aspecto somos la versión femenina y bienhechora del gigante Anteo.

La imaginación aliada con la razón nos dice que Frida fue la única que vio el rostro del felón, porque lo tuvo de frente, declarándose un duelo de miradas que creyó ganar la que estaba viva, dulzor que amargueó hasta desaparecer horas después con la presencia de todas las mujeres que se reunieron ante el muro. Los comentarios bajo la noticia son la prueba de los tirones de pelo, la cerradura de puños con clavadura de uñas y mordeduras de carrillos por la rabia, por no haber podido destruir el acto, por no haber podido acabar con el momento.

Frida se queda en el mismo muro que durante años fue lienzo para otro mensaje, un muro que se está ganando el título de reivindicativo. Lo justo.

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