Quantcast
El tiempo en: Andalucía
Jueves 28/10/2021

Escrito en el metro

El Quijote en el Metro

Por qué me quejo de las sinrazones si tiene más fuerza la sinrazón que la razón?

Publicidad Ai Publicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad Ai Publicidad AiPublicidad AiPublicidad Ai

¿Voy bien para los Percheles? me preguntó mi vecino de asiento. Era un hombre de rostro enjuto adornado de una larga y cuidada perilla. Sí señor, vamos en dirección hacia El Perchel, le respondí. A partir de ese momento iniciamos una breve pero intensa conversación que solo interrumpió para presentarse. Alonso Quijano para servirle, me dijo con voz profunda y mirada penetrante. ¿El Quijote? le interrogué con admiración, confirmándolo con una sonrisa de complacencia.

A lo largo del corto trayecto me contó que hacía cuatro siglos que anduvo por estos pagos y que prometió volver al haber sido aquí donde vivió sus primeras hazañas en pro de los menesterosos. Fue en los Percheles donde ejercitó la ligereza de sus pies y la sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas, y engañando a muchos pupilos. Y que todas aquellas gestas malacitanas fueron las que sirvieron al ventero de Montiel para que en su gran magnificencia lo armara Caballero andante.

Se sorprendió cuando le dije que era conocedor de aquellas aventuras merced a uno de los más ilustres percheleros, el Almirante Flores, y que gracias al cual y a otros hijos de tan emblemático barrio se logró sacar del olvido un lugar tan histórico, poniendo así su nombre a la más importante estación del metro. Con los ojos bien abiertos me miró para responderme con agrado contenido que este siempre fue un barrio de gente díscola, libertarias, del vivir al día e industriosas cuando les apretaba la necesidad, y que hubiese sido  una desmedida injusticia enterrar en la indiferencia un lugar tan cargado de historias y leyendas.

Le daba la razón cuando la megafonía del tren anunciaba la llegada a su destino. Se despidió con uno de sus alambicados juegos de palabras. ¿Por qué me quejo de las sinrazones si tiene más fuerza la sinrazón que la razón? no hay razón para que la falta de razón no tenga mayor razón.

Absorto aún en aquel acertijo lo vi alejarse por el andén a paso de gentil caballero, entre un bullicio de gente que no reparaba que entre ellos se cruzaba el más ingenioso hidalgo de nuestra historia.

TE RECOMENDAMOS