No te lo creas todo

Publicado: 13/10/2017
El presente nos envuelve en banderas rojigualdas y en esta previa al aparente conflicto es oportuno detenerse y, quizás, analizar las cosas desde otro enfoque
El presente nos envuelve en banderas rojigualdas y en esta previa al aparente conflicto es conveniente detenerse y, quizás, analizar las cosas desde otro enfoque. Tal vez distorsionado porque desmenuzar tanta información resulta arriesgado, pero divagar es gratis y son oportunos cultivos de jardín que planteen injertos difíciles.

Vivimos en una cultura de la imagen y comunicación donde es más importante parecer ser que serlo de verdad, donde reina la manipulación de las ideas y el juego del escondite con las palabras; las medias verdades, que son mentiras, juegan un papel decisivo y adquieren cada día más relevancia ante el hecho de que socialmente ser mentiroso no penaliza para una ciudadanía lastimosamente habituada a ser manipulada, a creerlo todo por naturaleza. Medios de comunicación y redes sociales son vehículos que en cinco minutos generan un estado de opinión. Ese pueblo preocupado en sus problemas domésticos, en sobrevivir e intentar ser feliz es presa fácil y más aún cuando los que manipulan son expertos en el juego de las palabras. Por tanto, ¿hay que creerlo todo?

No ha habido gobierno nacional o extranjero, antiguo o contemporáneo que no haya hecho uso de la manipulación de las masas. Primero para hacerse con los votos y el poder y luego para "vender" su gestión. Pero donde cobra más fuerza esta manipulación es ante cualquier situación de crisis en la que el problema fundamental que se debate es cómo gestionarla, sus tiempos, las palabras y mensajes, qué decir y hasta el color del traje o corbata en las apariciones públicas. La percepción del pueblo resulta clave. Hoy es un buen político aquel capaz de conseguir dar apariencia de éxito lo que en realidad es un fracaso. Aquel capaz de implantar medidas que conocidas en su verdadera extensión tendrían el rechazo del pueblo pero que administradas con buenas campaña de comunicación y palabras acertadas resultan aceptadas o, incluso, celebradas por la sociedad. A nadie escapa que una vez finiquitadas las ideologías políticas y regidos por poderes superiores, en especial el económico y por los mandatos europeos, la diferencia entre la percepción de la gestión de un gobierno u otro depende en gran medida de su política de comunicación. 

La psicología de las masas. En 1928 Edward Bernays escribió su libro Propaganda, que se considera pionero en la denominada psicología de las masas. Reflexiones: "Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar" ... "Los Gobiernos, ya sean monárquicos, constitucionales, democráticos o comunistas dependen de la aquiescencia de la opinión pública para llevar a buen puerto sus esfuerzos y, de hecho, el Gobierno sólo es Gobierno en virtud de esa aquiescencia pública”. En otro de sus libros, Cristalizando la Opinión Pública, diferencia los mecanismos cerebrales de la sociedad cuando opera como grupo: "La mente del grupo no piensa, en el sentido estricto de la palabra. En lugar de pensamientos tiene impulsos, hábitos y emociones. A la hora de decidir su primer impulso es normalmente seguir el ejemplo de un líder en quien confía". Habló de la llamada teoría de la aguja hipodérmica consistente en inyectar en la población una idea concreta a través de los medios de comunicación, dirigiendo la opinión pública para conseguir el apoyo de los ciudadanos a su gestión. En este mismo sentido, el sociólogo francés Gustave Le Bon, en su libro Psicología de las masas, explica que: “Por el simple hecho de estar accidentalmente el uno al lado del otro, un cierto número de individuos adquiere el carácter de una masa organizada y, por ende, una psicología, hasta cierto punto, unificada por una suerte de “contagio” que produce una unidad mental”.

El sí pero no. Es una ingenuidad pensar que ante la grave crisis provocada por los independentistas catalanes no exista ningún tipo de estrategia de comunicación e, incluso, de manipulación de la realidad ante la opinión pública. La hay y por las dos partes y más analizando los mensajes que nos han venido llegando para conformar la opinión ciudadana, en un sentido y en otro. Hay cosas que rechinan. Puigdemont  y los independentistas, por un lado, llevan tiempo inyectando en la población catalana el sentimiento de que "España roba y oprime a Cataluña" para, una vez calculada masa suficiente de ciudadanos convencidos de ese mantra sin tener acceso a los datos reales, pasar a la acción de presentar el referéndum como la máxima expresión democrática, ocultando la realidad del atentado al estado de derecho que supone. La masa, sensibilizada con su derecho al voto, relegó a inexistente la reflexión de la violación a las reglas democráticas. Conseguido esto, el siguiente paso fue presentar al Estado español como antidemocrático y violador del supuesto derecho fundamental de los catalanes a votar en el referéndum, estrategia en la que tuvo la ayuda inestimable del gran error de las cargas policiales. La masa seguidora creció en cuestión de minutos ante las imágenes de un Estado opresor. La movilización creció de forma exponencial.

