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29/05/2022  

En román paladino

Paradise Papers

El personal no está para escuchar sermones sino para conocer las sanciones que estas operaciones comportan

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Toca repasar geografía universal: Antigua y Barbuda, Aruba, Bahamas, Barbados, Bermudas, Islas Caimán, Dominica, Granada, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, Isla de San Vicente y Trinidad y Tobago (Caribe); Islas Cook, Islas Marshall, Samoa y Vanuatu (Oceanía); Malta (Europa), Líbano (Oriente Próximo) y Labuán, territorio federal de Malasia  (Asia), son los nuevos lugares del mundo –casi todos pequeños islotes de todos los mares- donde el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación  ha localizado, con la colaboración  de 380 periodistas de 67 países, la continuación indecente de los Papeles de Panamá. 

Ha costado más de una año de investigación y va a provocar un nuevo terremoto político en relación con la desvergüenza en el comportamiento de la gente muy importante, de las grandes multinacionales y de todo aquel que puede disponer de más de 30 millones de euros, un club exclusivo. Se trata  –dicho claramente- de un noble ejercicio de pirateo para dar transparencia  a más de 13 millones de documentos provenientes de dos bufetes de abogados de Bermudas y Singapur. Desde testas coronadas a cantantes internacionales, de grandes fortunas a políticos ilustres, desde multinacionales a ricos de la tierra, todos trabajando intensamente por evadir, ocultar y engañar a los fiscos legales de cada país. Avaricia y egoísmo fiscal a espuertas.

Operaciones opacas de la Reina de Inglaterra, de  los asesores de Trump, Apple, Nike, el presidente Santos, Madonna, los  asesores de Trudeau de Canadá, la reina Noor de Jordania, ministros de Trump, el cantante Bono y otras muchas que  irán saliendo a la luz del día durante el mes de noviembre. También algunos españoles. Vendrán luego las largas  explicaciones, las disculpas tímidas, las amenazas de querellas o los silencios clamorosos, pero la gran verdad es que una parte muy notable de la riqueza de los poderosos se oculta del escrutinio público y de las haciendas de los países donde residen o tienen su domicilio fiscal. El personal no está para escuchar sermones sino para conocer las sanciones que estas operaciones comportan. Lejos de remediarlo con amnistías fiscales con el propósito de repatriar patrimonios parece precisa una concertación internacional para atajar los sucios canales por donde se filtran  los dineros del tráfico de armas, del blanqueo de los narcos, de las comisiones inconfensables o  la  simple y llana compra de voluntades. Todo para no pagar.  Se  llama fraude fiscal. 

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