Por su parte, el Gobierno pudo activar el famoso artículo 155 de la Constitución el día 7 de septiembre tras aprobar el Parlamento catalán la Ley de Referéndum y la Ley de Transitoriedad. Pero no lo hizo. Es más, si ahora analizamos la hemeroteca, estas dos ilegales leyes no fueron tratadas por Rajoy con la dureza que merecían y para muchos españoles pasaron inadvertidas. Y no nos equivoquemos, este era el momento de la activación del 155 porque las dos leyes eran ilegales y el Gobierno debió requerir a Puigdemont su anulación inmediata. Pero no lo hizo. A continuación tenemos el referéndum ilegal y el Gobierno pudo activar el 155 y requerir a Puigdemont que lo diese por nulo, pero tampoco lo hizo. En este punto, ya los españoles no independentistas estábamos inmersos en el estado de opinión del golpe de Estado perpetrado, imbuidos de sentimientos anti catalanes y abrazados a la bandera nacional. Todo ello fomentado a través de miles de memes de las redes sociales.

Tras el referéndum ilegal, objetivamente hay dos cosas que no se entienden: que el Gobierno de Rajoy no activase el 155 y que Puigdemont no convocase el Parlamento para declarar la independencia, como establecía su propia Ley ilegal de Transitoriedad. Una semana entera en la que ninguna de las dos partes movieron las fichas que estaban obligados a mover. Pero no fue semana muerta, más intuyendo acciones que no conocemos; los bancos y grandes empresas catalanas anunciaron en cascada un cambio de domicilio social, lo cual creó el estado de opinión en los catalanes de que Cataluña, de ser independiente, se quedaría sin ingresos y financiación y la pela es la pela… Del mismo modo, al resto de españoles nos abrieron los ojos de la existencia de productos catalanes en nuestras despensas y ayudados por cientos de mensajes nos empujaron a un estado de opinión de boicot colectivo contra ellos. Con el sólo análisis de la evolución del tema de los miles de whatsaap recibidos, podemos comprobar la evolución de la estrategia de comunicación seguida por el Gobierno. Una vez conformadas las dos vertientes de estados de opinión, el necesario para que muchos catalanes empezasen a dudar de las bondades del independentismo y el oportuno para que el resto nos sintiéramos más españoles que nunca, con el mensaje subliminal de fondo del PP, llegó el martes 10 con la provocada expectación de la sesión parlamentaria catalana y la mayor manipulación de la opinión pública perpetrada por Puigdemont. Con su intervención medida: "Asumo el mandato de que Cataluña se convierta en Estado independiente" y el conocido "pido al Parlamento que suspenda la declaración de independencia" provocó que las redes publicasen que había declarado la independencia y a continuación la había suspendido cuando la única realidad es que pidió al parlamento que suspendiera la declaración a la que la Cámara estaba obligada en aplicación de la Ley de Transitoriedad. Y el Parlamento, haciéndole caso, no votó aprobar la declaración de independencia. Esta es una realidad. Porque quien es competente para declararla es el Parlamento, no Puigdemont. Esta es otra realidad. 

El análisis gramatical de la frase de Puigdemont conduce a que el sentido no era: suspendo algo declarado sino, al contrario, a que el Parlamento suspenda la declaración que estaba obligada a aprobar, como así hizo la Cámara al no votar nada. Pero la estrategia bien medida era la de la confusión y ante sus seguidores era necesario que los primeros medios y redes salieran interpretando que Puigdemont había declarado la independencia, para luego suspenderla. Estado de opinión creado en dos minutos. El final de la manipulación fue la firma fuera del foro parlamentario de un panfleto en el que ahí sí decían que declaraban la República Catalana intentando con ello hacer creer a los independentistas que no hubo bajada de pantalón alguno, dando más validez al papel que a la ausencia de declaración de independencia por parte del Parlamento.

Ante ello, nuestro Gobierno escenificó que ha activado el 155 y como el primer paso es hacer un requerimiento al gobierno autonómico que esté incumpliendo la Constitución o las leyes, efectúa una pregunta que, jugando con las palabras, denomina requerimiento y pregunta a Puigdemont si el martes declaró la independencia o no. Obviamente Rajoy y sus ministros saben perfectamente que el Parlamento catalán no aprobó declaración de independencia alguna y que Puigdemont pidió que se suspendiera su declaración. Como saben que el 155 lo que exige es que se haga un requerimiento instando a que cese en una actuación ilegal, no que se le pregunte al gobierno autonómico si ha incumplido o no la Ley. Por tanto, huele a un intento de que los españoles creamos que se ha activado el 155 como gesto de dureza contra los independentistas cuando, en realidad, no se ha activado y algo hace pensar que nunca lo hará. Manipulación de estado de opinión similar a la de Puigdemont, dar apariencia de que se hace algo que en realidad no se ha hecho porque lo actuado no tiene validez legal.

Tras todo esto, y sin olvidar el principio que impera en la Zarzuela de no salir el Rey hasta que los asuntos estén encauzados para evitar exponerle al riesgo de un fracaso, la única tesis que daría sentido a la evolución de los hechos es pensar que hay negociaciones y un camino trazado entre el Gobierno central y el de Puigdemont. Si es así, lo lógico es aventurar la siguiente campaña, encaminada en este caso a crear el estado de opinión de la necesidad y bondades de negociar, de pacificar el ambiente, de que nos amemos como hermanos de sangre que somos y sellemos este amor con cava catalán en Navidad, cuya burbuja en definitiva contiene aire español y ante cualquier posible expulsión gaseosa posterior siempre es preferible el aroma nacional al provocado por espumoso francés. Y te lo creas o no,  esta es solo otra manera de verlo.

Bomarzo

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